Padres Por Una Venganza

Capitulo 14

Al entrar al cuarto mes, el vientre de Elena ya era una curva evidente que no se podía ocultar bajo la ropa holgada. La etapa más pesada de los malestares físicos había dado paso a una nueva fase llena de energía, antojos repentinos y una ilusión que florecía día con día, lejos de la sombra de los Moretti.

Ese sábado, el destino del grupo de amigas fue un exclusivo centro comercial. Camila y Sofía llevaban a Elena prácticamente escoltada, tomándola del brazo para asegurarse de que no caminara demasiado rápido.

—Miren eso —dijo Camila de pronto, deteniéndose en seco frente al escaparate de una boutique infantil de lujo—. No, no, no... Díganme que no estoy viendo unos zapatitos de osito.

Sofía soltó un chillido ahogado y agarró a Elena del hombro.

—¡Elena, por favor! Tienes que entrar ahí. Son diminutos, ¡parecen de juguete!

Elena sonrió mientras sus amigas la arrastraban hacia el interior de la tienda. El lugar olía a lavanda y talco de bebé, rodeado de estantes de madera blanca llenos de mamelucos de lana, cunas de mimbre y peluches gigantes.

—Miren este conjunto amarillo pastel —comentó Sofía, levantando un perchero con un mameluco tejido—. Es neutro, perfecto porque todavía no sabemos si será niño o niña.

—Yo voto por que será un varoncito clavado a Luca —aseguró Camila, revisando una sección de calcetines tejidos—. Pero si es niña, voy a encargarme personalmente de vestirla como una princesa. Elena, mírame: voy a ser la tía consentidora que le compre todo lo que pida.

Elena tomó un diminuto gorrito de algodón entre sus manos, sintiendo cómo se le encogía el corazón de pura ternura. Tocó la tela suave y se imaginó por primera vez cargando a su bebé en los brazos dentro de unos meses.

—Aún me cuesta trabajo creerlo —admitió Elena en un murmullo, mirando a sus amigas con los ojos ligeramente empañados—. Ver todo esto me da una paz que no pensé volver a sentir.

Camila le apretó la mano con cariño.

—Te mereces toda la felicidad del mundo, Elena. Y este bebé va a nacer rodeado de amor.

—Además, tienes un esposo que se muere por ti —agregó Sofía sonriendo—. La semana pasada me contó Mateo que Luca se la pasa leyendo artículos de paternidad y nutrición prenatal en las pausas entre clases de ingeniería. Está completamente ido.

A varios kilómetros de allí, en los campos verdes del club de golf privado, el ambiente era muy distinto.

Luca acomodó la pelota sobre el tee y ajustó su agarre en el palo de golf. Llevaba una camisa polo blanca y una gorra oscura, luciendo concentrado. Sin embargo, antes de que pudiera dar el golpe, Mateo y Julián, sus primos y socios de juegos, soltaron una carcajada a sus espaldas.

—Cuidado con la espalda, Moretti —bromeó Mateo, recargándose sobre su palo—. Dicen que los padres primerizos empiezan con dolores lumbares desde el cuarto mes por puro estrés psicológico.

Luca respiró hondo, dio el golpe y la pelota voló en una trayectoria limpia por el aire hasta caer a unos metros del hoyo. Se giró hacia sus amigos mientras guardaba el club en la bolsa.

—Estoy perfectamente, Mateo. Y el estrés lo tengo bajo control.

—Sí, claro —intervino Julián, dándole un sorbo a su bebida fría antes de subir al carrito de golf—. Espera a que lleguen las tres de la mañana y tu hijo decida que es el momento perfecto para llorar a todo pulmón durante cuatro horas seguidas. Adiós a tus noches de sueño, mi hermano.

—Y no olvides los pañales —añadió Mateo con gesto de dramatismo—. La gente te habla de la sonrisa del bebé, pero nadie te advierte sobre la combinación de llanto, sueño acumulado y pañales explosivos a las cinco de la mañana antes de un examen final de estructuras.

Luca no pudo evitar soltar una risa baja, negando con la cabeza mientras se acomodaba en el asiento del carrito.

—Puedo manejar los pañales y las noches sin dormir.

—Hablas con mucha valentía ahora —dijo Julián dándole una palmadita en la espalda—. Pero en serio, Luca... se te nota en la cara el cambio. Estás distinto. Ya no vives encerrado en tus proyectos o en los asuntos del clan de tu padre. Estás presente.

La mención indirecta de su familia hizo que la sonrisa de Luca se suavizara, volviéndose más seria.

—Solo quiero hacer las cosas bien —confesó Luca, mirando hacia la extensión del campo de golf—. Elena y el bebé son mi prioridad absoluta. No voy a cometer los mismos errores que cometieron conmigo. Quiero ser el padre que mi hijo necesita, alguien de quien no tenga que protegerse.

Mateo y Julián intercambiaron una mirada de respeto. Conocían la complejidad de la familia y la presión que Vincenzo Moretti ejercía sobre él.

—Vas a ser un gran padre, Luca —dijo Mateo con sinceridad, dejando de lado las bromas—. Se nota el amor que le tienes a Elena y a ese bebé.

—Gracias, muchachos —asintió Luca, dibujando una leve sonrisa al pensar en Elena—. Ahora, ¿vamos a seguir jugando o van a dejar que les gane otra ronda?

Al final de la tarde, Luca regresó a la residencia en las colinas. Al entrar a la sala, encontró a Elena sentada en el alfombrado junto al sofá, rodeada de bolsas de compras de la boutique infantil.

Tenía varios mamelucos extendidos sobre la mesa de centro y sostenía un par de zapatitos beige en las manos con una expresión de absoluta serenidad.

Luca se detuvo en el umbral, observándola en silencio para no romper la magia del momento.

—Compraron bastantes cosas —dijo él finalmente con voz suave para no asustarla.

Elena levantó la vista. No hubo tensión ni frialdad; solo le dedicó una mirada tranquila.

—Camila y Sofía se volvieron locas —admitió con una pequeña sonrisa—. Decían que el bebé necesita de todo desde el primer día. Mirá esto...

Elena levantó los zapatitos de osito para enseñárselos. Luca se acercó despacio, se hincó a su lado sobre la alfombra y tomó uno de los pequeños zapatos entre sus dedos largos.




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