El inicio del nuevo cuatrimestre coincidió con el quinto mes y medio de embarazo de Elena. La pancita ya era prominente, redondeada y pesada, y con ella llegaron los cambios hormonales más intensos. Elena se había vuelto impredecible: en un minuto era una tormenta de irritabilidad y al siguiente exigía atención, cobrándole a Luca, de manera consciente o no, cada síntoma, mareo e incomodidad que su cuerpo experimentaba.
Luca, por su parte, se organizó para ajustar su carga académica en la facultad de Ingeniería y emparejar su horario con el de ella en Administración. Su rutina universitaria había cambiado drásticamente: ya no era el estudiante reservado que caminaba solo con su mochila; ahora parecía un asistente a tiempo completo, cargando los pesados libros de texto de Elena, su bolso, una botella de agua infusionada con frutas y un recipiente térmico con snacks.
A las doce del día, bajo el sol abrasador del campus, Elena caminaba a paso lento por la plaza central, abanicándose con un cuaderno.
—Luca, vas muy rápido —se quejó Elena, deteniéndose en seco bajo la sombra de un árbol y mirándolo con el ceño fruncido.
Luca se detuvo al instante, dando dos pasos hacia atrás para quedar a su lado. Llevaba su propia mochila al hombro, la bolsa de Elena colgada del codo y una carpeta de finanzas bajo el brazo.
—Lo siento —dijo con voz suave, manteniendo la calma que había practicado los últimos meses—. Vamos al paso que tú me digas. ¿Quieres sentarte un momento en la banca?
—No, no quiero sentarme, quiero comer —sentenció ella, cruzándose de brazos sobre su vientre—. Y no quiero la ensalada que preparamos en la mañana. Se me antoja un sándwich de pavo con pepinillos, pero solo el de la cafetería de Arquitectura, porque el de aquí huele a aceite quemado.
—La cafetería de Arquitectura está al otro lado del campus, Elena —señaló Luca con cautela, mirando la hora en su reloj—. Tu clase de Economía empieza en veinte minutos.
Elena lo miró con indignación pura, entornando los ojos.
—Ah, claro. Resulta que ahora es un problema caminar diez minutos por el sándwich que tu hijo quiere comer. Si no querías ayudarme este cuatrimestre, me lo hubieras dicho y no ajustabas tu horario al mío.
Luca suspiró para sus adentros, conteniendo una sonrisa ante lo irracional que resultaba el reclamo. Sabía que discutir era batalla perdida.
—No dije que fuera un problema. Dame tus libros —dijo Luca, acomodando el peso de los cuadernos en su brazo—. Quédate aquí en la sombra, voy corriendo a Arquitectura por el sándwich y regreso antes de que empiece tu clase.
—Y que le pongan extra pepinillos —añadió ella con severidad, aunque la rigidez de su rostro comenzaba a ceder—. Si no tiene pepinillos, no me lo voy a comer.
—Extra pepinillos, anotado —asintió Luca, saliendo a paso apresurado antes de que ella encontrara otro motivo de queja.
Quince minutos después, Luca regresó sudando ligeramente, entregándole el empaque térmico con el sándwich perfecto. Se sentaron en una banca cerca del edificio de Administración. Elena abrió el paquete y dio el primer bocado con una satisfacción absoluta, cerrando los ojos.
—Está bueno —admitió con la boca medio llena, para luego mirarlo de reojo—. Pero te tardaste mucho. Casi me muero de hambre.
—Tuve que pedirle al cocinero que abriera un frasco nuevo de pepinillos —explicó Luca con diversión contenida, apoyando los codos en las rodillas mientras la observaba comer—. Come tranquila.
Al terminar el sándwich, Elena vio el bote de papas fritas que Luca había comprado para acompañar. En cuestión de tres minutos, se terminó las papas y miró con ansias la barra de chocolate que sobresalía del bolsillo lateral de la mochila de Luca.
—¿Te vas a comer eso? —preguntó señalando el chocolate.
—Era para mi receso, pero tómalo —respondió Luca entregándoselo sin dudar.
—Últimamente como demasiado... —murmuró Elena de pronto, pasando de la exigencia a una pequeña crisis de inseguridad mientras desbalaba el empaque—. Mis pies están hinchados y siento que parezco una pelota.
Luca la miró a los ojos, su expresión volviéndose infinitamente dulce.
—Estás alimentando a nuestro bebé, Elena. Estás hermosa y te ves increíble. No digas eso.
Elena se quedó en silencio, sintiendo un calor repentino en las mejillas. Mordió el chocolate y desvió la mirada hacia el pasillo, donde Camila y Sofía caminaban hacia ellos.
—¡Vaya, vaya! Pero si es la reina y su fiel escudero —bromeó Camila al llegar, viendo a Luca cargado con tres bolsos y la botella de agua.
—Luca es literalmente un santo —añadió Sofía riendo—. Vimos cómo corrió hasta Arquitectura a toda prisa solo por el antojo de Elena. En la facultad de Ingeniería ya le dicen "el papá del año".
Elena miró a Luca, quien solo sonrió con timidez y se puso de pie, tomando los libros de Elena para acompañarla al salón.
—Ya es hora de tu clase —dijo Luca extendiéndole la mano para ayudarla a levantarse de la banca.
Elena aceptó su mano, sintiendo la firmeza y el calor de su agarre. Aunque pasaba el día reclamándole por el calor, el cansancio o los antojos, en el fondo sabía que Luca estaba soportando cada uno de sus cambios de humor sin un solo gesto de fastidio.
—Luca —dijo ella en voz baja antes de entrar al aula, deteniéndolo en la puerta.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —preguntó él de inmediato con gesto preocupado.
—No —Elena bajó la mirada a los libros que él sostenía por ella y luego lo miró a los ojos—. Gracias por el sándwich... y por llevar mis cosas.
Luca la miró sorprendido, y una sonrisa genuina e iluminada se dibujó en su rostro.
—De nada, Elena. Te veo aquí a las cuatro para irnos a casa.
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Editado: 30.08.2026