El inicio del sexto mes trajo consigo una transformación inevitable. El bebé se movía con frecuencia y energía, y la pancita de Elena era tan evidente que ya resultaba imposible ignorarla en las actividades cotidianas.
Era un viernes por la tarde cuando regresaron a la residencia en las colinas tras una jornada pesada en la universidad. El calor del aula y las horas sentada le habían dejado a Elena los tobillos visiblemente hinchados y una punzada sorda en la parte baja de la espalda.
Luca dejó las bolsas y los libros sobre la mesa del recibidor, se quitó la chaqueta de cuero y la observó mientras ella intentaba descalzarse en el sofá de la sala, soltando un pequeño quejido de frustración.
—Déjame ayudarte —dijo Luca en voz baja, acercándose y arrodillándose sobre la alfombra a sus pies.
Elena no protestó. Estaba demasiado agotada para mantener la distancia. Luca le retiró los zapatos con extrema delicadeza y colocó los pies hinchados sobre su regazo, presionando suavemente los tobillos con los pulgares para aliviar la tensión.
—La doctora dijo que debías mantener las piernas elevadas por la tarde —recordó él, concentrado en el masaje—. Mañana no tenemos clases, así que puedes descansar todo el día.
Elena se echó hacia atrás contra los cojines del sofá, cerrando los ojos mientras sentía cómo el dolor cedía ante la presión constante de las manos de Luca.
—El profesor de Finanzas dejó un proyecto largo para el lunes —murmuró ella con voz cansada—. Tendré que avanzar mañana por la mañana.
—Yo puedo revisar la parte de los cálculos si quieres —ofreció Luca sin levantar la mirada—. Así terminas más rápido.
En ese momento, Elena sintió una sacudida repentina y firme en el vientre. No era un choque leve como los de las semanas anteriores, sino una patada clara y enérgica.
—¡Ah! —exclamó de forma instintiva, llevándose las manos a la parte superior de la pancita.
Luca se congeló al instante, levantando los ojos hacia ella con preocupación inmediata.
—¿Te dolió? ¿Es una contracción? —preguntó, poniéndose de pie sobre sus rodillas al lado del sofá.
—No, no es dolor... —Elena negó con la cabeza, respirando con calma mientras una pequeña sonrisa se le escapaba sin poder evitarlo—. Se está moviendo. Creo que tu voz lo despertó.
Luca se quedó inmóvil, mirando su vientre con una mezcla de asombro y reverencia. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, a pocos centímetros de la tela de la blusa de Elena, dudando si avanzar o retroceder.
Elena observó la vacilación en sus ojos verdes. Durante meses, Luca había mantenido un respeto absoluto hacia su espacio personal, evitando tocarla a menos que fuera estrictamente necesario o que ella se lo permitiera.
—Puedes tocar —dijo Elena en un murmullo suave, rompiendo la última barrera entre ellos.
Luca la miró a los ojos para asegurarse de que no era una cortesía vacía. Al ver la sinceridad en su mirada, extendió la mano temblorosa y posó la palma abierta con extrema delicadeza sobre el costado de su vientre.
Durante unos segundos reasentó el silencio en la sala. Entonces, el bebé volvió a patear, esta vez directamente contra la palma de la mano de Luca.
A Luca se le cortó la respiración por completo. Sus ojos se abrieron con desmesurada sorpresa. Se quedó congelado, sintiendo bajo la piel el latido fuerte y los movimientos firmes de su hijo.
—Está... es muy fuerte —alcanzó a articular Luca con la voz completamente quebrada, dejando escapar una risa corta e incrédula.
—Se mueve mucho por las noches —comentó Elena, contemplando la reacción de Luca con un nudo de emoción en la garganta—. Parece que le gusta dar patadas cuando estoy tranquila.
Luca inclinó despacio la cabeza hasta apoyar la frente sobre el vientre de ella, manteniendo la mano en el mismo lugar mientras el bebé continuaba moviéndose.
—Hola... —susurró Luca contra la tela, con un hilo de voz lleno de una devoción pura—. Soy tu papá. Aquí estoy.
Elena cerró los ojos, sintiendo el calor de la frente de Luca contra su cuerpo y la firmeza de su mano sobre su piel. Por primera vez desde la noche que arruinó su vida, el dolor del pasado no pesó en la habitación. En su lugar, el salón se llenó de la certeza silenciosa de que, sin importar las sombras que rodeaban a la familia Moretti, esa pequeña vida que crecía entre los dos los mantendría unidos para siempre.
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Editado: 30.08.2026