Un domingo por la mañana, el auto de Luca cruzó los portones de hierro de la mansión Moretti. Elena llevaba un vestido maternal de lino blanco, fresco y holgado, que resaltaba la prominente curva de su vientre de siete meses.
En cuanto el vehículo se detuvo junto a la entrada principal, Luca bajó a toda prisa para abrir la puerta del copiloto, ofreciéndole la mano con la delicadeza de siempre para ayudarla a incorporarse.
—Cuidado con el escalón, Elena —dijo él, sosteniéndola con firmeza por el codo.
Elena bajó del auto, pero en cuanto puso ambos pies en el suelo, le lanzó una mirada de reproche con los brazos cruzados sobre su vientre.
—Luca, de verdad no puedo creer que me hayas quitado el plato de tostadas de la mesa —reclamó Elena con el ceño fruncido mientras caminaban hacia el patio—. Tenía hambre. Solo me comí dos.
—Te comiste tres tostadas con mermelada, Elena, y la doctora dijo que debías cuidar el consumo de azúcar esta semana —explicó Luca con una sonrisa divertida y paciente, sin soltar su mano—. Además, sabes perfectamente que en la fiesta de la abuela va a haber un banquete entero. Si comías más, te ibas a sentir pesada durante la reunión.
—Era mermelada sin azúcar —refunfuñó ella, aunque la rigidez de su reclamo duró poco cuando sintió una sacudida firme en el vientre—. Mira, hasta tu hijo protestó porque lo dejaste con hambre.
Luca soltó una risa baja. Sin pedir permiso —una costumbre que había adoptado en las últimas semanas y que Elena ya no rechazaba—, posó la palma de su mano directamente sobre la curva prominente de su vientre y comenzó a darle masajes suaves y circulares. Casi de inmediato, como un pase de magia, las patadas fuertes del bebé cedieron, transformándose en un movimiento pausado hasta calmarse por completo.
Elena dejó escapar un suspiro de alivio, apoyándose un segundo contra el hombro de Luca.
—Es increíble cómo se calma en cuanto lo tocas —murmuró ella, mirándolo de reojo.
—Le gusta saber que estoy cerca —respondió Luca con la voz suave, dedicándole una mirada llena de ternura antes de acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja—. Vamos adentro antes de que la abuela note que llegamos tarde.
El cumpleaños número ochenta de la matrona de los Moretti se celebraba en los jardines traseros de la mansión. La extensión de césped verde rodeaba una piscina inmensa, adornada con arreglos florales y mesas dispuestas bajo carpas blancas. El ambiente estaba lleno de música suave, el murmullo de decenas de familiares y el bullicio de los niños —hijos de los primos y tíos de Luca— que corrían alrededor de la alberca.
En cuanto pisaron el jardín, la abuela de Luca, sentada en un sillón de honor en la terraza, alzó la mano para llamarlos. Tras presentarle sus respetos a la anciana, la dinámica de la fiesta dividió al grupo. Luca fue arrastrado por dos de sus primos mayores hacia la zona de las parrillas para ponerse al corriente sobre los proyectos de la universidad y los negocios familiares, aunque no quitaba la mirada de Elena cada cierto tiempo desde la distancia.
Elena, por su parte, no tuvo tiempo de sentirse desubicada. Bianca y Sofía, las esposas de dos de los primos de Luca, la abordaron con calidez casi de inmediato, guiándola hacia una mesa a la sombra con bebidas refrescantes y aperitivos.
—¡Elena, por favor, siéntate aquí! —dijo Bianca, acomodándole un cojín en la espalda—. Estás enorme, te ves radiante. ¿Cómo te has sentido estos últimos meses?
—Bastante bien, gracias —sonrió Elena, tomando asiento mientras aceptaba un vaso de agua de coco—. Los malestares pesados ya pasaron, aunque ahora el reto es el peso y la espalda.
—Ni me lo digas —intervino Sofía, riendo mientras miraba a sus dos hijos pequeños jugar en el césped—. Con siete meses ya no encuentras posición ni para dormir. Pero me da tanto gusto verte integrarte a la familia. Luca siempre ha sido el más tranquilo de todos los Moretti, y desde que se casaron se le nota un cambio enorme.
—Es verdad —coincidió Bianca, inclinándose un poco con tono de complicidad—. Mi esposo dice que Luca anda como hipnotizado en todas las reuniones familiares, solo hablando de la llegada del bebé y de cómo te cuida. Es un amor de muchacho.
Elena desvió la mirada hacia el otro lado del jardín. Luca reía de algo que le decía uno de sus primos, pero en ese preciso instante levantó los ojos y conectó su mirada con la de ella a la distancia. Al ver que lo observaba, Luca le dedicó una sonrisa dulce y le hizo un pequeño gesto con la cabeza, preguntándole en silencio si estaba bien. Elena le devolvió la sonrisa con un leve asentimiento antes de retomar la conversación con las mujeres.
La tarde transcurrió entre risas, historias sobre los embarazos de las demás primas y el ambiente festivo de la familia. En el fondo, mientras contemplaba la tranquilidad del jardín y sentía la mano protectora que Luca volvía a poner sobre su vientre al acercarse más tarde a ofrecerle un plato de frutas, Elena comprendió que la muralla de odio que los separaba se había desmoronado por completo. Ya no estaban unidos solo por una tragedia o un papel firmado; el bebé y la devoción sincera de Luca habían construido una complicidad real de la que ya no quería huir.
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Editado: 30.08.2026