El sol comenzaba a perder intensidad sobre los jardines de la mansión, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. La temperatura refrescó, haciendo el ambiente mucho más agradable. Alrededor del grupo donde estaba Elena, cerca de las tumbonas dispuestas junto a la piscina, se habían sumado más mujeres de la familia y algunos de sus esposos, creando un círculo animado de conversación y risas.
A unos metros de distancia, apartado bajo la sombra de un gran álamo, Vincenzo Moretti mantenía una conversación a solas con Luca. Elena observaba la escena de reojo mientras fingía prestar atención a la plática del grupo. El rostro de Luca no reflejaba la serenidad de horas antes; tenía la mandíbula tensa y la mirada fija en el césped. Vincenzo, sosteniendo su bastón con ambas manos, le hablaba con ademanes severos y pausados, reclamándole su negativa rotunda a involucrarse en las operaciones y negocios de la familia tras terminar la universidad. Luca apenas asentía, manteniendo una postura distante y firme que dejaba claro su rechazo a ceder ante las presiones de su padre.
Poco después, la conversación entre los dos hombres llegó a su fin. Vincenzo se retiró hacia la terraza principal y Luca caminó a paso lento de regreso a la zona de la piscina, sacudiéndose la tensión del rostro a medida que se acercaba.
Elena, al verlo llegar, se desplazó hacia el frente de su amplia tumbona para dejarle espacio a sus espaldas. Luca le agradeció con una mirada tibia y se acomodó detrás de ella, pasándole los brazos por los costados con la naturalidad que habían construido en los últimos meses. Apoyó la barbilla suavemente sobre su hombro, mientras sus manos se posaban de forma automática sobre el vientre de Elena, acariciándolo con la yema de los dedos.
La conversación entre las mujeres de la familia continuaba con fluidez, derivando en consejos sobre la maternidad.
—Como eres primeriza, Elena, de verdad te recomiendo que te inscribas en las clases de preparación para el parto —dijo Mariana, una de las primas mayores que sostenía a su bebé de seis meses en brazos—. Te enseñan técnicas de respiración, posturas para el trabajo de parto y cómo manejar las contracciones. A mí me salvó la vida.
—Es una excelente idea —apoyó Sofía desde la tumbona de al lado—. Además, es fundamental que vayan los dos. Los padres tienen un rol súper activo en esas sesiones; les enseñan cómo dar masajes lumbares durante las contracciones y cómo guiar la respiración. Luego Mariana te pasa el contacto de la especialista que nos antedió.
—Muchas gracias. Me serviría mucho la información —respondió Elena con una sonrisa sincera, sintiendo el pecho cálido.
En ese momento, mientras el grupo comenzaba a debatir entre risas sobre qué marca de cochecitos era la más práctica, Luca se inclinó un poco más hacia la oreja de Elena. Su aliento tibio le rozó la mejilla.
—¿Te sientes bien? ¿Estás cómoda o quieres que nos vayamos a casa? —le preguntó en un susurro tenue, solo para ella, mientras sus manos continuaban el masaje pausado sobre su vientre.
Elena se echó un poco hacia atrás, recostando la cabeza contra el pecho de Luca, y entrelazó sus dedos con los de él sobre su pancita.
—Estoy muy bien —murmuró ella en voz baja, buscándolo con la mirada de reojo—. Y me parece una buena idea lo de las clases de parto. ¿Iras conmigo?
Luca sonrió despacio, besándole la sien con infinita ternura.
—Iré a donde sea que tú y el bebé me necesiten. Sin dudarlo un segundo.
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Editado: 30.08.2026