Padres Por Una Venganza

Capitulo 19

La noche cayó sobre la mansión Moretti cubriendo los amplios jardines con un manto sombrío y fresco. Las luces cálidas de la terraza y el reflejo del agua de la piscina mantenían con vida lo que quedaba de la celebración, aunque la atmósfera alegre de la tarde había comenzado a degenerar en una tensión ruidosa y pesada, alimentada por las botellas de whisky que circulaban sin control entre los hombres de la familia.

En el interior de la casa, la amplia cocina de granito y acero inoxidable se erigía como un refugio silencioso lejos del barullo del exterior. Elena permanecía sentada en uno de los taburetes altos de la isla central, descansando la espalda contra el respaldo mientras se acariciaba despacio el vientre de siete meses. A su lado, Mariana medía con precisión las cucharadas de leche en polvo para llenar el biberón de su bebé.

—No sabes lo abrumador que puede ser al principio, Elena —comentó Mariana con una sonrisa tranquila, ajustando la rosca del biberón mientras la tetina de silicona quedaba fija—. Pero te juro que cuando ves a esa criatura dormirse en tus brazos después de comer, te olvidas de las noches sin dormir y de todo el cansancio del mundo.

Elena sonrió con dulzura, sintiendo cómo el bebé en su interior daba una vuelta lenta pero firme ante el sonido de la voz de su prima.

—A veces me da un poco de miedo no saber qué hacer cuando llore por horas —admitió Elena en voz baja, pasando los dedos por la tela de su vestido de lino—. Siento que por más libros que lea o consejos que me den, el momento de la verdad va a ser completamente distinto.

—Todas sentimos ese pánico —respondió Mariana, colocando el biberón en un recipiente con agua caliente para entibiarlo—. Pero tienes una ventaja enorme, créeme. Luca va a ser un padre extraordinario. En la tarde estuvo preguntándome sobre la temperatura de la leche, las marcas de cunas y los monitores de respiración. Se nota a leguas que ese chico está volcado por completo en ti y en la criatura.

—Ha cambiado mucho —murmuró Elena, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas—. O quizás siempre fue así y yo estaba demasiado cegada para verlo.

—A veces el destino tiene formas horribles de empezar las cosas, pero si hay algo real en esta familia, es el amor que llegan a sentir por sus parejas. —dijo Mariana con firmeza, dándole una palmadita afectuosa en el brazo—. Así que no tengas miedo. Vas a ser una mamá maravillosa.

Antes de que Elena pudiera responder, la puerta de madera pesada de la cocina se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un estruendo seco que resonó en el lugar.

Marco Moretti avanzó dando tumbos hacia el centro de la cocina. Llevaba la camisa desabotonada hasta la mitad del pecho, la corbata torcida y un vaso de cristal medio lleno de whisky en la mano derecha. Sus ojos, inyectados en sangre y nublados por el alcohol, se clavaron de inmediato en Elena con un desprecio salvaje e irrazonable. El hedor a licor barato y cigarro saturó el aire limpio de la estancia en cuestión de segundos.

Mariana se tensó al instante, dando un paso sutil para colocarse entre la isla y su primo.

—Marco... estás completamente borracho —dijo Mariana con tono de reproche, frunciendo el ceño—. ¿Por qué no te vas a tu habitación a dormir un rato?

Marco soltó una carcajada ronca, amarga y desgarrada, ignorando a Mariana por completo mientras daba dos pasos tambaleantes hacia donde estaba Elena.

—Vaya, vaya... Miren a la reina de la casa —siseó Marco con la voz arrastrada y espesa—. Sentadita en su trono... protegida por todos... mientras se sale con la suya.

Elena no se movió, aunque el corazón comenzó a batirle con fuerza contra las costillas. Cruzó los brazos sobre su vientre en un gesto instintivo de protección, sosteniéndole la mirada con la dignidad intacta a pesar del pánico que intentaba apoderarse de ella.

—No sé de qué hablas, Marco. Deja de molestar y sal de la cocina —respondió Elena con voz fría y distante.

—¡Sé perfectamente de qué hablo, perra! —rugió Marco, dando un manotazo al aire que hizo que un par de gotas de whisky salpicaran el suelo de mármol—. ¡Mírate! Llegas aquí con tu cara de santa, arruinando todo a tu paso. Por tu culpa la familia está dividida. Por tu culpa mi padre está obsesionado con esa maldita criatura que llevas adentro, ¡y por tu culpa Luca se cree un héroe intocable!

—¡Marco, cállate de una vez! —intervino Mariana, alzando la voz con indignación—. ¡Elena está embarazada, no le hables así! ¡Estás perdiendo el juicio!

—¡Cállate tú, Mariana! ¡Tú no sabes nada! —gritó Marco, girándose hacia ella con los ojos fuera de sus órbitas antes de volver a clavar la mirada en Elena—. Esta maldita mujer nos destruyó. Luca era mi hermano, el mocoso obediente que hacía todo lo que se le ordenaba. Y ahora... ahora me mira como si yo fuera una plaga. Me desafía frente a mi padre... ¡y todo por ti! ¿Qué le hiciste, eh? ¿Qué mierda le diste para que prefiera morir antes de dejarte?

—Yo no le hice nada a nadie, Marco —contestó Elena, tratando de mantener la voz firme a pesar de que las manos le temblaban levemente—. Tú y tu padre nos arrastraron a esto. Si Luca no te respeta, no es por mi culpa, es por la clase de persona que eres.

Las palabras de Elena golpearon el ego aplastado de Marco con la fuerza de un látigo. El rostro del hombre se deformó en una mueca de rabia ciega. Soltó el vaso de cristal, que se hizo pedazos contra el suelo al estrellarse, y dio un paso brusco hacia Elena levantando la mano.

—¡Maldita zorra! ¡Te voy a quitar esa boca de conveniencia a golpes!

—¡No la toques! —gritó Mariana, intentando empujarlo.

Pero la puerta de la cocina volvió a abrirse violentamente.

Mientras tanto, en la zona de la piscina, el ambiente entre los hombres de la familia no era mejor.

Luca estaba sentado en una de las tumbonas con la camisa desabotonada en el cuello y el cabello ligeramente desordenado. Sostenía un vaso corto con hielo y bourbon en la mano. La presión acumulada durante meses, la discusión áspera que había tenido con su padre al caer la tarde y el agotamiento físico de cuidar a Elena día y noche lo habían llevado a beber más de la cuenta. No estaba completamente inconsciente, pero sus reflejos eran lentos, sus ojos verdes se veían pesados y sus movimientos carecían de la precisión habitual.




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