Padres Por Una Venganza

Capítulo 20

La mañana siguiente amaneció gris y en silencio sobre la mansión. La luz pálida del sol filtraba a través de los pesados visillos de la suite de invitados, iluminando la habitación en penumbra.

Elena fue la primera en despertar. Sentía el cuerpo pesado por las siete semanas restantes de gestación y el cansancio acumulado de la noche anterior. Al intentar girarse, notó la firmeza del brazo de Luca rodeándole la cintura con cuidado casi instintivo. Él dormía profundamente a su lado, con el rostro relajado y las pestañas oscuras descansando sobre la piel pálida, luciendo exhausto tras la tormenta de emociones y el alcohol de la noche anterior.

Elena observó la mano de Luca apoyada sobre su vientre. No había rastro del hombre furioso que casi destruye a su hermano horas atrás; solo quedaba el joven que la cuidaba con una devoción incansable. Con delicadeza, Elena retiró las cobijas y se incorporó en la orilla de la cama, sujetándose la espalda baja para amortiguar el peso.

El movimiento hizo que Luca se despertara de golpe. Se sentó en la cama con el ceño fruncido y la mirada desorientada por el remanente del dolor de cabeza.

—Elena... —murmuró con la voz áspera y rasposa—. ¿Te sientes bien? ¿Pasa algo?

—Estoy bien, Luca —tranquilizó ella en un susurro, mirándolo por encima del hombro—. Solo necesito ir al baño y tomar un poco de agua.

Luca se pasó las manos por la cara, despejándose a la fuerza, y se puso de pie de inmediato para ofrecerle la mano y acompañarla a dar los pocos pasos hacia el baño.

—Voy a pedir que nos suban el desayuno a la habitación —dijo Luca mientras ella se lavaba las manos—. No tienes que bajar a ver a nadie si no quieres. Nos iremos a casa en cuanto te sientas lista.

—Prefiero que nos vayamos lo antes posible —asintió Elena, mirándolo a través del espejo—. No quiero estar aquí cuando Marco despierte.

Un toque suave en la puerta de la habitación interrumpió la conversación. Luca caminó a abrir, encontrándose con Mateo en el pasillo, quien llevaba una bandeja con té caliente, tostadas y fruta fresca, además de las llaves del auto de Luca.

—Buenos días —dijo Mateo en voz baja, entregándole las cosas a su primo—. Les traje algo ligero. La casa está tranquila. Tu padre salió temprano a la oficina y a Marco lo enviaron a una de las propiedades del norte para que se recupere de la borrachera lejos de aquí.

Luca tomó la bandeja, dejando escapar un suspiro cargado de alivio.

—Gracias, Mateo. Por todo lo de anoche.

—No hay nada que agradecer. Cuida a Elena y a mi sobrino —respondió Mateo con una sonrisa sincera antes de dar media vuelta e irse por el pasillo.

Hora y media más tarde, el auto de Luca dejaba atrás los portones de la mansión Moretti. El viaje de regreso a la residencia en las colinas transcurrió en un silencio pacífico, lejos de la tensión que rodeaba al clan familiar.

Al llegar a casa, Luca ayudó a Elena a acomodarse en el sofá de la sala, colocándole varios cojines detrás de la espalda y elevándole las piernas sobre un taburete mullido.

—Iré a preparar algo para almorzar —anunció Luca, quitándose la chaqueta y remangándose las mangas de la camisa blanca.

—Luca —lo llamó Elena antes de que caminara hacia la cocina.

El joven se detuvo al instante y giró la cabeza hacia ella.

—¿Qué necesitas?

Elena lo miró fijamente durante unos segundos. Recordó la forma en que él la había protegido en la cocina, la vulnerabilidad con la que le había pedido perdón de rodillas y el calor de su mano consolando al bebé durante la madrugada.

—No tienes que sobreexigirte tanto —dijo Elena con suavidad, regalándole una mirada tibia—. Anoche cometiste un error al beber demasiado, pero me demostraste que nunca dejarías que nada nos pase. Estamos bien, Luca. Tienes que perdonarte a ti mismo también.

Luca sintió un nudo apretarse en su garganta. Se acercó despacio al sofá, se hincó a su lado y tomó su mano pequeña entre las suyas, apoyando la frente sobre sus nudillos.

—Te prometo que nunca más volveré a ponerme en una posición donde no pueda reaccionar a tiempo para defenderlos —susurró Luca con el corazón en la mano—. Ustedes dos son todo lo que tengo, Elena.

Elena sonrió despacio y, por primera vez de forma espontánea, usó su mano libre para acariciarle el cabello oscuro a Luca, sintiendo la suavidad de las hebras entre sus dedos.

—Lo sé —respondió ella en un murmullo sincero—. Ahora ve a cocinar, porque tu hijo y yo tenemos hambre de verdad.

Luca levantó la mirada, dibujando una sonrisa genuina e iluminada que borró cualquier rastro de cansancio en su rostro, listo para dedicarle los últimos dos meses de embarazo a construir la paz que ambos tanto merecían.




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