La llegada del octavo mes convirtió la rutina de Elena en un despliegue de maniobras calculadas. Su vientre, ahora una esfera prominente e imposible de ignorar, dictaba la velocidad de sus pasos, la duración de sus siestas y la urgencia de sus antojos. Pero si había alguien que vivía ese inicio del octavo mes con una mezcla de devoción absoluta y pánico escénico, ese era Luca.
El miércoles por la tarde, el amplio salón de un centro holístico en el centro de la ciudad albergaba la famosa clase de preparación para el parto que Mariana había recomendado. El lugar olía a aceite de lavanda, difusores de vapor y té de manzanilla. En el suelo de madera pulida, diez colchonetas de yoga de colores pasteles estaban distribuidas en un círculo amplio.
Elena y Luca cruzaron la puerta con paso vacilante. Él cargaba una mochila enorme con dos botellas de agua, tres toallas pequeñas, un cojín ortopédico que había comprado por internet y un cuaderno de notas con su pluma favorita enganchada en la tapa.
—Luca, es una clase de yoga y respiración, no un examen final de la facultad —murmuró Elena de buen humor, apoyándose en su brazo mientras buscaban un espacio libre.
—El folleto decía claramente que debíamos venir preparados para cualquier dinámica —respondió él en voz baja, ajustándose la correa de la mochila mientras miraba a su alrededor con cierto recelo.
En el salón ya se encontraban otras nueve parejas. Los futuros padres lucían de todo tipo: desde hombres maduros que parecían estar en su tercer hijo hasta jóvenes entusiastas que ya dominaban el vocabulario de la maternidad. Luca, con sus pantalones deportivos oscuros, su camisa holgada y su expresión de estar a punto de rendir la prueba más difícil de su vida, destacaba por una racha de nerviosismo contenido.
Puntual a las cuatro de la tarde, la instructora hizo su entrada. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años llamada Clara, de voz imponente, postura impecable, cabello cano recogido en un moño tirante y una aura de autoridad que recordaba a un sargento de instrucción en versión holística.
—Buenas tardes a todos —anunció Clara, aplaudiendo dos veces para captar la atención del grupo—. Bienvenidos al taller de Conexión y Manejo del Dolor en el Trabajo de Parto. Durante las próximas dos horas, vamos a desaprender la idea de que el parto es un proceso donde el padre es un simple espectador con cara de asustado. No. Aquí los hombres van a trabajar, van a ser el soporte físico y emocional de sus compañeras.
Luca tragó saliva, abriendo de inmediato su cuaderno y haciendo una anotación rápida en la primera página: «El padre no es espectador».
—¡Guardemos los cuadernos, por favor! —exclamó Clara, fijando sus ojos analíticos en Luca—. Aquí no venimos a memorizar teoría, venimos a conectar con el cuerpo y la intuición.
Elena soltó una risita ahogada al ver cómo Luca cerraba el cuaderno como si lo hubiera descubierto haciendo trampa en un examen.
—Muy bien, ubíquense en las colchonetas —ordenó la instructora, caminando por el centro del círculo—. Las mujeres se van a sentar sobre las colchonetas con las piernas cruzadas o semiflexionadas, reclinando la espalda contra el pecho de sus parejas. Los hombres, colóquense directamente detrás de ellas. Piernas abiertas para darles soporte a los hombros de ellas, y las palmas de las manos colocadas sobre la parte inferior del vientre. Vamos a trabajar la respiración diafragmática y el masaje de contención para las contracciones de la primera fase.
Elena se acomodó despacio sobre la colchoneta lila. Sentarse en el piso a estas alturas del embarazo requería todo un esfuerzo de ingeniería, pero logró reclinarse hacia atrás. Luca se posicionó a su espalda, intentando acomodar sus largas piernas de atleta alrededor de la cadera de Elena sin aplastarla.
—¿Estás bien ahí? —le susurró Luca al oído, acomodando torpemente sus manos sobre el vientre abultado de ella.
—Sí, pero estás muy tenso —respondió Elena en un murmullo alegre—. Relaja los hombros, pareces una estatua de madera.
—Estoy intentando no hacer una presión inadecuada en tu diafragma —explicó él con una seriedad mortal.
—¡Atención aquí! —resonó la voz de Clara, deteniéndose en el centro—. Cuando comience la simulación de la ola de contracción, la mamá va a inhalar en cuatro tiempos y exhalar en seis. El papá debe acompañar esa respiración. No quiero escuchar resoplidos de pánico. El hombre debe presionar con la palma de la mano de forma firme —¡firme, no aplastante!— la zona baja del vientre, mientras con la otra mano realiza un movimiento circular suave en la zona lumbar. ¿Entendido? ¡Comenzamos! Inhalen... uno, dos, tres, cuatro...
En la colchoneta lila, el desastre comenzó casi de inmediato.
Elena inhaló profundamente, pero Luca, intentando seguir la cuenta en su mente y coordinar las dos manos al mismo tiempo, hizo exactamente lo opuesto: cuando ella inhaló, él presionó con demasiada fuerza la zona lumbar y apenas rozó el vientre.
—Ay, Luca, no me empujes hacia adelante —pidió Elena tratando de no perder el ritmo.
—Lo siento, me confundí de mano —se disculpó él apresuradamente, cambiando la posición de los brazos con tanta torpeza que terminó dándole un codazo leve a la almohada que sostenía el costado de Elena.
—Exhalen... —continuaba Clara marcando el compás—. Sientan cómo la tensión abandona el cuerpo...
Luca intentó corregir el rumbo. Recordó la instrucción de masajear en círculos la zona lumbar, pero en su afán por hacerlo "firme", comenzó a frotar la espalda de Elena con un movimiento tan rápido y rígido que parecía que intentaba encender fuego con dos pedazos de madera.
—Luca... me estás lijando la blusa —susurró Elena, apretando los labios para contener un ataque de risa que amenazaba con arruinar su respiración.
—¿Es muy fuerte? —preguntó él en un pánico creciente, aflojando el contacto de golpe—. Perdón, es que la velocidad de frotación no me quedó clara...
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Editado: 30.08.2026