Padres Por Una Venganza

Capítulo 22

Al salir del centro holístico, el aire fresco de la tarde ayudó a despejar la calidez del salón. Luca caminaba al lado de Elena sosteniendo la pesada mochila en un hombro y ofreciéndole el brazo con una atención redoblada, todavía un poco conmovido tras las correcciones de la instructora Clara.

—De verdad no entiendo cómo esa mujer puede pretender que un masaje sea una ciencia exacta y al mismo tiempo prohibir el uso de apuntes —comentó Luca mientras abría la puerta del auto con cuidado, ayudando a Elena a acomodarse en el asiento—. Te juro que el diagrama que leí anoche marcaba una presión distinta para la zona lumbar.

Elena se dejó caer sobre el asiento de cuero con un largo suspiro de alivio, acomodándose el cinturón de seguridad por debajo de la abultada curva de su vientre. Soltó una risa suave que llenó el habitáculo del vehículo.

—Luca, relájate un poco —dijo mirándolo con ternura mientras él se subía al lado del conductor—. Al final lo hiciste perfecto. La mismísima sargento de la maternidad te dio su aprobación.

—Solo después de amenazarme con conectarme a una silla de electrodos —refunfuñó él, aunque una pequeña sonrisa de orgullo contenido se dibujó en la comisura de sus labios al encender el motor—. ¿Te duele la espalda? Si quieres, en cuanto lleguemos a casa podemos repitir el ejercicio de estiramiento en la alfombra, pero esta vez a tu ritmo.

—Me duele un poco la cadera, pero lo que tengo de verdad es un hambre voraz —confesó Elena, cruzando las manos sobre su pancita—. Y no quiero nada de la dieta balanceada que sugirió la clase. Se me antoja una hamburguesa enorme con papas fritas.

Luca la miró de reojo mientras maniobraba para salir del estacionamiento, sus ojos verdes brillando con diversión.

—Tus deseos son órdenes. Pasamos por el autoservicio antes de ir a las colinas.

Una hora más tarde, la calma de la residencia en las colinas los recibió como un santuario. Elena devoró su cena en la barra de la cocina con una satisfacción casi infantil, mientras Luca la observaba en silencio, disfrutando de la ligereza que había sustituido a la antigua amargura de sus primeros meses juntos.

Al caer la noche, el cansancio acumulado del octavo mes se hizo sentir con fuerza. La presión en la pelvis y la rigidez en las articulaciones hacían que para Elena encontrar una posición cómoda en la cama fuera una odisea diaria.

Luca, vistiendo un pantalón cómodo de franela y una camiseta gris holgada, acomodó una montaña estratégica de cojines en el lado izquierdo de la cama matrimonial.

—A ver, inclínate despacio —indicó situándose a su lado—. La instructora dijo que el cojín largo debe ir entre las rodillas para alinear la cadera, y este otro pequeño justo bajo el abdomen para que no sientas el tirón de los ligamentos.

Elena obedeció dejándose guiar. En cuanto acomodó la pierna derecha sobre el cojín y sintió el soporte suave bajo su vientre, soltó un gemido de puro descanso.

—Dios mío... esto es un milagro —murmuró cerrando los ojos.

—Te dije que la teoría tenía algo de utilidad —sonrió Luca, acostándose a su espalda.

Se acomodó en forma de cuchara a una distancia respetuosa, pasando el brazo izquierdo por encima de la cintura de Elena para posar la mano abierta directamente sobre la pancita. Casi de inmediato, el bebé respondió con un movimiento pausado, una patada suave que empujó la palma de Luca.

—Parece que él también está listo para dormir —susurró Luca cerca de su oído, su aliento tibio rozándole el cuello.

Elena buscó la mano de él y entrelazó sus dedos sobre su vientre, sintiendo el latido constante y seguro de la presencia de Luca a sus espaldas. Ya no había espacio para el odio, ni para las sombras de los Moretti, ni para el fantasma de aquella trampa que un día pareció destruirle la vida. En esa habitación en penumbra, rodeada por el cuidado obsesivo y sincero del hombre que sostenía su futuro, Elena finalmente se sintió en casa.

—Luca... —llamo ella en un murmullo pausado, casi al borde del sueño.

—¿Qué pasa? ¿Necesitas otro cojín? ¿Agua?

—No... —Elena apretó levemente sus dedos contra los de él—. Solo quería decirte que vas a ser un padre maravilloso.

Luca se congeló un segundo en la oscuridad. Sintiéndose conmovido hasta lo más profundo del pecho, se inclinó un poco más para depositar un beso tierno y prolongado en el hombro de Elena.

—Vamos a ser unos grandes padres, Elena —contestó en un susurro cargado de promesa—. Descansa. Y




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