La mañana del sábado comenzó con una bruma fría cubriendo las colinas. A pocas semanas de la fecha probable de parto, el movimiento en la residencia se había reducido a lo esencial. Elena descansaba en el sillón del salón principal con las piernas elevadas, mientras Luca terminaba de ordenar la mesa de centro, retirando algunos libros de pediatría y carpetas de la universidad.
El timbre sonó con dos golpes secos y firmes.
Elena levantó la vista de inmediato, sintiendo una pequeña punzada de tensión en el pecho. Luca respiró hondo, se acomodó la camisa y caminó hacia el recibidor.
Al abrir la puerta, la figura imponente de Arthur Miller llenaba el umbral. Llevaba un abrigo oscuro y una expresión rígida, la misma severidad con la que miraba a Luca desde la noche en que la mentira del matrimonio forzado salió a la luz. Detrás de él, Valeria sostenía un paquete cuidadosamente envuelto y una bolsa con cobijas tejidas a mano.
—Buenos días —saludó Luca con voz neutra y educada, manteniendo la postura—. Bienvenidos. Pasen, por favor.
Arthur no respondió al saludo. Se limitó a asentir con frialdad mientras cruzaba el umbral, dejando el abrigo en el perchero sin aceptar la ayuda que Luca le ofreció. La distancia entre ambos hombres seguía siendo una grieta profunda; para Arthur, Luca siempre sería el hijo de Vincenzo Moretti, el apellido que había arrastrado a su hija a una pesadilla política de la mafia.
—¡Elena, mi amor! —exclamó Valeria, apresurándose hacia el salón en cuanto vio a su hija.
—¡Mamá! —sonrió Elena, intentando incorporarse.
—No te levantes, por favor —pidió Valeria, sentándose a su lado en el sofá para abrazarla con cuidado extremo—. Mírate nada más... estás radiante.
Arthur caminó a paso lento hacia la sala. Se detuvo a un par de metros del sofá, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir. Sus ojos rasgaron la estancia, evaluando cada detalle del lugar antes de fijar la mirada en el vientre prominente de Elena. La dureza en su rostro se suavizó apenas un segundo ante la imagen de su hija, pero se volvió a tensar al notar a Luca de pie a corta distancia, guardando un espacio respetuoso.
—¿Cómo te has sentido, Elena? —preguntó Arthur con tono grave—. Tu madre no ha dejado de insistir en venir a verte desde la semana pasada.
—He estado muy bien, papá —respondió Elena, tomando la mano de su madre antes de mirar a su padre—. Los malestares pesados ya pasaron. Solo estoy un poco cansada por el peso.
—Le traje unas cobijitas de lana suave que mandé a hacer —intervino Valeria, abriendo las bolsas sobre la mesa—. Y unas infusiones naturales que te van a ayudar a dormir mejor esta última etapa.
Luca dio dos pasos hacia adelante, manteniendo la voz serena.
—Le preparo una taza de té ahora mismo, señora Valeria. El doctor sugirió que mantuviera bajas las dosis de teína, pero las de manzanilla y azahar le hacen muy bien por las noches.
Arthur giró la cabeza bruscamente hacia Luca, entrecerrando los ojos.
—Sé perfectamente lo que mi hija puede o no tomar, Moretti —dijo Arthur con un matiz envenenado en la voz—. No necesitas darme una lección sobre los cuidados de mi propia familia.
El ambiente en el salón se congeló al instante. Valeria soltó un ligero suspiro de incomodidad, mientras Elena apretaba la mandíbula, sintiendo que la calma de su hogar se resquebrajaba.
Luca no bajó la mirada, pero tampoco cayó en la provocación. Sostuvo los ojos del señor Miller con una firmeza madura que no tenía meses atrás.
—No intento darle lecciones, señor Miller —respondió Luca con calma helada—. Solo me aseguro de que Elena tenga exactamente lo que necesita en mi casa. Iré a la cocina por el té.
Luca dio media vuelta y caminó a paso constante hacia la cocina.
Arthur apretó los puños a sus costados, mirando la espalda del joven con desconfianza abierta. En cuanto Luca desapareció tras la puerta de madera, Arthur se acercó al sofá y se inclinó hacia su hija.
—Elena... —habló en voz baja, con un tono lleno de angustia paternal—. Dime la verdad. ¿De verdad estás bien aquí? Si este muchacho o su padre te están presionando de alguna forma, si necesitas volver a casa para tener al bebé allá... sabes que puedo mover cielo y tierra para sacarte de este lugar.
Elena miró a su padre. Entendía su rabia y el dolor de ver a su única hija atrapada en el nido de la familia enemiga. Sin embargo, la brecha entre la percepción de su padre y la realidad que ella vivía a diario con Luca ya no podía ser más grande.
—Papá, escucha lo que te voy a decir —contestó Elena con voz firme, sosteniéndole la mirada—. Sé que odias el apellido Moretti, y tienes miles de razones para hacerlo. Pero Luca no es su padre. Noche tras noche, cuando he tenido dolor de espalda, mareos o miedo por lo que viene, ha sido él quien ha estado a mi lado. Él no me tiene atrapada aquí. Esta es nuestra casa y este es nuestro hijo.
Arthur se quedó en silencio, impactado por la contundencia de las palabras de Elena.
En ese momento, Luca regresó a la sala trayendo una bandeja de plata con una tetera humeante, tazas de porcelana y una jarra con agua de fruta fresca. Se acercó a la mesa de centro y sirvió con manos tranquilas.
—Aquí tiene, señora Valeria —dijo entregándole la taza—. Y para usted, señor Miller, si prefiere café recién hecho, puedo prepararlo en un minuto.
Arthur observó la bandeja, luego miró la mano de Luca que, al dejar la taza de Elena, se posó con un movimiento fluido y protector sobre el respaldo del sofá, justo detrás de la cabeza de su hija. Vio la soltura con la que Elena se recostó ligeramente hacia él, buscando su cercanía de manera inconsciente.
—No necesito café —respondió Arthur, bajando el tono de su voz aunque manteniendo la distancia—. Solamente quiero asegurarme de que el médico que la atienda en el parto sea alguien competente y completamente ajeno a los asuntos de Vincenzo.
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Editado: 30.08.2026