La madrugada del domingo encontró a la residencia en las colinas sumida en un silencio absoluto. Faltaban solo tres semanas para la fecha probable de parto y el noveno mes se hacía sentir en cada movimiento de Elena, quien llevaba casi una hora dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño.
De pronto, un dolor sordo y agudo se instaló en la parte baja de su vientre, expandiéndose hacia la espalda como una ola apretada y constante. Elena ahogó un gemido, apretando la sábana con fuerza mientras se llevaba la mano a la pancita.
—¿Elena? —la voz de Luca resonó al instante en la penumbra. Como si su cuerpo tuviera un sensor calibrado solo para ella, se espabiló en una fracción de segundo, incorporándose en la cama con los ojos bien abiertos—. ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?
—Luca... —dijo ella con la voz entrecortada, soltando un aire pesado—. Me está doliendo... Es una presión muy fuerte en la parte baja.
Luca saltó de la cama como impulsado por un resorte. La calma disciplinada que había intentado cultivar en las clases holísticas amenazó con desmoronarse en un instante.
—Tranquila, respira. Inhala en cuatro, exhala en seis —recitó a toda velocidad, arrodillándose al lado de su cama y tomando su mano—. Voy a cronometrar. Cuéntame exactamente qué sientes.
Elena apretó los labios mientras la tensión en su abdomen se mantenía durante casi cuarenta y cinco segundos antes de ceder lentamente.
—Ya... ya pasó —suspiró ella, pasándose la mano por la frente perlada de sudor—. Pero se sintió muy distinta a los tirones de la semana pasada. Esta dolía de verdad.
—Es el momento —sentenció Luca con la mirada inyectada de una determinación aterrorizada—. El bebé viene en camino.
Cinco minutos después, el dormitorio era un caos controlado. Luca corría descalzo por la habitación metiendo al bolso maternal el camisón de Elena, los pañales, la primera muda del bebé que habían lavado con tanto esmero y las carpetas de los estudios médicos.
—Luca, espera, no corras así, tal vez solo hay que esperar a ver si viene otra... —intentó calmarlo Elena, sentada en el borde de la cama mientras él le ponía los zapatos con manos temblorosas.
—No vamos a arriesgarnos a que nazca en la carretera —interrumpió él con voz firme, ayudándola a ponerse de pie y pasándole un abrigo sobre los hombros—. La doctora Ramos dijo que ante la primera contracción dolorosa e intensa debíamos ir a la clínica.
El trayecto hacia la Clínica Central se sintió como el viaje más largo de sus vidas. Luca conducía con las dos manos pegadas al volante, manteniendo la vista fija en el asfalto iluminado por los faros mientras de tanto en tanto estiraba su mano derecha para apretar los dedos de Elena, quien a mitad del camino sintió una segunda punzada, aunque menos intensa que la primera.
Al llegar a la entrada de urgencias maternidad, Luca aparcó el auto casi de lado y ayudó a Elena a bajar, cargando el bolso gigante sobre el hombro.
—¡Necesito una silla de ruedas y a la doctora Ramos, por favor! —anunció Luca al cruzar las puertas automáticas con una voz tan potente que hizo girar a dos enfermeras en el mostrador.
—Tranquilo, señor Moretti —dijo una de las enfermeras con serenidad experimentada, acercando rápidamente una silla de ruedas—. Vamos a pasar a la señora a la sala de evaluación.
Veinte minutos después, la atmósfera en el consultorio de revisión era completamente distinta.
Elena yacía recostada en la camilla de exploración con el monitor fetal conectado a su vientre, emitiendo el sonido rítmico y acelerado del corazón del bebé: tuc-tuc, tuc-tuc, tuc-tuc. Luca permanecía de pie a su lado, con la camisa arrugada, el cabello desordenado y los nudillos blancos de tanto apretar la mano de su esposa.
La doctora Ramos retiró el transductor de ecografía y se limpió las manos con una toallita de papel, mirando a la pareja con una sonrisa comprensiva.
—Bueno, futuros padres —dijo la médica rompiendo el silencio—. Tienen los diplomas de rapidez otorgados, pero pueden descansar tranquilos. Fue una falsa alarma.
Luca se congeló, parpadeando despacio.
—¿Cómo que una falsa alarma? —preguntó él con la voz ronca—. Tuvo dos contracciones en menos de media hora, doctora. Yo mismo las cronometré.
—Fueron contracciones de Braxton Hicks avanzadas —explicó la doctora Ramos mostrando la pantalla del monitor—. El cuello uterino sigue completamente cerrado y la frecuencia cardíaca del bebé es perfecta. Lo que ocurrió es que el pequeño se giró un poco más hacia la pelvis para encajarse, y eso provoca espasmos musculares fuertes. Es el cuerpo preparándose, pero todavía no es el día. Les quedan fácilmente un par de semanas más.
Elena dejó escapar un suspiro de alivio tan profundo que los hombros se le descolgaron por completo. Luca, por su parte, se dejó caer pesadamente sobre la silla visitante al lado de la camilla, pasándose las dos manos por el rostro mientras soltaba una risa nerviosa y agotada.
—Casi me da un ataque al corazón en la autopista —murmuró Luca entre dientes, aunque una mirada de infinito alivio brillaba en sus ojos verdes.
El regreso a la casa en las colinas se dio bajo la luz dorada del amanecer. La bruma matutina comenzaba a disiparse sobre el valle y el aire fresco de la mañana llenaba la habitación cuando volvieron a acostarse, vistiendo ropas cómodas y sin más urgencias que recuperar el sueño perdido.
Elena se acomodó de lado en la cama, buscando el calor del pecho de Luca. Él la rodeó con los brazos de inmediato, pegándola a su cuerpo con una ternura que parecía haber aumentado tras el susto de la madrugada.
—Lamento haberte hecho correr así —susurró Elena, descansando la barbilla sobre el pecho de él mientras trazaba círculos invisibles sobre la tela de su camiseta.
—No pidas perdón —contestó Luca, besándole la coronilla con dulzura—. Prefiero hacer diez viajes en vano al hospital antes que llegar un minuto tarde el día que sea de verdad.
#345 en Novela romántica
#125 en Novela contemporánea
amor romance drama dolor sufrimiento, amor romance embarazo, venganza mafia traicion
Editado: 30.08.2026