Padres Por Una Venganza

Capítulo 26

Los primeros tres días tras la llegada de Liam transcurrieron en una especie de burbuja suspendida en el tiempo. La residencia en las colinas, que antes solía sentirse amplia y silenciosa, se transformó por completo para girar en torno al pequeño moisés colocado al lado de la cama matrimonial.

Luca dormía con un ojo abierto y el oído extrañamente alerta a cualquier sonido. Ante el menor quejido o respiración agitada del bebé, se incorporaba en la penumbra para revisar que todo estuviera bien, cuidando de no despertar a Elena cuando a ella le tocaba descansar.

Aquella mañana, el sol entraba de lleno por los ventanales del salón. Elena descansaba en el sofá con una manta ligera sobre las piernas, sosteniendo a Liam en brazos mientras intentaba hacerlo repetir tras la toma de leche.

El timbre de la casa sonó, rompiendo la paz de la mañana.

Luca, que salía de la cocina con un vaso de agua para Elena, se detuvo un segundo antes de caminar hacia el recibidor. Al abrir la puerta, se encontró con una comitiva insólita en el umbral.

—¡Llegó la tía del año! —anunció Camila en un susurro eufórico, cruzando la puerta cargada con dos cajas gigantescas de regalos envueltos en papel azul y dorado. Detrás de ella venía Sofía, sosteniendo un oso de peluche casi de su mismo tamaño, y cerrando el grupo, Julián, quien traía una cesta repleta de productos para recién nacido.

—Pasen, pasen, pero despacio que apenas logró quedarse dormido —pidió Luca con una sonrisa cansada pero cálida, haciéndose a un lado.

—Mírate esas ojeras, Moretti —bromeó Julián al pasar a su lado, dándole una palmadita en el hombro—. Pareces un alma en pena, pero de las felices.

—No he dormido más de tres horas seguidas, pero no me quejo —admitió Luca, siguiéndolos hacia la sala.

En cuanto las chicas vieron a Elena con el bebé en brazos, el entusiasmo fue imposible de contener. Camila prácticamente se tiró al piso de rodillas junto al sofá para mirar de cerca el rostro de Liam.

—Dios mío, Elena... es perfecto —susurró Camila, contemplando la carita rosada del recién nacido, sus pestañas tupidas y sus puñecitos cerrados junto a la mejilla—. Tiene la nariz de Luca, pero los labios son totalmente tuyos.

—Y un cabello facilísimo de despeinar, como el del papá —añadió Sofía riendo despacio mientras dejaba el peluche en la mesa de centro—. ¿Cómo te sientes, Elena?

—Agotada, pero increíblemente feliz —respondió Elena, dejando que Camila sostuviera con extremo cuidado a Liam por unos minutos—. Siento que todavía estoy procesando todo lo que pasó en el hospital.

Julián se acercó a Luca, que observaba la escena apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, y le tendió una bolsa pequeña con una botella de vino tinto de reserva.

—Para cuando Liam les dé una tregua de un par de horas —dijo Julián guiñándole un ojo—. ¿Cómo va todo con tu papá? ¿Ha llamado?

La pregunta hizo que la sonrisa de Luca se secara un poco, aunque no perdió la serenidad.

—Envió un arreglo de flores exageradamente grande a la clínica y una nota de felicitación —explicó Luca en voz baja—. Pero dejé en claro con la seguridad de la entrada que nadie de su entorno tiene acceso a esta casa sin mi autorización previa. Este espacio es de Elena y de mi hijo.

Julián asintió con aprobación sincera.

—Haces bien, hermano. Te ganaste el respeto de los Miller y el de todos nosotros por la forma en que manejaste todo. Te convertiste en un verdadero hombre de familia.

Mientras los jóvenes conversaban, el timbre volvió a sonar. Esta vez era Valeria, quien venía acompañada de Arthur. El patriarca de los Miller traía una bolsa de mano de una joyería exclusiva, algo que llamó la atención de todos en la sala.

Tras los saludos afectuosos y las felicitaciones, Arthur se acercó a la cuna donde reposaba Liam, observando al pequeño en silencio durante unos largos segundos. Luca se acercó a paso lento, colocándose al lado de su suegro.

Arthur sacó de la bolsa una pequeña caja de terciopelo azul y la abrió, revelando una medalla de oro fino con la imagen grabado de un ángel de la guarda y la fecha de nacimiento de Liam en el reverso.

—Era de mi padre —dijo Arthur con voz grave, rompiendo el hielo—. La guardé para el día en que tuviera a mi primer nieto. Quiero que la tenga él.

Luca miró la joya y luego cruzó la mirada con el señor Miller. Entendió el peso simbólico de ese gesto: no era solo un regalo para el bebé, sino la entrega formal del testigo de protección familiar hacia él.

—Muchas gracias, señor Miller —contestó Luca con tono firme y respetuoso—. Le aseguro que la guardaremos con el valor que merece.

—Sé que lo harás, Luca —respondió Arthur, llamándolo por su nombre de pila por primera vez en meses—. Sé que lo harás.

La tarde transcurrió entre risas, historias del parto repetidas desde la perspectiva cómica de Camila y consejos de maternidad por parte de Valeria. Por primera vez en mucho tiempo, las diferencias de las familias, las sombras del pasado y las amenazas externas parecieron disiparse por completo, dejando únicamente un espacio lleno de calidez y unión.

Al caer la noche y despedir a las visitas, la casa volvió a sumirse en su apacible silencio.

Luca caminó hacia el dormitorio principal trayendo una taza de manzanilla para Elena. La encontró sentada en la cama, luciendo un camisón cómodo y amamantando a Liam a la luz tenue de la lámpara de noche.

Luca dejó la taza en la mesa de noche y se sentó con cuidado a su lado, pasándole un brazo por la espalda para atraerla contra su pecho. Elena apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el aroma familiar de su piel y el calor de su abrazo.

—Fue un buen día —murmuró Elena con voz cansada pero llena de paz.

—El mejor de todos —coincidió Luca, contemplando la forma en que las pequeñas manos de Liam se aferraban a la bata de su madre—. Tu papá me llamó por mi nombre hoy.




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