Capítulo 4 – Verdades que comienzan a respirar
Durante los siguientes minutos, Lucas se convirtió en un hilo de luz dentro del cubo metálico. No dejaba que el silencio se asentara ni un segundo.
—¿Sabes cuál es mi juguete favorito? —preguntó de golpe, balanceando los pies.
Mariano respiró hondo, apoyando la cabeza contra la pared del ascensor para no sentir el encierro tan cerca.
—No tengo idea —respondió, intentando sonar tranquilo.
—Un robot rojo que hace piu-piu. Pero mi mamá dice que hace demasiado ruido —rió Lucas, como si estuviera confesando una travesura.
Mariano no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Yo tenía uno azul cuando era chico. También hacía ruido. Mi mamá lo escondía en el armario.
—¿En serio? —Los ojos del niño se abrieron como si hubiese encontrado la llave de un tesoro perdido—¡Entonces es allí donde ella lo esconde!
—Seguramente.
Lucas comenzó a revolver sus bolsillos hasta sacar una paletita envuelta en papel brillante.
La miró, dudó… y luego la extendió hacia él.
—¿Quieres? Es de frutilla. A mí me gusta más la de uva, pero hoy solo tenía esta.
Mariano se incorporó un poco, sorprendido por el gesto.
—No, Lucas, gracias. Es tuya.
—Pero tengo otra —Sonrió descaradamente, con una sonrisa que delataba la inocencia más pura—. Además, si las comparto… —bajó la voz— …tal vez el ascensor se porte bien.
Mariano soltó una risa que él mismo no esperaba, una que aflojó la rigidez de sus hombros y le permitió estirar las piernas, cambiar de postura, dejar de sentirse tan atrapado.
Y tomó la paleta.
—Está bien. Pero solo porque es un asunto serio: hay que mantener tranquilo al ascensor.
Lucas asintió muy convencido, como si acabaran de hacer un pacto secreto.
—¿Y cuál es tu comida favorita? —continuó el niño—. La mía son las hamburguesas, pero mamá dice que no puedo comer tantas porque después… —se agarró la panza e hizo una mueca exagerada.
Mariano se rió otra vez.
—Las pastas. Mi mamá hacía las mejores del mundo —dijo sin pensarlo, sorprendiéndose de lo fácil que era hablar con aquel niño—. Aunque ahora me doy cuenta de que extraño más la compañía que la comida.
Lucas, sin comprender del todo, apoyó una mano pequeña sobre la rodilla de él, como si estuviera consolando a alguien que no sabía que necesitaba consuelo.
—Yo a veces extraño a mi papá, pero no sé por qué… si nunca lo vi. ¿Será eso posible? —preguntó con una sinceridad que le atravesó el pecho.
Mariano dejó de chupar la paleta. Lo miró, con algo caliente y punzante subiéndole por la garganta.
—Creo que es posible—susurró.
El ascensor seguía detenido, el aire seguía siendo pesado…
pero entre ellos algo empezaba a moverse, a encajar, a latir.
(...)
Lucas mordisqueó el palito de su paleta, moviendo las piernas en el aire como si pensara en algo importante. De pronto, levantó la mirada hacia Mariano con una seriedad que no encajaba del todo con sus pocos años.
—¿Te digo un secreto? —susurró, como si las paredes del ascensor pudieran escuchar.
—Claro —respondió Mariano, inclinándose un poco para prestarle atención.
Lucas respiró hondo, inflando el pecho.
—Mi mamá nunca tuvo novio —confesó, bajando la voz aún más—. Yo creo que es porque trabaja mucho… pero también porque su jefe no la deja.
A Mariano se le quedó la paleta a mitad de camino, como si el aire alrededor se hubiera espesado de golpe y tuvo que toser para recuperar el aliento.
—¿Cómo que no la deja? —preguntó, intentando que su tono no sonara demasiado tenso.
—Pues… —Lucas frunció la nariz, buscando las palabras—. Mi mamá dice que su jefe es muy malo. La hace quedarse hasta tarde casi todos los días. Y tampoco le gustan los niños.
Mariano sintió un frío extraño recorrerle la nuca. Eso no coincidía con nada de lo que recordaba de Lucía. Nada.
—¿Y por qué no le gustan los niños? —preguntó con cautela.
Lucas negó con la cabeza.
—No sé. Pero mi mamá me dijo que nunca, nunca, nunca, nunca, nunca debía acercarme a ese hombre.
Mariano se quedó quieto. Inmóvil. Con la paleta suspendida entre sus dedos y esa frase golpeando contra su pecho como una campanada oscura.
(...)
El tiempo dentro del ascensor comenzó a deslizarse con una lentitud espesa, casi líquida, como si las paredes metálicas respiraran lentamente alrededor de ellos. El aire, cada vez más tibio, subía con una tenacidad incómoda, y Mariano sintió cómo una gota de sudor descendía por la línea de su columna, recordándole que aquel encierro no tenía intención de ceder pronto. Por unos minutos logró mantenerse entero, sosteniendo la calma que Lucas, sin saberlo, le iba proporcionando con cada ocurrencia, pero el silencio que se fue instalando de golpe trazó una grieta peligrosa en su pecho.
Notó el primer síntoma: el aire parecía huir. El segundo: un latido agudo y desajustado contra las costillas. El tercero: la sensación de que el ascensor se achicaba centímetro a centímetro, como si pretendiera tragárselo.
Lucas lo observó fijamente, como si percibiera un cambio invisible en la atmósfera.
—¿Otra vez te sientes mal? —preguntó con suavidad, dejando caer las piernas y acomodándose frente a él.
Mariano presionó sus manos contra el piso, intentando anclar su respiración, pero el calor aplastante le complicaba incluso mantener los ojos abiertos. No quería asustar al niño. No quería revivir la escena de hace minutos, pero la opresión volvía con un ritmo lento y cruel.
Entonces, con la naturalidad de quien no conoce la palabra “estrategia”, Lucas empezó a hablar.
—A mí me gusta mucho la Navidad. Es mi día favorito del año, porque mi mamá siempre me hace chocolate caliente.
Mariano pegó la espalda a la pared contraria, cerrando los ojos unos segundos para escuchar la voz del niño, aferrándose a ella como quien se aferra a un hilo cuando todo alrededor parece derrumbarse.