Papá a medianoche

Capítulo 5

Capítulo 5 – Un jefe, un niño y un destino inesperado

Mariano permanecía sentado en el suelo del ascensor, con la espalda apoyada contra la pared metálica que ya comenzaba a calentarse por el encierro. Su corbata había quedado hecha un ovillo en algún rincón, el saco descansaba extendido en el piso como un intento torpe de proteger sus pantalones de vestir, y la camisa se le pegaba al torso, arrugada y húmeda por la transpiración. Respiraba con lentitud, intentando conservar la calma, con los ojos cerrados mientras escuchaba el zumbido casi imperceptible del motor detenido. Sin embargo, un silencio extraño se filtró entre sus pensamientos, un silencio demasiado pleno para pasar inadvertido. Abrió los ojos de inmediato, como si un instinto primario lo empujara a hacerlo, y encontró a Lucas recostado a su lado. El niño estaba acostado sobre el saco, con la cabeza apoyada en sus piernas, aún usando el gorrito navideño que ya le cubría parte de la frente perlada de sudor.

Un sobresalto le atravesó el abdomen. Se inclinó rápidamente hacia él, sintiendo un breve pinchazo de miedo, uno que intentó ocultar bajo un gesto suave mientras retiraba con cuidado el gorrito que ya parecía pesarle al niño.

—¿Te sientes bien? —preguntó, procurando que su voz sonara tranquila, aunque un temblor discreto le deslizó la última sílaba.

Lucas parpadeó despacio.

—Tengo sed —murmuró.

Mariano sacó el teléfono del bolsillo, con los dedos ligeramente trémulos. Observó la pantalla iluminada: las 22:00. Dos horas encerrados. Dos horas sin que nadie lograra sacarlos de ese cubículo detenido entre dos pisos. Guardó el teléfono, respiró hondo y volvió a mirar al niño, analizando cada detalle para asegurarse de que no se desmayara.

—¿No tienes calor con esto? —preguntó mientras apartaba el gorrito del todo.

—Solo un poquito —respondió Lucas, rascándose la cabeza con ese gesto ladeado, curioso, que Mariano reconoció de inmediato; era exactamente la misma postura que él tenía cuando era un niño, como si un reflejo antiguo hubiera despertado en el cuerpo del pequeño.

Ese detalle le golpeó el pecho con una punzada inesperada.

—No te rasques así —dijo, con un tono más tierno que autoritario—. Podrías lastimarte. Yo también me rascaba igual cuando era pequeño… y una vez me hice una herida en la nuca, justo donde tengo un lunar.

Sin pensarlo demasiado, se apartó un mechón de cabello y le mostró la pequeña marca.

Lucas abrió los ojos con una expresión que iluminó por un instante la penumbra del ascensor.

—¡Yo también tengo uno! Igualito —exclamó, dándose la vuelta para señalar detrás de su oreja—. Mi mamá dice que se parece a una estrellita.

El suelo pareció moverse bajo Mariano. O tal vez fue su respiración la que se quebró.

Una corriente fría le recorrió la espalda, tan intensa que contrastó de manera violenta con el calor sofocante del encierro. El corazón le golpeó el esternón con una fuerza que no supo controlar, como si hubiese perdido el ritmo. Miró al niño —ese pequeño de rizos oscuros, ojos atentos y una sonrisa que aparecía sin permiso— y por un instante tuvo la certeza absurda, inquietante y casi dolorosa de que estaba mirándose a sí mismo desde otro tiempo.

Un lunar.

Un gesto.

La manera de inclinar la cabeza.

Un parecido que no debería existir… pero estaba allí, respirando frente a él, tan evidente que parecía imposible ignorarlo.

Mariano tragó saliva, sintiendo cómo una sospecha —una temida, empujada, nunca admitida sospecha— despertaba en su interior con la fuerza de algo que llevaba años pidiendo ser visto.

El ascensor no era lo único detenido.

Él también había quedado suspendido en un punto intermedio entre su pasado y una verdad que comenzaba a abrirse paso sola, sin necesidad de palabras.

Había cosas que coincidían demasiado.

Demasiado.

Pasó una hora más hasta que escucharon golpes y voces del otro lado de la puerta. Indicaciones rápidas, herramientas metálicas, el sonido del mecanismo siendo forzado. Las luces titilaron.

La ayuda por fin había llegado.

Pero para Mariano…

la verdadera incertidumbre apenas comenzaba a respirarle en el cuello.

La puerta del ascensor se abrió con un chirrido áspero, como si el metal mismo se resistiera a soltarlos. Los bomberos movieron paneles, enfocaron linternas y dieron instrucciones rápidas antes de liberar finalmente a Mariano y a Lucas.

Y en ese instante, cuando el niño apareció entre las sombras del cubículo, Lucía sintió que las piernas le fallaban.

Estaba al borde de las lágrimas, con el miedo atorado en la garganta, incapaz de ocultar el temblor en sus manos. Lucas corrió hacia ella con la naturalidad de quien no comprende del todo el peligro pasado; en cambio ella lo estrechó con tanta fuerza que parecía querer anclarlo a su pecho. Mariano dio un paso también, casi por impulso, pero se detuvo a la mitad del movimiento, dudando si tenía derecho a acercarse, si podía intervenir en un abrazo que ahora le resultaba demasiado significativo.

—Gracias a Dios que estás bien —susurró Lucía sin soltar a su hijo, repitiendo la frase como un mantra que intentaba sostenerla por dentro.

Mariano observó la escena con el pulso atropellado. Tenía mil preguntas apiñadas en la mente, todas girando alrededor de una posibilidad que le quemaba el pecho. Se preguntaba si quizá había dejado algo más que un simple recuerdo aquella noche junto a su secretaria.

Varios empleados se acercaron a verificar que su jefe estuviera bien; algunos incluso fingieron preocupación con torpeza evidente. Pero Mariano apenas registró sus voces. Su atención permanecía clavada en Lucía y en el niño que se aferraba a su cuello. Y fue esa imagen —tan simple, tan punzante— la que lo empujó a avanzar hacia ellos sin pensar en las consecuencias.

—Los llevo a casa —declaró, con una firmeza que lo sorprendió incluso a él.




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