Capítulo 6 – Medianoche en un hogar prestado
Dentro del pequeño departamento, las luces tenues del árbol de Navidad proyectaban destellos tibios que parecían flotar en el aire, como si también contuvieran la historia que estaba por revelarse. Lucas despertó justo cuando, en algún punto lejano de la ciudad, sonaron campanadas que rasgaron el silencio de la medianoche. Ya eran las doce.
—¡Mamá! ¡Es Navidad! —exclamó, saltando desde los brazos de Mariano para abrazarla con fuerza, aferrándose a su cuello con la emoción desbordada— ¡Ya llegó!
Lucía lo sostuvo contra su pecho, cerró los ojos un instante y le besó el cabello con una ternura profunda, cargada de años y de promesas silenciosas.
—Feliz Navidad, mi amor —susurró primero, separándose apenas para mirarlo a los ojos—Y feliz cumpleaños… ya tienes cinco años.
Los ojos de Lucas se abrieron aún más, como si esa segunda revelación multiplicara la magia de la noche.
—¡Es verdad! —habló, incrédulo, levantando una mano y extendiendo todos los dedos con orgullo—Ya cinco.
Entonces, sin pensarlo, Lucas volvió a rodear también el cuello de Mariano, incluyéndolo en ese pequeño universo que no entendía de dudas ni de temores.
—¡Feliz Navidad, amigo nuevo!
Mariano sintió un pinchazo dulce, inesperado, como si algo en su interior se abriera por primera vez en años.
Mientras el niño, lleno de entusiasmo, corría hacia el arbolito para buscar sus regalos, el departamento se llenó de pequeños ruidos: papel crujiente, pasos apresurados, risas contenidas. Y sin embargo, para Mariano, todo ese entorno se desdibujó. La distracción de Lucas era justo la oportunidad que había esperado desde que las puertas del ascensor se abrieron.
Lucía permanecía cerca de la mesa, intentando mantener una serenidad que no sentía. Sus manos tensas, su respiración irregular, la forma en que evitaba mirarlo directamente… todo revelaba que ella sabía. Que había sabido desde el primer instante que él la había mirado fijamente en el edificio.
Mariano se acercó despacio, sintiendo que cada paso estrechaba un pasillo invisible entre ellos. Tragó el temblor que le subía por la garganta. El corazón le latía como si pudiera romperle el pecho.
—Necesito preguntarte algo —murmuró, casi en un ruego—… y te pido, por favor, que seas sincera.
Lucía levantó la mirada. La sombra del árbol se reflejó en sus ojos, volviéndolos más oscuros, más cautelosos. Y en ese gesto —apenas un parpadeo, un leve retroceso— Mariano entendió que ella ya había anticipado la pregunta.
—Ese niño… —continuó él, con la voz quebrándosele apenas— ¿es mi hijo?
El tiempo pareció detenerse.
Las luces del árbol dejaron de parpadear.
El aire se volvió denso, expectante.
Y el silencio entre ambos, más que una respuesta, era un presagio.
—Mariano… yo… —balbuceó Lucía, atrapada entre el miedo y la necesidad de decir la verdad.
—Por favor… —pidió él, con una súplica que no era exigencia, sino vulnerabilidad pura.
Lucía bajó la mirada, como si le costara sostener el peso de los últimos cinco años. Cerró los ojos un instante, reunió fuerzas, y finalmente asintió.
—Sí… lo es.
Mariano inhaló profundamente, como un hombre que había vivido demasiado tiempo bajo el agua y al fin alcanzaba la superficie. La emoción le nubló los ojos, pero en aquella humedad no había rastro de ira ni reproches. Era otra cosa: un reconocimiento, un impacto, un amor que brotaba sin pedir permiso.
Sin pensar, sin medir, impulsado por algo más grande que él, se acercó a Lucas. El niño estaba sentado en el suelo, luchando con el papel de regalo que se resistía a romperse. Mariano se arrodilló a su lado, sintiendo que ese gesto lo fundaba, lo colocaba por primera vez en el lugar que le correspondía sin haberlo sabido nunca.
—Lucas… —dijo, y la voz se le quebró como una rama al viento—. Feliz Navidad… y Feliz cumpleaños, hijo.
El niño levantó la cabeza, sorprendido. Lo miró, luego miró a su mamá, y aunque no entendió del todo, sonrió con la naturalidad absoluta de quien reconoce el cariño cuando lo ve. Había algo cálido y grande flotando en el aire, algo que no necesitaba explicación para sentirse real.
Lucía observó la escena desde unos pasos atrás. Las lágrimas le corrían sin hacer ruido, como si temiera interrumpir ese instante frágil y poderoso. En aquella noche donde todo podría haberse derrumbado —entre puertas que se atascaron, verdades que golpearon y un destino que regresó sin avisar— algo nuevo se estaba levantando.
Una familia.
Un principio inesperado.
Una Navidad que cambiaría todo.
Las preguntas, las razones y las conversaciones difíciles vendrían después.
Pero esa noche… esa noche era para abrazar lo que acababa de nacer.