Capítulo 7 – La conversación que lo altera todo
La madrugada avanzaba despacio, como si el tiempo también estuviera fatigado por todo lo que había ocurrido. En el pequeño departamento, los restos de papel de regalo yacían todavía esparcidos cerca del arbolito, iluminados por sus luces tenues que insistían en parpadear cada cierto tiempo, recordando que la Navidad seguía allí, suspendida entre inocencia y desvelo. Lucas, exhausto por la emoción, había caído dormido en el sillón, aferrando un muñeco nuevo contra su pecho. Su respiración tranquila llenaba la habitación con un ritmo pequeño, cálido, que contrastaba con la tensión que comenzaba a espesarse en el aire.
Mariano permaneció de pie unos segundos, observándolo dormir, sintiendo una ternura que le tensó la garganta. Luego alzó lentamente la mirada hacia Lucía. Ella estaba junto a la mesa, entre las sombras azuladas del árbol, con los brazos cruzados y la postura enredada entre cansancio y defensa. Sabía que el momento se acercaba; que el silencio, por más largo que fuera, no podría contener lo inevitable.
—Tenemos que hablar —dijo él por fin, en voz baja, procurando no despertar al niño.
Lucía cerró los ojos un instante, como quien se prepara para recibir un golpe. Asintió, sin mirarlo directamente, y caminaron juntos hacia la cocina, donde la escasa luz dibujaba un refugio que no resultaba menos tenso.
Mariano apoyó las manos sobre la mesada. Respiró hondo. Era difícil saber por dónde comenzar.
—Quiero entender por qué nunca me dijiste la verdad —susurró, sin dureza, pero con una necesidad que pesaba más que cualquier reclamo.
Lucía tragó y su mandíbula se endureció apenas.
—Porque no podía —respondió, como si esa fuera la explicación más obvia del mundo.
—¿No podías… o no querías? —preguntó él, incapaz de ocultar la mezcla de herida y desconcierto.
—¿De verdad vas a hacer esto? —susurró ella, cruzando los brazos con más fuerza—. Mariano, hace cinco años nuestras vidas eran completamente distintas. Yo solo era la secretaria del señor Villalba, tu padre. Y tú… tú estabas comprometido con Erica. ¿Quieres que recuerde eso? ¿Quieres que recordemos qué fue realmente lo que pasó entre nosotros?
Mariano sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Lo recuerdo —dijo, con un tono que la obligó a mirarlo—. Pero no como tú crees.
Lucía frunció el ceño, desconfiada.
—No sé qué fue para ti —continuó él, y cada palabra parecía arrancarle algo— Pero para mí no fue un momento aislado, un error, o algo que solo ocurrió porque quedamos atrapados en un ascensor. Yo… —Respiró hondo, como si temiera revelar demasiado—. Yo ya quería besarte desde antes. Y esa noche... pasó mucho más de lo que imaginaba que podía pasar.
Lucía parpadeó, sorprendida por la firmeza suave de su voz.
—Mariano…
—Apenas iba a tomar posición en la empresa, ¿recuerdas? Mi padre ya estaba por retirarse, y yo tenía todo ese peso encima. Pero cuando te conocí... contigo tenía una conexión distinta. Yo no podía dejar de mirarte… y no solo por cómo trabajabas. Me gustaba verte reír, concentrarte, caminar por los pasillos como si tuvieras luz propia. Mi padre decía que no debía confiar en nadie del personal, excepto en ti. Y yo sentía que había algo entre nosotros. Algo real.
Lucía bajó la mirada, molesta, dolida, incrédula.
—Te estás olvidando de Erica en toda esa historia.
—No, no me olvido —respondió él—. De hecho, el día después de quedarnos encerrados en el ascensor, hablé con ella y rompí el compromiso. Porque me di cuenta de que lo que sentía por ti era real. Que quería algo contigo.
Lucía se quedó completamente quieta. Sin respirar. Sin parpadear.
—Eso no puede ser cierto…
—Lo es. —Mariano tragó—Pero no me diste tiempo de decírtelo —añadió él, con la voz quebrada por un reproche que no buscaba herir, sino comprender—Cerraste todas las puertas antes de que yo pudiera abrir una. Dejaste de hablarme sin una explicación. Y cuando finalmente mi padre me dejó a cargo, tú decidiste renunciar.
Lucía sintió una punzada que la obligó a mirar hacia la ventana, como si necesitara un refugio que él no podía darle.
—Ya es tarde para lamentarse… —susurró.
—No lo creo —replicó él, con una intensidad que no había mostrado en toda la noche.—Y creo que al menos merezco una explicación.
Ella tardó en responder. Cuando finalmente lo hizo, su voz era un hilo débil.
—Lo que pasó entre nosotros... en ese ascensor... Fue una locura. Para mi fue muy dificil regresar a trabajar al dia siguiente y poder ver a mi jefe, bueno, a tu padre, a la cara. —Un rubor asomó en su rostro de solo recordar—Se suponía que yo era una persona leal, honesta. Él confiaba mucho en mí y lo que hice... lo que hicimos nosotros... Me hizo sentir como si le hubiese fallado. Y cuando descubrí que estaba embarazada. Tuve miedo, Mariano. Miedo de ti, de tu familia, de las habladurías, de perder mi trabajo.—Suspiró para ordenar sus recuerdos antes de continuar— Tu padre lo supo… escuchó una conversacion sin querer y se enteró del embarazo y que quería irme. —sus lagrimas comenzaron a brotar—¿Y sabes qué fue peor? Que él me apoyó, quería que me quedara trabajando contigo pero yo no podía y nunca le dije que tú eras el padre. Sentí que no debía.
Mariano se quedó mudo. Una mezcla de incredulidad y rabia contenida le nubló los ojos.
—Mi padre lo sabía… —murmuró, como si las palabras no encajaran en su boca—. ¿Él sabía que estabas embarazada? Y yo no.
Lucía no respondió. Su silencio fue la confirmación.
Mariano apoyó una mano en su rostro, frustrado.
—No tenías derecho, Lucía… —Su voz era baja, temblorosa—Yo te hubiera aceptado. A ti y a Lucas. ¿No lo entiendes?
—No, eso dices ahora, pero —susurró ella, con la garganta cerrada—Ibas a casarte con ella. Tu padre estaba feliz con ese compromiso, decía que finalmente ibas a sentar cabeza, Mariano. Y yo... Si las cosas pasaron de ese modo fue por algo.