Capítulo 8 – Temores que despiertan
El 26 de diciembre amaneció con una claridad fría, casi impertinente, como si el cielo no tuviera la menor consideración por la desvelada ansiedad que Lucía cargaba desde la noche anterior. Su regreso al trabajo se sentía como un acto inevitable, una condena silenciosa que debía cumplirse sin protestas. Caminó por el pasillo de la empresa con los hombros tensos, las manos aferradas al bolso y el corazón latiendo con un ritmo demasiado rápido para alguien que solo venía a cumplir su turno. Cada paso resonaba dentro de ella como un presagio: Mariano ya sabía la verdad.
No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Lucas, feliz, confiado, sosteniendo la paleta con sus dedos pequeños. Y detrás de él, como una sombra que se volvía forma, los ojos de Mariano descubriendo en esos gestos un parecido imposible de negar.
Berta fue la primera en aparecer, casi como un refugio improvisado. Estaba acomodando unos archivadores cerca del área de recursos humanos cuando levantó la cabeza y la vio acercarse. Sus ojos se abrieron con una mezcla de alivio y preocupación.
—¡Lucía! —exclamó en voz baja, apresurándose hacia ella—. ¿Estás bien? Me tenías con el alma en la garganta desde el veinticuatro. Supe lo del ascensor… ¿cómo está Lucas?
La calidez de la amiga casi rompió lo que a Lucía le quedaba de compostura. Respiró hondo, como si necesitara sostenerse en ese aire para no hundirse.
—Está bien… —susurró, pero su voz era un temblor—. Está bien, gracias a Dios.
Berta la tomó del brazo y la llevó a una pequeña sala de descanso donde casi nadie entraba a esa hora. Cerró la puerta con cuidado, como si presintiera que la conversación debía quedar atrapada entre esas paredes.
—Lucía —dijo, acercándose con cautela—. Te veo pálida. ¿Qué pasó? ¿Qué ocurrió realmente ahí dentro?
Lucía bajó la mirada. Sus manos se entrelazaron con fuerza, como si quisiera sujetar la verdad antes de que se escapara de sus labios.
—Berta… él lo sabe.
La amiga parpadeó, confundida.
—¿Quién sabe qué?
Lucía levantó la vista, y sus ojos se llenaron de una angustia que hablaba por ella.
—Mariano. sabe que Lucas es su hijo.
El silencio cayó como un peso. Berta abrió los labios, pero ninguna palabra salió. No porque no entendiera, sino porque comprendía demasiado. Por años, había sido su confidente más fiel, la única que había guardado el secreto de aquel embarazo inesperado y de la renuncia abrupta. La única que había visto de cerca el esfuerzo solitario de Lucía por criar a su hijo.
—¿Cómo…? —logró decir al fin, con un hilo de voz—. ¿Él te lo preguntó? ¿Te enfrentó?
—Sí —murmuró Lucía, llevándose una mano al pecho, como si le doliera respirar—. Él lo dedujo. Al parecer hablaron. Y cuando Mariano lo vio… —Esbozó una sonrisa trémula, incapaz de sostenerla—. Fue como si lo reconociera sin que nadie le dijera nada.
Berta se cubrió la boca con ambas manos, entre horrorizada y conmovida.
—Dios mío… ¿y qué va a hacer ahora? ¿Qué hiciste tú?
Lucía negó con la cabeza, sintiendo el grito mudo que la habitaba desde esa tarde de Navidad.
—No sé qué hacer. No sé qué esperar de él. Conozco a Mariano… sé cómo puede reaccionar… —Sus ojos se nublaron—. Temo lo que sea capaz de hacer. Temo que quiera quitármelo. Que intente… algo.
La sola idea la dejó sin aliento, con un nudo que parecía ahogar cada palabra.
Berta se acercó y tomó sus manos, con esa firmeza cálida que siempre había sido su ancla.
—Lucía, escucha. Mariano podrá ser estricto, distante, incluso frío… pero nunca te haría daño. Y mucho menos le haría daño a Lucas. No lo creo capaz.
Lucía cerró los ojos, dejando que ese consuelo la atravesara apenas, sin lograr asentarse por completo.
—Yo… —susurró—. No quiero perder a mi hijo. No quiero que nadie nos separe.
—Nadie va a separarlos —aseguró Berta, apretándole las manos—. Pero no puedes huir de esto. No esta vez. Él ya lo sabe. Y tú no puedes seguir cargando sola con algo tan enorme. Deja que te explique, que hable, que se acerque. No todo tiene que ser una batalla.
Lucía respiró con dificultad, tratando de ordenar el torbellino de sentimientos: miedo, culpa, cansancio, un cariño que había intentado enterrar durante años… y ese gesto de Lucas, hablando de Mariano como si ya fuera parte de su pequeño mundo.
—No sé si puedo —admitió, con el temblor de quien se ha sostenido demasiado tiempo sola—. No sé si soy capaz de dejarlo entrar. Ni siquiera sé si él lo quiere por mí… o solo por el niño.
—Quizá lo averigües pronto —respondió Berta con suavidad—. Y quizá… solo quizá… no sea tan terrible como imaginabas.
Fuera, en ese mismo instante, el ascensor se abría con un sonido metálico. Y Mariano Villalba avanzaba por el pasillo con una determinación que nadie en la empresa le había visto nunca, como si cada paso lo dirigiera hacia una verdad que llevaba demasiado tiempo esperando.
No hubo tiempo para que Lucía recuperara el aliento ni para que Berta terminara de consolarla. Apenas salieron de la pequeña sala, un silencio extraño se apoderó del pasillo, un silencio que precedía algo inevitable. Lucía lo sintió antes de verlo: una presión en el pecho, una punzada de presentimiento que la obligó a detenerse.
Entonces, Mariano apareció en la esquina.
No caminaba: avanzaba con la calma firme de quien ya tomó una decisión y teme que cualquier titubeo le haga perderla. Su mirada encontró la de Lucía con una precisión que la dejó inmóvil, como si él hubiera estado siguiéndola con una brújula invisible desde su oficina.
Berta retrocedió un paso, casi instintivamente, y Lucía sintió que el mundo se volvía demasiado pequeño para escapar.
—Lucía —dijo Mariano, con la voz grave, limpia, sin rastros del hombre distante que solía ser—. Necesito hablar contigo.