Papá a medianoche

Capítulo 9

Capítulo 9 – El reencuentro que ningún corazón esperaba

El reloj del pasillo marcaba las once y media cuando Lucía sintió que el aire cambiaba. Un murmullo, pasos pequeños, la voz educada de alguien que saludaba a los empleados de recepción. Se asomó apenas desde su escritorio, con la sensación de que el corazón se le había subido a la garganta. Y entonces lo vio.

Lucas avanzaba de la mano de su niñera, con la mochila azul rebotando contra su espalda y una sonrisa tan amplia que parecía iluminar el pasillo entero. Estaba tan contento de verla que corrió los últimos metros, ignorando por completo el entorno elegante y silencioso de la empresa.

—¡Mamá! —exclamó, abrazándola con los brazos cortos y cálidos.

Lucía lo sostuvo con fuerza, como si ese pequeño cuerpo fuera su único refugio. Sobre la cabeza del niño, vio a la niñera detenerse, cruzándose las manos con una inquietud que ya anunciaba preguntas.

—Disculpe, señora… —comenzó la mujer—. No estaba previsto traerlo. Me sorprendió cuando me llamó. Pensé que… bueno, que se había organizado algo distinto.

Lucía sintió el pinchazo de la culpa. Había inventado una excusa torpe para justificar la urgencia: que Lucas insistía en verla, que ella misma lo necesitaba, que no pasaba nada. Una mentira más en la torre que llevaba años sosteniendo.

—Lo siento, Emma, de verdad —susurró—. Fue un día complicado y… quería tenerlo cerca. Pero puedes irte, yo me encargaré.

La niñera asintió, aunque su expresión seguía siendo de duda. Se inclinó para despedirse de Lucas, quien apenas le dedicó atención porque ya estaba aferrado a la mano de su madre, ansioso por quedarse con ella.

Lucía lo miró un instante: la alegría espontánea, la confianza absoluta, ese mundo pequeño que él creía seguro. Y luego sintió el peso invisible de la presencia que se aproximaba por el pasillo.

Mariano apareció desde la esquina, con su paso firme y una expresión que trataba de disimular, sin éxito, la emoción que lo atravesaba. No fue una sonrisa amplia, no fue un gesto exagerado; fue apenas un destello en los ojos, un alivio que parecía romperle la estructura severa del rostro. Como si ver a Lucas le hubiera devuelto algo que llevaba media vida perdido.

—Hola, campeón —dijo, inclinándose ligeramente hacia el niño.

Lucas levantó la vista, curioso, sin miedo, como si la voz de aquel hombre tuviera algo que le resultaba familiar sin saber por qué.

—Hola, amigo nuevo —respondió con timidez.

Mariano le tendió la mano, pero no para estrecharla; fue un gesto instintivo, casi paternal, como quien ofrece cercanía sin invadir. Lucas la aceptó sin pensarlo demasiado.

—¿Qué te parece si vamos a la cafetería? —propuso Mariano—. Hace frío, y acá preparan un chocolate caliente que es una maravilla.

Los ojos de Lucas brillaron con entusiasmo inmediato.

—¿Puedo, mamá?

Lucía tragó saliva. Necesitó un segundo para recuperar la voz, otro para controlar el temblor que amenazaba con delatarla.

—Si quieres… sí.

Mariano asintió, agradecido, casi con un respeto que parecía contradictorio con la firmeza que había mostrado el día anterior. Como si parte de él también estuviera midiendo cada paso para no asustar ni al niño ni a su madre.

—Volvemos en un rato —dijo.

Y juntos, uno caminando con pasos seguros y el otro saltando con energía, se alejaron por el corredor. Lucía los observó avanzar, sintiendo cómo cada metro que se alejaban era también un recordatorio de lo vulnerable que estaba su mundo.

Apenas quedaron fuera de vista, Berta se acercó desde el escritorio contiguo. Había observado la escena con atención, pero sin intervenir.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Lucía apenas pudo asentir. Tenía los dedos fríos y las rodillas temblorosas.

—No quiero que… lo ilusione —admitió finalmente, con la voz quebrada—. Y tampoco quiero que Lucas sepa que tiene un papá si luego él… si él no sabe lo que quiere hacer con todo esto.

Berta la rodeó con un abrazo corto, discreto, como quien se permite una muestra de afecto en medio de un territorio que no pertenece a ninguna de las dos.

—Respira. No estás sola —murmuró—. Y pase lo que pase, vamos a pensar juntas qué hacer. Pero no te castigues por tener miedo. Es natural. Estás protegiendo lo que más amas.

Lucía cerró los ojos un instante. Afuera, en la cafetería, Mariano y Lucas probablemente estaban sentados frente a un chocolate caliente. Y aunque parte de ella quería correr a buscarlos, otra parte sentía que la vida estaba a punto de girar en una dirección que ni siquiera se atrevía a imaginar.

(...)

La cafetería de la empresa estaba casi vacía a esa hora. Un aroma a cacao recién batido y pan dulce tibio envolvía el ambiente, apagando un poco el murmullo de las impresoras y los teléfonos del edificio. Mariano eligió una mesa junto al ventanal, donde el sol de diciembre caía con suavidad, como si también quisiera observar la escena.

Lucas trepó a la silla con la energía de un cachorrito, acomodó su mochila en el respaldo y apoyó los codos en la mesa, expectante.

—¿Vas a tomar chocolate conmigo? —preguntó, moviendo las piernas bajo la mesa.

—Claro —respondió Mariano, sin poder evitar una sonrisa—. Aunque el tuyo seguramente estará más rico.

El niño rió con esa carcajada corta y espontánea que parecía brotarle desde el alma. Fue entonces cuando Mariano sacó del bolsillo interior de su saco una pequeña caja negra, con un moño dorado tan perfecto que parecía recién hecho.

Lucas abrió los ojos como si hubiera visto un tesoro.

—¿Eso es para mí?

—Sí —respondió Mariano—. Es un regalo de cumpleaños atrasado. No pude dártelo antes.

Lucas tomó la caja con ambas manos, casi con reverencia. Cuando la abrió, apareció un pequeño auto de colección: un modelo metálico, de diseño clásico, rojo profundo, con detalles pulidos y un brillo sin igual.




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