Capítulo 10 – El peso de una decisión silenciosa
La mañana del 29 de diciembre amaneció fresca, con ese aire suspendido entre lo festivo y lo cotidiano que suele quedar después de Navidad. En la empresa, sin embargo, el movimiento era distinto: cada vez que Lucas aparecía, el edificio parecía iluminarse un poco más. Los empleados lo saludaban en los pasillos, algunos le ofrecían caramelos, y otros simplemente se derretían ante su curiosidad ingenua y su sonrisa fácil.
Aquella mañana, Mariano lo había invitado a pasar un rato a su oficina mientras Lucía terminaba algunos pendientes. Lucas caminaba fascinado entre los estantes, rozando con los dedos los lomos de los libros, mirando maquetas, observando cuadros, como si todo fuera parte de un museo secreto que solo él podía explorar.
—¿Y esto qué es? —preguntó señalando un portaminas plateado.
—Una herramienta especial —respondió Mariano, con una mezcla de orgullo y paciencia—. La uso para tomar notas rápidas… aunque, si te soy sincero, a veces solo lo giro entre los dedos porque me ayuda a pensar.
Lucas intentó imitarlo, girándolo torpemente, casi dejándolo caer. Ambos rieron.
—¿Y trabajas mucho? —preguntó el niño, arrugando la nariz mientras se subía a la silla de cuero que quedaba enorme para su tamaño.
—Demasiado —admitió Mariano—. Pero no todo es tan aburrido como parece. Mira esto.
En la pantalla, le mostró gráficos, planos, pequeños diseños. Lucas observaba con una seriedad exagerada, como si estuviera descubriendo el secreto del universo.
—Parece una montaña rusa —dijo finalmente, señalando una curva ascendente en uno de los proyectos.
—A veces se siente así —respondió Mariano con una sonrisa.
En ese momento, el teléfono fijo vibró con un timbre agudo que quebró la calma. Mariano lo atendió, escuchó unos segundos y asintió con la sobriedad de quien está acostumbrado a decidir rápido.
—Debo ir a una reunión —le explicó a Lucas, dejando el lápiz sobre el escritorio.
—¿Puedo ir contigo?
—No puedo llevarte a menos que tu mamá esté de acuerdo. ¿Quieres avisarle?
Lucas se deslizó de la silla con una rapidez eléctrica.
—¡Sí! ¡Voy corriendo!
Salió disparado por el pasillo, dobló hacia la zona administrativa y llegó hasta la oficina de Lucía. Tocó pero no obtuvo respuesta. Volvió a tocar, abrió apenas la puerta… no había nadie. La computadora estaba apagada. El bolso, ausente. El corazón se le apretó un poquito, no por angustia, sino por ese miedo infantil a haber fallado en una misión que él mismo se había impuesto.
Miró hacia ambos lados del pasillo. Pero no había nadie. Entonces se dijo:
—Solo voy a ir un ratito —murmuró para sí, como si necesitara convencerse.
Luego respiró profundo, apretó los puños y regresó a toda velocidad. Entró a la oficina de Mariano con la misma determinación de quien vuelve con una noticia urgente.
—¡Ya le avisé! —dijo con una sonrisa enorme—. Mi mamá dijo que sí. Que puedo ir.
Mariano no sospechó nada. Su mirada estaba llena de una confianza tan limpia que Lucas sintió una puntada de culpa… y otra de emoción, porque ese hombre siempre lo miraba como si fuera importante.
—Entonces ven conmigo —dijo Mariano, acomodándose el saco—. No tardaremos mucho.
Lucas se colgó de su mano sin pensarlo, como si eso fuera lo más natural del mundo.
Y así, sin saberlo, dos pasos pequeños y unos más largos comenzaron a caminar hacia un pequeño desastre… y hacia un lazo que ya nadie podría desatar.
(...)
El ascensor se abrió con un susurro metálico, su reparación había sido exitosa.
Antes de que Mariano pudiera acomodar su corbata, Lucas ya estaba trepando por su espalda, asegurando sus pequeños brazos alrededor de su cuello con la confianza absoluta de quien no teme caer. Mariano lo sostuvo por las piernas, subiéndolo a caballito con una naturalidad que sorprendió incluso a él mismo. Algo en ese gesto, tan simple y tan tierno, le aflojaba el alma.
Un piso arriba, avanzaron por el pasillo del piso ejecutivo mientras varias cabezas se giraban para observarlos. Asistentes, directores y gerentes —acostumbrados a ver a Mariano Villalba con expresión templada, pasos medidos y la elegancia fría de los líderes— se quedaron petrificados ante aquella imagen imposible: el CEO cargando a un niño que reía cada vez que él daba un pequeño brinco para hacerlo sentir «más alto».
—¿Estás listo para esta reunión, Lucas? —preguntó Mariano en voz baja, inclinando apenas la cabeza hacia él.
—¡Listísimo! —respondió el niño, inflando el pecho—. Pero… ¿qué es una “reunión”?
Mariano sonrió.
—Una junta donde adultos hablan de cosas muy aburridas.
Lucas se rió tan fuerte que algunos empleados, al escucharlo, casi se atragantaron con su propio desconcierto.
Cuando entraron a la sala principal, una mesa ovalada de cristal ocupaba el centro y los directivos se alistaban para comenzar. El murmullo se apagó de inmediato. El silencio cayó pesado, como si todos contuvieran el aire para no parecer demasiado sorprendidos.
—Buenos días —saludó Mariano con la autoridad habitual… aunque la imagen se rompió un poco cuando Lucas, desde arriba, saludó también.
—¡Hola a todos!
Varios parpadearon sin saber qué hacer.
Mariano caminó hacia su asiento, pero no dejó a Lucas en el suelo; al contrario, lo sostuvo con firmeza en su regazo, permitiéndole ver cada gráfico, cada documento y cada gesto que se intercambiaba alrededor de la mesa. El niño apoyó la barbilla en la madera y observó con atención genuina, como si estuviera presenciando un espectáculo fascinante.
—¿Y todos estos trabajan contigo? —susurró Lucas, sin entender qué tan audible era su voz en una sala silenciosa.
—Así es —respondió Mariano, igual de bajo.
—¿Y tú eres el jefe de todos? —preguntó el niño, admirado.