Natalia
Desde que había terminado mi relación, todo se sentía más vivo. Los colores eran más intensos, el aire era menos tenso, la gente era más tolerable y, sobre todo, mi trabajo era más llevadero.
Esta ruptura no era como las mil veces anteriores, cuando deseaba morir de inanición antes de que él se alejara de mí. Esta vez era real y por lo mismo, la pesadilla de su presencia cobraba vida cada vez que su número aparecía en la pantalla de mi celular al llamarme, o los montones de mensajes de su mamá deseando el fin de mis días tan pronto como fuese posible. Normalmente apagaba el celular, el impedimento actual era de la dueña de mi sufrimiento laboral, quien como si la hubiera invocado, reemplazó el número de Camilo por su nombre, estaba llamándome. Recordé entonces mi viaje al matadero. Miré por la ventana y me apuré a bajarme del Mío; me quedé una cuadra después de mi camino.
Mandé un mensaje para avisarle que ya estaba cerca, evitando decirle que me distraje y que iba a empezar a correr en tacones al juicio final. Ella no era de las que le daría lástima por mi sufrimiento, ni me pagaría extra, pues lo llamaría una extensión de mis labores y, para completar, diría que es para que mi carácter y mi fortaleza mental se hagan más fuertes. Tal vez, solo si ella no quería, me daría las entradas para asistir a algún concierto, usualmente de un artista poco conocido. Viéndolo así, Alicia Soler era un diablo que hacía mi trabajo tan estresante como fuera posible. Pero que fuera su mandadera era lo que me sostenía.
Yo era la secretaria de la sección de gastronomía de Mírame Cali. Alicia era la editora en jefe y Sheila la editora asistente; sin embargo, Alicia había decidido que sus labores eran demasiado y necesitaba una mano extra o acabaría sin poder mover medio rostro. De modo que todo el trabajo insoportable me lo dejaba, aparte del debido, como ajustar su agenda, atender correos, clasificación de documentos y demás. En ese momento, estaba cumpliendo una de esas tareas que me sacaban canas, y no porque fueran algo del otro mundo, sino por lo inesperadas que eran y el corto tiempo que me daba para cumplirlas.
Por la temática del mes anterior, los periodistas habían sido encargados de crear una lista de reseñas sobre catorce restaurantes, conocidos o no, de la ciudad. Alicia también se encargó de uno, Rozando el Cielo. Había ido a comer con unas amigas y le encantó tanto que lo incluyó en la lista, ocasionando que su fama creciera de golpe y que ella desease hacerle una exclusiva para la edición del mes. Esteban Charry era el dueño del lugar y a quien yo debía entrevistar en reemplazo de mi jefa. Ella, debido a una úlcera que la estaba haciendo sufrir, a causa de uno de sus experimentos para adelgazar rápidamente, me había llamado a las seis de la mañana para avisarme que debía cubrir su entrevista. No la culpaba del todo; sabía cuán frustrante es no estar dentro de los estándares. No obstante, debió haber llamado a alguno de los otros integrantes del equipo, quienes estaban más capacitados que yo, pero que también cobrarían por el servicio extra. No como yo.
Me limitaría a tomar nota de lo que dijera el chef dueño del restaurante y a grabar la conversación, organizaría todo pulcramente y se lo enviaría a Alicia, tal como había hecho en una ocasión anterior. Lo curioso en todo el asunto se centraba en la familiaridad del nombre del entrevistado. Me costaba admitir que sería difícil verlo cara a cara; me provocaba agrieras. En cuanto supe que no iría como asistente de Alicia, quise vomitar.
Doña Nubia, la señora del aseo, fue con quien me desahogué sobre la posibilidad de conocer de antes a Esteban Charry, mientras almorzaba con ella una semana antes.
—Nada tiene que perder, mija. Eso es echar pa’lante porque pa’ atrás asustan —fue su advertencia. —Y quién quita que le den reconocimiento en esta vez, cuando aparezca su nombre le dan una parte ahí pa’ que escriba.
—Pero es que usted no entiende, ¿y si…?
—Ay, mamita. Uno por un hombre jamás debe sentirse amedrentado, puede que no todos sean iguales, pero ellos tienen defectos. Vea al papá de mi hijo, trabajaba y llevaba lo de comer a la casa y un día alistó chiros y se fue pal llano y nunca volvió. ¿Qué me tocó? Reventar sola para el muchachito. ¿Y para qué? Pa que ahora sea un vago en esa universidad, dizque ya casi termina lleva diciendo hace como cinco años.
Aunque no me llenó mucho de aliento, hizo lo suficiente para poner en calma mis nervios y pensar que era más que posible que no fuera él a quien volvería a ver.
Cuando me detuve a respirar, lo hice en la esquina equivocada; en esta había una panadería y pastelería, de la cual salía un olor exquisito a pan recién sacado del horno y daba como invitación a entrar la hermosa vista de postres cuidadosamente decorados, exhibidos en la vitrina. El estómago me gruñó y yo tuve que morder mi labio para detener la idea de desayunar. El día había empezado desastroso: tuve que echarle agua al tarro del champú para poder lavarme el pelo y la cuchilla de afeitar me hizo un corte en la pierna.
—Dios mío, por favor, ya no quiero ser tu mejor guerrera —susurré al parar frente al edificio del restaurante.
Constaba de cuatro pisos y de la terraza, sin ascensor. Precisamente era en la terraza a donde tenía que subir. De nada había servido bañarme y aplicarme perfume; estaba sudando como un mocho con cada escalón que subía. En el tercer piso inhalé y exhalé hondo, a la vez que secaba el sudor de mi cuello con una toallita que saqué del bolso. Estaba sedienta, pero la botella de agua que había previsto para la ocasión la había olvidado en casa. Hice una pausa. Por muy bajo rango que tuviera, no iba a llegar asfixiada ni me diera un soponcio en frente del entrevistado. Jamás. Mucho menos con el maquillaje corrido.
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Editado: 04.02.2026