Para el amor te doy mi corazón

2. Segundas impresiones.

Esteban

Nunca antes había creído en nada supersticioso; lo máximo era creer en Dios y no pertenecía a ninguna iglesia. Lo raro es que estaba pensando en cómo el karma me la jugaba o al conversar con ella. Creo que empezó a jugar desde que vi la foto que me mandó Alicia, cuando la reconocí instantáneamente y no tuve duda alguna de su nombre. Se había cortado el pelo, sí, y era un poco más morena y vestía mejor, pero sabía que esos ojos media luna, esos pómulos definidos, esa nariz recta y ese lunar en el párpado solo pertenecían a una persona en todo el mundo.

Su cambio no solo era de imagen sino también profesional. Natalia soportó mi comportamiento infantil, con frases que hacían alusión al pasado mayormente. Mantuvo su cara de puño, digna de enmarcar, e hizo oídos sordos a todas las provocaciones que le hacía, me trató con cierto respeto a mi posición, casi como si yo fuera superior. Atribuía que eran los gajes del oficio y el hecho de que toda la entrevista fue grabada. Pero algo que no pudo controlar fue su mirada helada, de pez muerto y sangre fría, tal cual como quien mira a un ser inferior, o incluso sin importancia. Había sido así desde que nos encontramos en el pasillo, para darme las gracias por un vaso de agua que le ofrecí y me dio las gracias. Hubo un momento en que su expresión fue distinta; miró toda la habitación con nerviosismo y apretó sus labios con fuerza. Tal vez el miedo o la desconfianza la invadió en cuanto le dije que vivía solo y que no había nadie más en el apartamento. Cuando notó que observaba su rostro, parpadeó un par de veces y dijo "sigamos” antes de continuar con las preguntas. Le hablé del restaurante y de su fundación, de mi proceso como chef, de los platos favoritos de la gente, de la calidad de ellos y de mis momentos creativos.

—¿Le parece si acabamos aquí por hoy? —pregunté, ya no sentía el rabo de estar tanto tiempo sentado.

Ella miró la hora en su celular.

—¡Ya es más de mediodía! —Se puso de pie y recogió los papeles que había regado sobre la mesa. —¿Vengo mañana a la hora de hoy?

—¿A las 9 o a las 10?

—Nueve, por favor —dijo, tajante. —Me voy. —Dio la vuelta en dirección a la puerta.

—Siempre ha hecho lo que le da la gana —pensé en voz alta. Mientras la acompañaba a la salida.

Natalia frenó, giró en redondo y levantó la cabeza para verme. Suspiró y sonrió maliciosamente.

—¿De verdad sigue ardido por eso?

—¿Qué…?

—Bueno, —me intrrrumpió. Agarró la manija de la puerta y abrió, —supongo que soy difícil de superar.

La penumbra que llenaba la estancia se disipó con su salida. No guardaba rencores muy a menudo, y sabía de antemano que Natalia no era la responsable de todo lo sucedido; pero, recordaba aquello y el odio efervecía en mis venas. En aquel entonces no toleraba la actitud que ella tenía ante cualquier situación y deseé que dejara de ser tan simplona; cuando dejó de serlo, lo hizo para mal.

Decir que nos conocíamos desde la universidad suena a que fuimos amigos y no fue así. A duras penas cruzamos palabras en un par de ocasiones. Ella era una muchacha sin gracia o estilo estético, no llamaba la atención por donde sea que se le mirara y, sobre todo, hablar con ella era aburrido; no daba su opinión acerca de nada y siempre estaba de acuerdo con todo. Por no hablar de la cereza del pastel, era amiga de la que se dañó mi pasado judicial. En ese entonces, maldije a las dos y deseé que les fuera tan mal que tuviera que reírme de ellas; pero debí hacerle caso a mi tío, quien me dijo que el mal que uno no quiere, no hay que desearlo a los demás.

El día en que Alicia Soler vino a comer a mi restaurante, no imaginé que me daría una oportunidad tan grande de aumentar mis ventas. Al inicio ella se mostró amable y gentil; conforme avanzó el tiempo y sus visitas, me di cuenta de que era una hipócrita que se habría labrado camino en el mundo del periodismo con sus contactos y buena alcurnia. Cuando se casó con el dueño de Mírame, quiso mantener un perfil bajo para no levantar críticas respecto a sus orígenes. Lo reforzó con que, a palabras de ella, su alma estaba en el hogar y en ver crecer apropiadamente a sus hijos. Se echaba viento en los eventos diciendo que era una gran cocinera, así que acabó dirigiendo la sección de gastronomía. No tuve que buscar esa información en internet, pues la misma Alicia se encargó de dármela cuando se presentó conmigo.

En cuanto la corta reseña que escribió dio de qué hablar en redes sociales, a la vez que yo vivía las consecuencias de la fama con el flujo de reservaciones que se incrementó al inicio de mes, Alicia no dudó en organizar la entrevista exclusiva. Hasta la noche anterior, habíamos quedado de vernos en una cafetería en el centro de la ciudad, sin embargo, me llamó muy temprano la mañana siguiente para excusarse porque estaría ausente y que mandaría a su reemplazo. Al enviarme su foto y nombre, me advirtió que vivía algo retirada de nuestro punto de encuentro. No tuve dudas en ningún momento, así que no titubeé al pedirle que nos encontráramos en mi casa. Si iba a ver a Natalia Lozano sola, la haría sufrir un poco.

Supuse que subiría hasta el último piso, de modo que estuve atento desde la puerta de mi apartamento a su llegada. Dudé en si era ella cuando se detuvo a tomar aire en mi piso; no vestía jeans y hoodie, llevaba un pantalón de tela ancho y una blusa chaleco café, complementados con tacones de poca altura. No la detuve para que no fuera hasta la terraza, pues tan pronto como descansó, siguió su paso. Muy en mi interior, sabía que no fui detrás de ella por orgullo. En su lugar, esperé pacientemente a que volviera. Pasados quince minutos, intenté contactar a Alicia, pero fue una misión casi tan fácil como sacar una cita en una EPS subsidiada. Me contestó luego de la décima llamada, cuarenta minutos después.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.