Para el amor te doy mi corazón

3. El castigo

Natalia

La última vez que quise golpear a alguien y llorar al mismo tiempo fue el día en que Selena y yo dejamos de ser amigas, justo un mes antes de dejar la universidad. Desde entonces, había enfrentado regaños laborales injustificados, atención a clientes groseros y situaciones incómodas por plata. Hasta ese miércoles.

Si antes Esteban Charry me provocaba la mayor desconfianza posible, ahora lo detestaba. De la repulsión que me causó aquel día, llegué directo a los baños de Mírame a vomitar el soufflé. Sheila y doña Nubia me dieron agua y un Alka-Seltzer para el malestar estomacal, pero no les conté lo sucedido.

Batallé con la tortura de no ver a Alicia el resto de la semana, ni siquiera el viernes, cuando recogí a sus hijos y los llevé a la casa porque la niñera no podía hacerlo. Ese mismo día, en la noche, respondió con un escueto recibido al correo que le envié con el artículo a medio escribir y la grabación de la entrevista adjuntos. Por supuesto, me había asegurado de editar el audio antes de mandarlo y coloqué una nota en la que pedía que me llamara en cuanto le fuera posible. Si corría el riesgo de que Esteban le contara todo, al menos le daría una explicación a Alicia directamente. Al amanecer el sábado, pude respirar un poquito mejor. Alicia publicó una foto de un evento en Bogotá, de modo que revisaría los correos enviados el lunes.

Mi haraganería del fin de semana se basó en ver videos de las últimas tendencias de la moda y de películas. Tuve que tomar pastillas para el dolor de cabeza a causa de estar tantas horas pegadas a la pantalla. El domingo asistí a la clase de zumba de Marcela en el parque de mi barrio porque el yoga no estaba alineando mis chakras. Sentía una incomodidad indescriptible en todo el cuerpo; me pasaba factura por pensar en las cosas que podrían haber sido diferentes. Leí unos cuantos artículos pendientes y el final del libro digital que había postergado por un tiempo. Ignoré completamente los mensajes de la mamá de Camilo y pude colocar el celular en silencio durante los dos días para descansar. Hice una videollamada con mi familia desde el portátil para que no se preocuparan por mí.

El lunes a la madrugada, encendí de nuevo mi celular. Alicia seguía sin reportarse. Me bañé, vestí y arreglé para enfrentar al diablo, con un pantalón de drill negro y una camisa blanca con mangas anchas. Al llegar al edificio, todo parecía normal, Nubia limpiaba el piso de la recepción, mientras tenía los audífonos puestos, escuchando su matutina Dosis diaria. Alejandra, la recepcionista, venía del baño con su cosmetiquera en mano y, detrás de ella, cerca del ascensor, estaban unos del área de corrección y estilo. Los fotógrafos se encontraban al otro lado, esperando el ascensor que llevaba al sótano, y otro poco de gente pululaba por el lugar, llenos de tranquilidad. Por lo visto, solo en mí había recaído la mala suerte de la semana.

En contra de todas las voces en mi mente, subí las escaleras al tercer piso, tratando de convencerme internamente de que debía aprovechar el ejercicio para entrar en calor, ya que el clima se había tornado lluvioso de repente. La demora no sirvió de nada; escuché mi nombre en un alarido viniendo de la oficina de Alicia. El escalofrío que me recorrió la espina dorsal se sintió como el corrientazo cuando de niña metí las llaves en el enchufe de mi casa. Sheila no me ayudó en nada; vocalizó un “suerte” silencioso al salir del despacho de Alicia; sus ojos brillaron de alegría al verme. Nos turnábamos para soportar la excentricidad y los requerimientos de nuestra jefa.

—Entre rápido, nenita —pidió Alicia desde su silla. Vestía de rojo, muy inusual en ella, con las uñas a juego y los accesorios dorados. Si había algo que celebrar, sería mi despido. —Pero está muy lenta hoy, Natalia. ¿Qué te pasa? ¿Peleó con su novio? Sentate que tengo mil cosas por hacer y me enerva verte ahí parada en la entrada.

—Sí, señora, disculpe —cerré la puerta y me apresuré a ocupar la silla frente a su escritorio.

Quise reírme ante la ironía de que Alicia considerara que tenía un novio. Tenía un ex que era peor. Me contuve, por supuesto; el ambiente no estaba para risas. En lugar de ello, tragué saliva. Alicia seguía organizando unos documentos y moviendo el mouse, dando clic cada que echaba un vistazo a los papeles, sin decir una sola palabra.

—Me enteré de que la entrevista fue algo agitada —comentó de repente, sin levantar la mirada.

Inhalé hondo. Al parecer, él sí era tan infantil como para darle quejas a mi jefa.

—Algo así, pero…

—Esteban tiene razón —alzó su rostro. Sus ojos de gato me lanzaron un hechizo para empezar a suplicar perdón, pero ella continuó. —Era muy personal. Me alegro de que hayas podido manejar la situación; eso dice mucho de vos. Ahora necesito que me firmés esto.

Parpadeé varias veces, incluso clavé mis uñas a un costado de mi pierna derecha. Dolió.

Tardé en recibir lo que ella me entregaba. Era un contrato para autorizar la publicación de mi artículo. Devolví mi mirada hacia Alicia, quien tenía su mano extendida con un lapicero.

—Sin excusas, mi niña. Léelo, fíjate en el pago y demás. En bombas, necesito pasarlo a Recursos Humanos y enviarlo para revisión, fotografía, vos me entendés.

De repente, la habitación se sentía grande y me faltaba el oxígeno. Presté especial atención al pago de nuevo. Me ahogué. ¡Era más de lo que ganaba mensualmente! El doble por cuatro líneas medio organizadas.




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