Para el amor te doy mi corazón

4. La decadencia

Esteban

Beto, el abogado que tenía el consultorio en el cuarto piso, me había aconsejado no botar pólvora en gallinazo. Sin embargo, una breve mirada al perfil de Instagram hizo que él cambiara de opinión y mejor intentara algo con ella.

Le tiré el balón de baloncesto sin pensarlo dos veces. Menos mal que no tenía las gafas puestas y el celular lo había dejado en el bolso, porque no pudo reaccionar para detener el golpe.

—¿Qué le pasa, huevón? —Reclamó, devolviéndome la pelota.

—Póngase serio. Qué voy a andar yo metiéndome con esa vieja toda… fastidiosa que es.

No existía mejor palabra para describir a Natalia; a veces me sorprendía pensando en lo mucho que me hubiese gustado que ella siguiera siendo tan aburrida como antes. ¡Pero solo sacaba las uñas estando conmigo! Su máscara de profesional fría y seria se limitaba a eso: una pantalla. Alicia hizo que lo entreviera en medio de su hipocresía y genuina preocupación por el desempeño de Natalia.

Le hice saber lo poco profesionales que habían sido las preguntas de Natalia, a lo que me pidió disculpas puesto que ella misma había creado el cuestionario de la entrevista y su periodista no tenía nada que ver. Hizo un intento en vano para que olvidara su metida de patas, a cambio de una sesión de fotos en mi restaurante y una propuesta que, según ella, jamás rechazaría. He de admitir que no fui duro de convencer; un poco de promoción gratis no le hace daño a nadie.

Un golpe de lleno me dio en la cara.

—¿Estaba dudando de la fastidiosa? —Beto recuperó el balón e hizo una cesta. —¿Reiniciamos el partido o va a ir a estimularse al baño? —Señaló mi entrepierna.

No bajé la mirada, conocía mi cuerpo a la perfección.

—¿En serio en el baño? —Recibí el lanzamiento que me hizo.

—Uno se puede bañar de una vez —alzó los hombros. —Cero a cero. Podríamos apostar ahora.

—No tiene que ver con plata, olvídese.

—Tres meses y se…

—No.

—Acuestan.

Hice una canasta.

—No creo; voy ganando.

Natalia

Me distraigo mirando a Esteban a lo lejos, hablando con unas comensales en la barra. Ellas hacen que sonría y se le marque el hoyuelo de la mejilla. Me recuerda al día en que lo conocí, al olor de su colonia, a su camisa blanca con los botones superiores abiertos y sus pantalones chinos. A sus labios finos y ojos color miel. Ese día fracasé como amiga y caí por él, igual que lo hizo Sulena. Aunque ella sí se atrevió a dirigirle la palabra y pedir su contacto, tal como estaban haciendo las muchachas en aquel momento.

De pronto, ellas lo dejaron solo y sus ojos fueron directos a los míos. Tomó una servilleta, se la pasó por la comisura de sus labios y me señaló.

—¿Qué miras, amor? —Inquirió Camilo, trayéndome de vuelta a nuestra cita.

De repente, no tenía hambre. Me levanté para ir al baño, lejos de la vaca loca en la que me había metido. Hice como que no escuché el te amo saliendo de los labios de Camilo y corrí en dirección contraria a la barra.

Quise lavarme la cara para despertar de la pesadilla, pero mi maquillaje se habría arruinado. No veía el momento en que llegaran las once para irme; esperaba que fuese sin reproches o llantos de por medio, pues con Camilo, el capado (como le decía cariñosamente Marcela), todo lo malo que pudiese pasar, pasaba.

Habían pasado unas semanas tras la firma del contrato. Durante ese tiempo, a mi correo llegó un paquete de fotos que le habían tomado a Esteban para elegir la que mejor se ajustaba a su aura. No fue una tarea sencilla; Esteban parecía haber nacido para atraer la atención y las tomas eran perfectas: la luz, el enfoque, la pose, el lugar y demás concordaban de maravilla. Ahora que estaba en su restaurante, el escenario de las fotografías, entendía por qué a la gente le gustaba: era un oasis en el desierto. Había una burbuja que aislaba el estrés del tráfico en esa zona, daba vistas a una Cali que te decía, vamos por un cholao y después miramos qué más hacer. La música era una salsa suave que te daba una entrada a lo que ibas a probar. ¡¿Por qué no le quedaba fea la comida?! Dentro de mi boca sentí esa vibra de la salsa que te hace querer bailar aunque no sepas cómo. Esteban lo supo. De nuevo, vio cómo relamí mis labios al probar el filete en salsa de moras y chontaduro, sin el menor disimulo. Las muchachas que pidieron su contacto fueron las que me salvaron de su escrutinio y juzgamiento.

Revisé la hora en mi muñeca y faltaba poco para que dieran las diez. Una hora más y se acababa el show. Inhalé un par de veces y me di palabras de apoyo para salir a ver mi karma sentado en la mesa del centro, esperando con su cara de no romper un plato. Deseaba que él atrajera mujeres como hacía Esteban; así me libraría de él de una vez por todas y no tendría escenitas en el trabajo con ramo de flores y arrodillada incluida. A simple vista, con sus polos y jeans, creerías que él es un hombre independiente, no que vive con la mamá y, encima, no hace berrinche. Pero si quería que no volviera a la oficina, debía resistir esa última hora.

—Voy a pagar la cuenta, ya vengo —di media vuelta para tomar el bolso y abrigo que colgaban de mi silla, pero entonces Camilo se arrodilló y tomó mi mano entre sus manos.




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