Para el amor te doy mi corazón

5. Pactando con el diablo.

Esteban

—Tiene problemas con el ex; mejor no le haga nada —Beto le dio un sorbo al trago de whisky.

Continué haciendo cuentas. ¿A quién le importaba una mujer con un ex problemático?

—Hablamos de… —Era mejor hacerme el desentendido.

—Pero tiene estilo, ¿sabe? También el carácter se lee en la cara cuando toma una decisión.

—Me imagino —concordé. Prácticamente ella me mandaba a la porra cada vez que nos veíamos.

—Pero igual… Ah, ¡sí sabe de quién hablamos! Y se hace la loca que no me entiende.

—Vea, lo último de lo que quiero hablar es de ella. —Cerré la caja y confirmé la cuenta final de la noche. Serví un trago para mí. —Si la ve tan buena, vaya e inténtelo usted, pero a mí no me interesa. ¿No fue que se compartieron números?

—Vos sos lo más insípido que he conocido. ¿Qué te cuesta admitir que tengo razón?

—Mucho. Y no baso mi juicio en cómo se ve, o si no, hace rato habría hecho algo.

—Vení, ¿qué te hizo esa mujer para ponerte así de mal? —Palmeó mi cara.

—¿Para qué quiere saber? —Quité su mano bruscamente. —Averigüe con ella a ver qué le dice. Aproveche ahora que va a ser el abogado ejemplar.

—Que te mantenga informado, dices. No te preocupes, que ese bomboncito quedó en buenas manos —guiñó su ojo.

¿Qué le vería de divertido a la situación? Probablemente estaba escondiendo sus intenciones e intentaba confirmar si yo tenía una relación cercana con Natalia. Mis días de paz acabaron desde aquel partido de baloncesto en el que le conté a Beto sobre ella. Y había desarrollado mis instintos últimamente. Podría pasar el día entero sin recordar su cara, pero entonces veía a Beto subir al consultorio y la voz de Natalia me susurraba al oído, oía el sonido del beso lanzado el primer día de la entrevista, y resonaba en mi mente el repiqueteo de sus tacones sobre la baldosa, alertándome de que en cualquier momento ella volvería a pisar mi edificio. Sin embargo, no lo hizo. En cambio, fui yo el que apareció en su lugar.

Llegué frente a un edificio que gritaba el nombre de Alicia y su esposo. A un lado del ala ancha de un piso que se extendía a la izquierda, había un bloque de cuatro plantas, de ladrillo a la vida decorando el exterior y un balcón en cada uno. No tenía el nombre de la revista en el frente, sino un muro de agua rodeado de un jardín poco ostentoso y amarillo monocromático. El éxito de Mírame era reciente, unos cuantos años a la actualidad, pero había sido lo suficiente para cambiar la imagen de las instalaciones que se caían a pedazos. Tanto que no dejaban ingresar a cualquiera como yo. Le pedí al guardia que me dejase entrar sin avisar, o esa maquiavélica mujer y su mascota escaparían de mí. Sin embargo, su deber consistía en saber a quién le permitía el paso, así que, tras una breve interacción con la secretaria personal de Alicia, pude ingresar.

Me quité las gafas solares al pisar la recepción y me dirigí a la recepción. La recepcionista, quien estaba acomodando su afro con una balaca, se puso en pie en cuanto me vio. Con una sonrisa coqueta me preguntó mi nombre antes de guiarme al ascensor. En otra ocasión, su charla improvisada, de por qué jamás me había visto en la ciudad, y sus piernas largas aceitunadas habrían tenido efecto en mí. Pero entonces el ascensor abrió sus puertas y vi, saliendo de la oficina del fondo, a la pesadilla de mi vida hecha mujer. Tenía los labios pintados de rojo y vestía una falda negra con una blusa beige de tirantes. Perfectamente preparada para un juicio.

Dejé a la bonita morena atrás y caminé a paso firme hacia Natalia. Deseé tener tacones para que ella recordara el sonido de mis pisadas, así como yo el de ella. En cuanto me vio, suspiró, una mezcla de fastidio y súplica a Dios para no repetir una escena.

—La señora Soler no está; si gusta, espere a que la…

—Mejor —la interrumpí—, la necesito a usted.

Su entrecejo se frunció, igual que cuando tomaba nota al entrevistarme.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Yo sabía que dejarla a usted entrar en mi vida otra vez…

—¿Es el señor Charry? —preguntó otra mujer. Esta, en comparación con la anterior, era una bajita blanca de caderas anchas y cabello teñido.

—Sí, es él, Sheila, ¿por qué? —Habló Natalia.

—Alicia dijo que los llevara a la oficina de ella y la esperaran —Sheila nos señaló a ambos.

Compartí una mirada incómoda con Natalia. Ella asintió a las órdenes de la compañera y le dio las gracias. Entramos al cuarto del que había visto salir a Natalia antes. Ella no tomó asiento; se limitó a reclinarse de medio lado contra el escritorio, mientras ojeaba unos papeles que llevaba consigo desde el inicio.

—Definitivamente, el respeto no es para todo el mundo —comentó.

—¿Por qué no me lo dice en la cara mejor? —Alcé el rostro. Ella bajó los documentos y los dejó sobre la mesa.

—¿Cuál es la necesidad de armar un escándalo por yo no sé qué? ¿Piensa que porque es hombre le voy a agachar la cabeza? ¡No! Bájese de esa nube —puso los ojos en blanco.

Solté una risita por lo bajo.

—¿Y cuál es su necesidad de hacerse la desentendida? ¡No, pues! Ahora no va a saber qué fue lo que escribió. ¿Y cómo que ahora es periodista? Usted era de administración.




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