Natalia
Tenía un amarre, un embrujo o una maldición generacional que no me daba tregua. Había tomado forma: alto, de ojos cafés, barba de pocos días, musculatura media, cabello castaño claro, labios finos y lengua de suegra. También tenía un nombre y un apellido, una casa y dinero suficiente para ir entrando, a su antojo, en cualquier lado. Olía a perfume y loción, a veces a talco para bebé y, siempre, tenía pelos amarillos y blancos en su pantalón. Y por cómo me miró, yo también era su crucifijo.
Ninguno de los dos creía lo que salió de la boca de la mujer del mal. Aunque trataba de poner una sonrisa amable, su botox sacaba a relucir su maquiavélico ser y sed de ver el mundo arder. Me había convertido en su nuevo juguete, específicamente una marioneta, que se había dejado impresionar por una cantidad de ceros no antes vistos en mi cuenta. Ni yo misma podía creer el manejo de la situación durante la larga hora de visita de Esteban en la oficina. Había sobrevivido a la jaula de leones de una manera espectacular, solo faltaba huir, igual que los ratones en las caricaturas, para respirar a la vuelta de la esquina. Pero yo quería llorar, llamar a Julián y que me ahorrara una consulta al psicólogo, tal vez a mi papá y a mi mamá para que me dijeran que los obstáculos en el camino son buenos para adquirir carácter; después de eso, estaría lista para dormirme y despertar con energía para llenar el mundo con arcoiris a causa de mi belleza.
No hice nada de eso. Me recosté en la cama a contemplar la casa del vecino, porque en La Sucursal del Cielo, la contaminación lumínica y las casas no permitían ver el firmamento. Después de un rato me bañé y me coloqué ropa cómoda para volver a mí posición favorita en la cama. Me quedé dormida en un instante.
Había sido inocente e ingenua al creer que después de ese artículo tendría mis días tranquilos de vuelta. Aunque había regresado a mis tareas habituales varios días atrás, se duplicó por la ausencia completa de Alicia la siguiente semana. Atendía su agenda de reuniones con dueños de restaurantes, hoteles, chef y gente del medio, quienes querían colaborar con la revista para ser la sensación del momento igual que Esteban. La alharaca que hizo en las instalaciones había sido en vano, pues gozaba de una popularidad nueva que envidiaba a la competencia. Lo veía en sus redes sociales y en las nuestras, en los tags y etiquetados. No podía decir lo mismo de mi caso; la gente no sabía si definirme como una aliada o una enemiga de él, gracias a la ambivalencia de mi redacción.
Aquello me había puesto en un nido junto al trono de Alicia, como su nueva gallina de huevos de oro. Lo que me condujo a suponer que, su repentina toma de descanso por orden médica no era más que una fachada para ocultar sus verdaderas intenciones con mis labores. Pues Alicia controlaba desde qué chisme se rumoreaba por los pasillos hasta qué publicar en la revista, sin importar la sección.
Ahora yo debía realizar informes de opinión sobre las posibles publicaciones de nuestros periodistas y se las entregaba a ella por orden de interés. Del mismo modo, tenía que soportar estar bajo el escrutinio constante de mis compañeros de trabajo, por ser la protagonista del titular: Doña Flor y sus dos maridos. A ello le atribuía el reciente acercamiento de Sheila, la delataba su sutil búsqueda de conversación e interés en mí vida privada. No me podía ni escapar a la hora del almuerzo con Nubia, porque tenía a Sheila pegada como remiendo al culo.
—¿Quieres salir el sábado? —Me alcanzó antes de que se cerrara el ascensor un jueves por la tarde.
Inhalé profundo, estaba exhausta de soportar personas que tan solo absorbían la poca buena energía que mantenía a flote mi vida.
—¿De cuándo acá somos así de amigas?
—¿Qué?
—Pues sí, Sheila. Desde que entré a trabajar acá hablamos nada más que por trabajo, para ponernos de acuerdo en qué debe publicarse en los medios y eso.
—¿Y vos crees que es malo acercarse a alguien?
—Cuando es tan forzado sí. Yo le dije que no le podía dar el número del señor Charry porque firmé un contrato de confi…
—No seas tan visajosa —me interrumpió—. Con razón lo pasas sola.
Para cuando quise retractarme por lo pretenciosa que había sonado, Sheila caminaba a paso firme fuera del ascensor. Aún así, mis hombros se sintieron livianos; cargaba con un peso que no me correspondía, fingir quien no era. Salí al vestíbulo. Aquello que últimamente no encajaba en mi vida lo atribuía al exceso de trabajo, y no a mi inusualmente tranquila situación personal. A Camilo lo había tragado la tierra como nunca antes; no había recibido mensajes de Facebook o Instagram falsos ni tenía llamadas perdidas de su mamá. Su extraño comportamiento había hecho que postergase la visita al abogado, el que me ayudó en la casi trágica noche, más que la ubicación de su consultorio, en el tercer piso del edificio de Esteban.
No estaba en mi agenda verlo antes de la prueba de catering para el aniversario de la revista. Del mismo modo, estaba segura de que el sentimiento era recíproco, si no, en lugar de correos, habría tenido su arrogante presencia frente a mi escritorio. Lo imaginaba con su mano en la quijada, acariciando su barba y con la otra escribiendo en su desgastada libreta, mientras leía las precauciones y recomendaciones que una desconocida le había pedido tener en cuenta encarecidamente. A sus ojos, yo era una periodista más de Mírame, no la secretaria de la, posiblemente, mujer más influyente de la ciudad.
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Editado: 12.02.2026