Para el amor te doy mi corazón

7. Sensación cómoda.

Esteban

Había pasado casi un mes desde la publicación del artículo. Tiempo en el que gente de renombre y del común había visitado mi restaurante con constancia. Así como tenía pendientes ciertas fiestas y reuniones, las cuales habían agendado para los próximos meses. Ahora tenía más empleados en el local y seguidores en redes. Estaba tragándome mis palabras y mi escándalo de aquel día en el edificio de Mírame.

No obstante, no me sorprendía tanto de mi popularidad como de la capacidad de la fierecilla indomable para darse el lugar en la reunión. Conocía situaciones y relaciones sociales que se podrían ver afectadas nada más por un plato de comida, además del tipo de decoración que estaría de acuerdo con la ocasión, tendencia y estilo de la revista. No actuaba como una simple periodista, sabía demasiados detalles. Sin embargo, creo que no se hubiese desenvuelto igual si el policía del ascensor hubiese estado presente. Ella parecía calmada e imperturbable, pero la cancioncita que no paró de tararear en la subida se me quedó grabada en la mente. Estaba casi seguro de que era una de las favoritas de mi tía.

En mi intento fallido de hacerme el ocupado, terminé aceptando verme con Natalia esa tarde luego de la reunión. Esta vez en una cafetería cerca de mi apartamento, donde el tinto sabía horrible y no pude ni acabarlo.

—¿Vamos a otra parte? No quiero arrepentirme de gastar más plata —propuse. —Voy a pagar y vuelvo.

No tuve tiempo de analizar su asombro ni ella de negarse a que le pagara. Pronto, nos vimos en la salida del lugar y más tarde, estábamos entrando a mi casa. Zipaquirá se lanzó sobre Natalia nada más abrir la puerta.

—Por favor, quíteme el perro de encima.

—Lo voy a intentar, pero cuando ella se encariña con alguien, no para de abrazarlo —traté de no reírme. Zipaquirá estaba parada en sus patas traseras y tocaba con su pierna amputada a Natalia. —Es increíble que le caiga bien a un perro y no a la gente.

—Charry, quite a la perra de encima mío —enfatizó despacio, palabra por palabra.

¿Por qué no la espantaba? La marioneta del diablo tenía sus ojos cerrados con fuerza y estaba congelada con los puños apretados a sus costados. No disfruté de su sufrimiento. Le di órdenes a mi niña y la mandé a la habitación. Creía que Natalia solo era remilgada y le daban asco los animales, no miedo.

Pasé las siguientes horas contestando preguntas mientras preparaba una degustación para que ella diera su opinión del plato principal. El filo frío del cuchillo cortó mi dedo cuando sentí la comodidad del momento; casi como si fuera habitual en nuestra rutina, un ambiente agradable después de un largo día. Tuve que mantener la calma, para que el sangrado no fuera peor, en cuanto vi a Natalia pararse para buscar un botiquín y que la perra saliera a ladrarle.

Ejercí presión en la herida con una toalla de papel, mientras me puse delante de Zipaquirá para que dejara en paz a Natalia. En cuanto se fue mi perra, di la vuelta para abrir uno de los cajones de la alacena y sacar una curita. Me lavé la mano y la sequé con el limpión. Procedí a colocarme la curita y negué la ayuda de Natalia, estaba acostumbrado a hacerlo solo.

—En una cocina, nadie puede descuidar su trabajo, por eso, si nos pasa algo, debemos solucionarlo rápido —expliqué al regresar, cada uno, a sus respectivos lugares.

—Por eso tiene el restaurante, ¿verdad? Es más fácil ser el que manda.

Empecé a emplatar: primero la salsa y encima el rollito de carne en flor.

—La salsa es sin pimentón, acuérdese.

—Ajá. —Coloqué la tajada de plátano y un poco de queso gratinado encima. —Renuncié por otras cosas —añadí.

—¿Mal ambiente laboral? ¿Acoso? ¿Violación de contrato?

—Lo dice la que tiene problemas con policías.

Me erguí lentamente, anhelando ver esa cara de haber chupado limón. No había escuchado bien lo del ascensor, ni era mi asunto intervenir, pero tampoco quería llegar tarde a mi primera reunión para una empresa reconocida, de modo que se salía de mis manos el sentir la tensión entre ella y el policía, además de notar cómo la miró durante los treinta segundos que tardamos en subir. Llegué a pensar que era otra de sus parejas, pero al verlo caminar desde atrás y ver su cara en compañía de Alicia, el parecido que le encontraba con el exnovio de Natalia era innegable.

En lugar de cara de culo, tenía una sonrisa de oreja a oreja, y en sus ojos vi un instinto asesino.

—Señor Charry, agradezco su infinita preocupación en mi vida personal, incluso se atrevió a enviarme a su abogado de confianza la última vez, pero no le incumbe en nada. Yo sé que lo hace de corazón porque es alguien con valores y que estoy siendo mal agradecida, pero…

—Ya. Entendí. ¿Se va a ir ya o…?

—Me duele en el alma, pero no puedo —se llevó la mano al pecho—. Tengo que probar para dar una descripción en el artículo. Así que si es tan amable de servir y acabamos con esta tarde tan trágica, se lo agradecería infinitamente.

¿Tenía que probar? ¿Y qué iba a hacer si nos hubiésemos quedado en la cafetería? No hizo falta echarla al acabar de probar la comida, ella misma se encargó de empacar sus cosas y pedir que le abriera la puerta. Supe que había dejado el edificio cuando cesó el taconeo.




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