Para el amor te doy mi corazón

8. Y entonces, todo explota.

Natalia

—Vean, él la va a recomendar en la junta —le dije a Sofía y a Ana.

Fui a la casa de mis papás aquel fin de semana, mientras Alicia era la anfitriona del aniversario. El evento se realizaría en la noche del viernes, y era un puente festivo, así que me habían dado de licencia ese viernes.

Llegué a la madrugada a mi pueblo, tras viajar cinco horas desde la noche del jueves. A pesar de todo lo que circulaba en las noticias, dormí plácidamente durante el viaje. Nadie en casa me esperaba, de modo que tomé la ruta de bus que me dejaba en la avenida de mi barrio. Mamá me abrió la puerta con los ojos cerrados por las lagañas, mientras que mi papá estaba en la cocina preparando el tinto. Mi hermano no estaba en la casa, había salido a llevar a las niñas, su mujer estaba en el baño.

Aquella era la mañana del domingo, veía la Ley del Corazón con mis sobrinas, con quien había empezado a ver de nuevo la serie la noche anterior, pero que no maratoneamos porque ellas se habían quedado dormidas. Muy entrada la mañana me habían llevado a mi sobrino Cholito, para que yo lo cuidara mientras mi hermana iba a trabajar y su marido se quedaba solo en casa. Y hubiese continuado oronda como él, mientras veía la serie, de no ser porque el niño me pidió comida y mamá oyó. Por supuesto yo me había levantado a cocinar el desayuno, pero mamá se molestó y me pidió que fuéramos a la plaza. Ahí, los vítores, “mi amor” y piropos se escuchaban por doquier, no importaba si eras flaca o no, mostrando piel o cubierta, solo se callaban cuando veían a un hombre en tu compañía. Por supuesto, mamá y yo no estábamos acompañadas por uno.

—Mamá, compremos rosquetes, ¿sí? —Señalé la zona de los bizcochos.

Mi mamá acabó pagando por la compra y se negó a que lo hiciera. En cuanto pagamos, la señora de un puesto de envueltos la llamó para saludarla.

—¿Y esta mujer tan bonita? Oiga, Ismelda, usted tiene fuerza en esa sangre, ¿no? Todos esos muchachos igualitos a usted —la señora pasó su mano repetidas veces por mi brazo.

—Pero eso es solo en lo físico, porque el geniecito que tienen es del papá.

—¿Si? Ay, no. ¿Y esta es la que vive en Santander?

—No, esta es la de Cali.

—¡Ay! —Entonces, ella, quien había estado mirando a mamá desde el inicio, de pronto se giró a verme con un entrecejo fruncido y boquiabierta. —No me diga eso. Mamita, tiene que cuidarse y ser avispada, no estamos en el mismo tiempo que antes. Eso, hombres, lo que hay es por montones.

Instintivamente, giré a ver a mamá.

—No, la de eso es la de Santander —la corrigió ella, con preocupación en el rostro.

—¿Si? ¿Acaso esta no es Patricia?

Jadeé por un momento.

—Sí. Pero eso era de Patricia, la hija de Griselda.

—Ah, sí, sí. Pobre mujer, no, no, no.

—Bueno, Conchita, hablamos de que tengo el nieto en la casa con hambre.

Esperé a alejarnos de Conchita y sus envueltos, a salir de la plaza y el bullicio, a caminar las 6 cuadras hasta nuestra casa y que llegásemos.

—¿Le contó a esa señora lo de Camilo? —pregunte

—No. ¿No oyó que era lo de la hija de Griselda? Es que ella se confunde. Y como Griselda era toda envidiosa conmigo, se copió el nombre suyo y se lo colocó a la muchachita esa que tuvo.

—Mamá, ¿usted cree que yo soy boba? ¡Patricia terminó con el marido hace cinco años porque se murió!

—¡Pues consiguió otro mozo! —gritó mamá. Se puso en pie y me dio la cara, tenía la nariz soplada. —¿Es que ahora todo es de usted? No sea ilusa. ¿Y cómo voy a estar yo hablando de mis hijos?

—¡Pero la escuché! Usted la corrigió y dijo que era de la de Santander, Celia. O sea que sí hablaron de algo.

—Vea, Natalia, yo no me la voy a aguantar. Imagínese lo que quiera. A toda hora creen que uno mantiene contándole la vida de ustedes a todo el mundo. El otro día fue lo mismo con Rocío y Noel. A toda hora uno es el malo, el que los trata mal, y lo único que uno hace es servirles. Que llegó el guamito cagao, hay que limpiarlo, que el almuerzo de don Javier, que limpie la casa, que llegó la visita…

Di la vuelta y salí de la cocina, para encerrarme en el baño. Seguí escuchando a mamá rezongando en la cocina. Menos mal, mi papá había salido a comprar un café y los niños estaban viendo televisión, si no, también los hubiera incluido en su pelea.

Pasado el mediodía, ambas estábamos más calmadas, pero con las armas listas para la pelea. No me llamó para almorzar, en cambio, fue y puso mi plato encima del mueble de la ropa de mis sobrinas, pues me estaba quedando a dormir con ellas, y alcancé a escuchar cómo Noel le preguntaba por qué no me hacía venir a la mesa y ella le dijo que yo le estaba mostrando jeta.

Mi hermano me hizo parar en la cama para ir a comer con todos en la mesa. Sacaron tema de conversación y, al final, acabé hablando otra vez con mi mamá. Para cuando dieron las seis de la tarde tenía todo empacado y esperaba en el terminal a que llegara el bus que me llevara a Cali. Noel y Rocío me acompañaban.

—¿Y qué pasó con el zángano ese que tenía? —inquirió él, haciendo referencia a Camilo.




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