Para el amor te doy mi corazón

9. Lo que no se dice

Esteban
Natalia me miraba con odio y frustración. Sabía que por su mente pasaban los recuerdos de ese entonces, solo que esta vez, ella era la acusada. En cuanto ayudé a Vanessa a bajar de la bola, eché un último vistazo a Natalia; ahora veía cómo sus ojos se ponían llorosos de a poquitos.
Me alejé con mi novia en el carro que habíamos pedido de transporte y llegamos a su casa, donde su papá nos abrió la puerta y me advirtió que tendríamos una charla dentro de poco. Por supuesto que él se había enterado del asunto de la pelea, sino, no habríamos podido arreglar todo sin haber pasado la noche en el calabozo. Tras la amenaza, me fui directo a casa, allí me di una ducha antes de acostarme en la cama, sin quedarme dormido. Llevaba rato dándole vueltas a lo sucedido y a mi deseo de saber si Natalia ya estaba en su casa también. Me negaba a aceptar que era preocupación por ella, más bien era por lo invertido para que saliera bien librada igual que Vanessa.
Pasé el resto de la madrugada en vela. Beto y mi primo llegaron por la noche con cervezas y se adueñaron de la sala para ver el partido, como habíamos quedado días antes.
—Hablé con la fastidiosa —dijo Beto mientras buscaba el canal de la transmisión.
—¿Quién es la fastidiosa? —preguntó Kike al destapar una lata.
—¿No sabe? La de la entrevista —respondió Beto.
—¿La que se fue brava el otro día porque no se la…?
—Ninguno de los dos se le insinuó al otro —dejé en claro antes de que siguiera. Me senté en medio de los dos y destapé una cerveza para mí. —¿Y de qué habló con ella? —Miré a Beto. Él sonrió.
—Así me gusta que demanden información. No, pues ella quiere saber cuánto le debe. ¿Es este el canal, no?
—No, ahí solo dan resúmenes. Es el plus—dije. —Dígale que no me debe nada.
Era lógico que ella me dijera aquello. No supuse que sería tan pronto, ni que me enviaría el mensaje de esa forma.
Beto pasó el brazo por encima de mis hombros.
—¿Sabés a qué me recuerda esto? A cuando mis papás se separaron y mi mamá no quería que mi papá le mandara nada para ella.
—¿Y eso qué tiene que ver? —inquirió Kike.
—Nada tiene que ver.
—Que sí, hombre. —Beto me soltó y tomó su celular de la mesita. Abrió Facebook. —Manito, mis papás mantenían agarrados, se separaron y luego, estaban que volvían. Así les pasa a estos.
—¿O sea que sí se acostó con ella?
—Antes, no. —Le pasó el celular a Kike—. Ahora, no creo. Después…
Me colmaron la paciencia.
—Ni ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Natalia es…
—¡Pero está buena! —interrumpió Kike y me enseñó la pantalla del celular de Beto. Las fotos de Natalia se mostraban en el feed.
—Sí, pero tu primo es rencoroso. Vení, ¿qué fue lo que pasó entre ambos?
—¡Ya me acordé! Esta es la vieja por la que él se salió de la universidad.
La foto que abrió Kike era de ella con Sulena. Natalia tenía el pelo largo y era mucho más delgada, vestía una falda corta y una blusa rosada tipo camisa, plataformas y maquillaje. ¿Por qué nunca la vi así? Resaltaba más que Sulena, con su vestido corto ceñido al cuerpo y cabello en ondas.
—Vealo, hasta me quitó el celular. Confirmado que por cara no es…
Le devolví el celular a Beto y me concentré en el partido que estaba empezando. Sin embargo, poco a poco, dejé de concentrarme en el juego para enfocarme en los recuerdos.
Iba en quinto semestre de licenciatura. Una de mis profesoras había organizado un evento de lectura junto con los estudiantes de otras de sus clases. Selena estaba en una de ellas, así que decidió asistir junto con Natalia. Aquel día fue el primer encuentro. Llevaba puesta una camisa blanca que fue manchada por el labial de la boca de Selena al estirar mi brazo. Creo que estaba hablando con alguien y ella iba ensimismada caminando con Natalia. Ninguna de las dos llevaba puesto algo que se pueda recordar con facilidad, excepto por el pelo rubio teñido de Selena y el horroroso saco gris de Natalia.
Al momento del accidente no reparé en detalles, eso lo hice después. Mi primera reacción fue disculparme y revisar si estaba bien. Me percaté del manchón de la camisa, así que tuve que doblarla a tres cuartos antes de que diera inicio al evento. Selena se llevó el índice a los labios y dijo que en cuanto no se regara el labial, todo estaría bien. Natalia le ayudó a limpiar el poquito que estaba fuera de lugar y Selena le pidió que fuera menos brusca porque le dolía. Fue entonces cuando mi profesora hizo un llamado de atención y demandó que nos ubicásemos en nuestros respectivos lugares. Yo debía leer, así que era uno de los presentadores, en cambio, Natalia y Selena eran meramente espectadoras. Se hicieron en las sillas de la mitad. Selena estuvo al tanto de mí, sin disimulo, todo el tiempo, Natalia lo hacía de soslayo, pero se enfocó más en su amiga.
Al acabar las lecturas y debates, mi profesora dio unas palabras de agradecimiento antes de despedirnos. Vi cómo las dos muchachas salieron en medio de la multitud, mientras yo me quedé con la profe a recoger ciertos implementos. No contaba con que al salir, algunos amigos estaban reunidos y, entre ellos, estaban ellas dos. Natalia fue la primera en notar mi presencia al salir del aula del evento. Me sostuvo la mirada hasta que llegué al círculo y tuve que dirigirme a los demás. Uno de ellos me las presentó y dijo que eran de administración y que nos acompañarían a comer.
No fuimos muy lejos de la universidad, el lugar lo frecuentaba por la cercanía al apartamento donde vivíamos Kike y yo. Recomendé qué elegir en bebida y comida, Selena hizo caso, pero Natalia no; ella prefirió un batido de fresa y chocolate. Empezamos a hablar precisamente de ello y de cómo no podía tolerar tomar tanto dulce de una sola vez. Después, Selena se quejó al comer lo que había pedido, porque la sal le irritaba la herida de la boca. Varios le preguntaron con qué se había lastimado y ella contó la historia. Al sentir mi orgullo herido, ofrecí llevarla al hospital o comprarle algún medicamento en la droguería que le ayudara a sanar.
—Me sentiría mejor si me invitas a tomar algo después… Solos, claro —fue su respuesta delante de todos mis amigos. Unos me dieron palmadas en la espalda, en señal de apoyo, mientras que otros silbaron ante el acto de valentía.
Acepté, por supuesto, dichoso. Selena tenía cuerpo, cara y personalidad. Estaba embelesado con su sonrisa cada que podía y me coqueteaba descaradamente. Secreteaba con Natalia y me miraba de reojo. En una de esas tantas veces que lo hizo, Natalia acabó regando comida en su busto y se untó de lo mismo por los lados de la boca. Selena tomó una servilleta para ayudarla a limpiar.
—Ay, no, Natalia. Parece una niña chiquita. Siempre es lo mismo, se riega la comida como si fuera un bebé —dijo. Varios de ellos rieron ante el comentario de ella, pero Natalia estaba seria.
—Mejor voy al baño.
—¿Te acompaño? —preguntó Selena. Natalia se negó y se fue. Nada más alejarse, Selena comenzó a contar las veces que había pasado aquello mismo y cómo su amiga nunca aprendía.
Natalia volvió y se sentó. Una de las chicas que estaban a su lado le preguntó si era verdad una de las anécdotas contadas por Selena. La reacción de Natalia no se hizo esperar, se giró de inmediato, con cara de espanto, hacia Sulena, quien solo reía gustosamente. Natalia se mordió el labio. Asintió en respuesta y varios volvieron a reír. Me fijé en la mancha de comida que le había quedado por un lado de la nariz y se lo hice saber.
—No, acá —tomé su mano y la coloqué en el sitio exacto.
—Pero este muchacho es el Lobo feroz. No le basta con una sino que también con la amiga —dijo uno de los muchachos, haciendo que el resto soltara un uy al unísono.
Natalia murmuró un gracias y se quitó la suciedad. Yo la solté y me fijé en Selena, quien pasaba la mirada de su amiga hacia mí y viceversa.
—Nada, nada —dije yo, intentando traer la calma o la risa. —Yo solo fui amable. Ahora, si le quiere tomar la mano a ella, bien pueda y pregúntele que Natalia lo deja, ¿o no?
Sus ojos marrones volvieron a mí.
—¿Qué?
—¡Uy! La dejó mal.
Me di cuenta de que empeoré las cosas. No obstante, en aquel momento no me importó, pues mi ego se infló y me daba golpecitos en el pecho, mentalmente, por mi gran logro.
Acompañé a Natalia junto a Selena hasta su casa y luego a Selena. Ella me pasó su número y yo le di el mío, acordamos vernos el fin de semana siguiente para ir al cine y lo que surgiera después. Dicho y hecho. La salida estuvo tan bien que acabamos besándonos y encontrándonos en la universidad para almorzar o en las horas libres que teníamos. Natalia la acompañaba al inicio, pero conforme fue pasando el tiempo, su presencia fue cada vez menor ya que habían surgido rumores acerca de ellas dos siendo hermanas de leche. Selena fue quien me lo contó, mirándome con cara de sospecha.
—¿O es que es verdad que estoy compartiendo con mi amiga? Ya se lo dije a ella, no quiero que me vean como una cachona —dijo ella cuando nos quedamos en silencio durante la cena del primer mes de novios.
Traté de calmarla. Natalia tenía sus atributos, los recordaba de la primera salida a comer, cuando se le regó la comida en el pecho por culpa de Sulena, por ello no podía decir que no tenía nada de atractivo, aun así, Selena era mi novia, a quien le era fiel como un perro. No obstante, el amor que le profesaba no fue suficiente para soportar el tiempo siguiente. Ella era bastante intensa.
—Ey —Beto me trajo de vuelta a la realidad. —Es para usted —dijo, entregándome el celular de él.
Revisé el nombre, Natalia Lozano. Me tomé la cerveza de un solo trago antes de levantarme e ir a la cocina, así tendría más privacidad.
—Aló.
—Est… Habla con Natalia.
—Ya sé. ¿Qué necesita? —vi a Kike haciéndome gestos con su mano y su boca, así que me di la vuelta y miré la alacena.
—Yo no quiero tener deudas con nadie. Mucho menos necesito su lástima. Por favor, dígame cuánto fue.
Inhalé profundamente. Ese conflicto iba para largo. No quería que ella pagase los platos rotos por la imaginación de mi novia borracha, con quien no había hablado en todo el día.
—¿Me está escuchando? —Chilló Natalia.
—Dejemos así, no fue nada —confesé. En realidad lo habíamos conciliado fácilmente con la ayuda de mi suegro.
—Pues póngale un precio, porque…
—Natalia, cálmese, que me está estresando.
—¿Que yo qué? Le recuerdo que yo fui la víctima de su novia anoche.
—Cosas de borrachos. Por eso le digo que deje así.
—¡Pues no puedo! Estoy segura de que lo voy a tener en un futuro echándome en cara esa plata, ¿o le recuerdo el escándalo de la vez pasada?
—¡Eso fue diferente!
—¡Pues claro que lo es! ¡Ahora yo soy la victimaria en algo que soy la víctima!
—¡Así mismo pasó conmigo! ¡Salí yo a deberles cuando su amiga fue la que me puso los cachos!
—¿Y qué quería que hiciera cuando usted hizo lo mismo? Pero de ella no es el tema. Yo lo que necesito es…
—Nada, Natalia, no necesita nada.
—¿Natalia qué? —escuché a mis espaldas.
Colgué la llamada, dejando a Natalia con la frase incompleta. Giré para ver detrás de mí, a la dueña de la voz que dijo el nombre de la fierecilla indomable con tanto desprecio. Vanessa estaba cruzada de brazos y con el ceño fruncido. Dejé el celular en el mesón y rodeé la barra para acercarme a ella.
—Vane, amor…
Vanessa esquivó el roce de mi mano.
—Pensá bien en la mentira que me vas a decir. Hablamos ahorita —dio media vuelta y se sentó en el sillón, destapó una cerveza de las que, supongo, ella había traído y la bebió hasta la mitad de un solo trago.
Caminé despacio hasta el sofá y me senté en medio de Beto y Kike de nuevo. Pasé los siguientes veinte largos minutos haciendo lo que Vanessa había dicho, pensando en una mentira. Aunque ella no era celosa, no podía negar que estaba hablando con una mujer. El problema recaía en lo que estaba hablando con ella. Por si fuera poco, había alimentado su sospecha al no explicarle inmediatamente aquella llamada, la cual ni siquiera tuve el valor de despedir apropiadamente. Cada vez que pensaba en otro contra, le echaba más leña al fuego mental. Lo único que me daba tranquilidad es que Vanessa no conocía el nombre de Natalia, ni quién era.
Medité aquella última frase. ¿Quién era Natalia Lozano? En mi vida, esa mujer no despertaba en mí ni el más mínimo deseo o ilusión de verla; sin embargo, había pagado para que no tuviera una aprehensión mayor. Mi motivación había sido Vanessa, por supuesto, a quien no quería que fuera involucrada en alguna demanda por haber agredido primero; además, era la supuesta reportera de Mírame, la revista que me estaba dando un lugar importante en el mundo de la gastronomía. Por supuesto, no se trataba de ningún acto de compasión tras ver la furia en los ojos de Natalia, derramándose en lágrimas y remordimiento. No suponía que se estuviera arrepintiendo de su comportamiento conmigo en el pasado, pero sí de mí. De haberme conocido.
El celular de Kike sonó. Cortó la tensión del ambiente y salió de la estancia tan pronto como fue posible. Miré a Beto instintivamente. No sabía cómo echarlo sin que Vanessa interviniera con sus frases sarcásticas para desquitar su enojo. Él tampoco quería estar en medio de ambos, así que, cuando el equipo al cual apoyábamos no hizo el gol, se puso en pie y le gritó a la pantalla.
—¡No! ¡Pero cómo lo va dejar ir así, marica!
Me di cuenta de que no estaba actuando.
—¡Me voy! Ya no pierdo más el tiempo —se tomó el resto de la cerveza y agarró la caja de la salchipapa. —Ese partido está malo. Avisame si pasa algo —me apretó el hombro, giró lo suficiente para hacer contacto visual con Vamessa—. Nos vemos, señorita.
—Que te vaya bien —sonrió Vanessa.
Beto salió a paso lento, mientras que Marcela venía contoneándose desde la entrada hacia mí. La subí en mi regazo y seguí pensando en lo que se avecinaba. No le bajé volumen al televisor, ni quise tocar el tema primero, pero en vista de los pocos ánimos que ella tenía para iniciar la conversación, intenté comenzar por otro para amenizar el ambiente. Marcela me servía como pelotita antiestrés.
—¿Viste el que casi hace el gol? A ese lo quería el Deportivo…
—¿Sabés qué es lo que me molesta de vos? —Preguntó ella, tajante. Descargó la botella de Coronita de la mesa y cogió una servilleta. —Que seas un mojigato. A ver, decime qué estabas hablando con Natalia.
—¿Cómo que Natalia? ¿De cuándo acá la conoce?
—¡Por poco y me la vuelves, mi hermana de leche!
—¿Qué yo qué? —Me llevé una mano al pecho; estaba perplejo.
No reconocía a la mujer que tenía enfrente. No quedaba rastro de la que una noche de febrero me embelesó con su cuerpo escultural enfundado en un vestido lila pegado a la silueta y con una abertura en un costado que dejaba a la vista una de sus tonificadas piernas. Se había lucido grácilmente conmigo durante un buen rato, contoneándose cerca de mí, antes de que Alicia nos presentara. Ella era de una familia de ingenieros y arquitectos a la cabeza de su papá, el dueño de Espinosa y Fajardo, la más importante constructora de la ciudad y el departamento. Sin embargo, mi encanto fue en el momento en que Vanessa puso su boquita de fresa en acción, hablando con su acento marcado y utilizando palabras delicadas para expresar a fondo sus ideas. En todo lo que llevábamos saliendo, nuestras discusiones se basaban en sus argumentos contundentes con los que se defendía y me cerraba la boca. No algo como aquella estupidez que acababa de decir.
—Y antes de que me tratés de loca, mirá.
Vanessa se levantó enfurecida y fue por su bolso a la barra de la cocina y sacó su celular. Después de deslizar los dedos por la pantalla, me mostró un video de la pelea de la noche anterior.
—¿Sabés cuánto ha tratado mi papá de bajar eso? ¿Y vos pagando el soborno a esa igualada?
Abrió los comentarios, alguien que comentaba lo que escuchó de mi conversación con el agente, había adjuntado una foto de los dos, con Natalia de fondo en el asiento de la patrulla, espelucada con su vestido rojo y mirándome con ojos lagrimeantes.
—¡¿Qué más querías que hiciera?! —Alejé el celular de mí—. ¿Que ella le metiera una demanda por haberla agredido primero?
—¡Ese es el puto problema! ¡Que vos la seguís defendiendo!
—¡Te defendí a ti, Vanessa! ¡A esa vieja ni la conozco!
Ella se rió, irónica.
—¿Ah, no? ¡Vos la conocés desde hace mucho! ¿O qué crees? ¿Qué voy a ser tan estúpida para hacerte un reclamo sin pruebas?
Volvió a enseñarme su pantalla. Ahora aparecía una foto de una fiesta en la que estábamos con unos compañeros, Sulena, Natalia y yo. Yo le daba licor a chorro a Natalia mientras Selena estaba detrás de ella.
Fruncí el ceño.
—¿Y esa foto? —No recordaba haber guardado esa foto.
—¿Me lo vas a negar? —Entonces, sus lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas—. ¡Atrévete! ¡No sos más que un cínico, un poco hombre! ¡A ver, decime que eso es un invento de la gente chismosa de TikTok! —Me dio un empujón en el pecho. —No eres más que un aparecido, un malpa…
Agarré sus muñecas, con la suficiente fuerza para no lastimarla, pero sí para frenar sus ataques.
—¡Soltáme! —Se removió.
—No digas cosas de las que te puedes arrepentir después —la solté.
—¿Y qué quieres que te diga? ¿Te alabo esa gracia? ¿Te devuelvo la plata que gastaste en esa vieja? ¡Sí, eso!
—Vanessa, no soy un muerto de hambre, gracias a Dios. No necesito esa hijueputa plata porque no fue nada. Todo fue para que no terminaras en boca de la gente, para que tu papá no dijera nada. ¿Sabes quién es ella?
Aunque seguía sollozando, aguardó por mi respuesta.
—La jefa de ella es Alicia Soler. La de Mírame.
—¡Mentira! ¡Yo conozco a la gente de ella!
—Bueno, entonces pregúntale —tomé su celular y busqué contactos. Ella me lo arrebató de las manos.
—No tienes ningún derecho a lo mío.
—Entonces hablemos cuando estés más calmada. Porque te lo juro, Vanessa, que por ella no siento ni la más mínima cosa, es más, por ninguna mujer. Es que aún no entiendo por qué armaste esa escena de celos. Cierra la puerta cuando te vayas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.