CARTA 1
14 de agosto de 2021
Para: Él
No sé por qué sigo escribiéndote si siempre fuiste un cobarde para decir las cosas de frente; tal vez sea porque este silencio me pesa aún más que tu propia traición.
¿Cómo pudiste? Esa pregunta es el único ruido de fondo en mi vida. Tú lograste romperlo todo, no solo a ti, sino a nosotras también. A esta familia que ahora se siente como una casa a la que le arrancaron las paredes de un solo golpe. Desde que no estás, nada volvió a estar completo, pero supongo que eso no lo tomaste en cuenta cuando decidiste que tus impulsos valían más que nuestra propia seguridad.
Mamá ya no mira igual. Yo finjo que soy fuerte para sostenerla y es agotador tener que ser el adulto de esta casa cuando todavía no tengo edad ni para conducir. Duele verla crecer creyendo que no tiene padre; ella parece tranquila, no tiene la mirada perdida, no se ve triste ni enojada, simplemente vive su prematura vida sin ti, sin pesadillas ni dolores de cabeza. Maldita niña afortunada.
Además, él también está muy dolido, se nota incluso cuando intenta sonreír para nosotras. Él hace lo que puede por sostener lo que quedo, y a veces pienso que es injusto que alguien que no tiene la culpa de nada cargue con el desastre que tú decidiste provocar.
Lo peor no es que no estés; lo peor es no entender en qué momento tu mente decidió que destruirnos era una opción válida. Yo no quiero odiarte, realmente no, pero cada día sin una explicación lógica hace que el odio sea el único refugio que me queda. Ojalá algún día tengas el valor de mirarme a los ojos y hablar con claridad; hasta entonces, seguiré pensando en esa pregunta que pesa más que tu ausencia:
¿Cómo pudiste?
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El carrito avanzaba despacio entre los pasillos del supermercado, demasiado lento para alguien que no estaba realmente ahí. Joel empujaba con firmeza, con rigidez, como si mantener el control de algo tan simple evitara que su mente se desbordara. Llevaba varios días así. Solo su apariencia estaba presente. Sus pensamientos se negaban a desprenderse de la confesión que Mike le había hecho un par de semanas atrás:
—Katia siempre me gustó.
La frase había sido dicha sin rodeos, sin dramatismo, como un dato irrelevante que sería olvidado con el paso de la noche. Pero para él no lo era. No podía serlo.
«¿Cómo se supone que debo tomarme esto, Mike? —pensó—. Estaba ebrio, cierto. Tal vez no lo había dicho con una intención romántica. ¿Y si tal vez solo era una de esas cosas tontas que Mike hace cuando está ebrio? Pero… ¿y si no? ¿Y si él realmente estuvo enamorado de ella? ¿Alguien más lo sabe o solo me lo confesó a mí? ¿Katia sabrá algo de esto?».
Lo conocía desde que eran niños, desde antes de que la vida se volviera complicada, antes de responsabilidades, esposas e hijas. Y aquella noche había visto en su mirada algo que no veía desde hacía años: una derrota.
Mike solía poner esa mirada cuando algo le pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. La puso aquella vez que la broma del pegamento en el marcador del profesor terminó con la expulsión de ambos; entendió que había llegado demasiado lejos, pero su orgullo no le permitía admitirlo. Lo repitió cuando eligió una universidad lejos de casa, porque para él quedarse significaba estar estancado. La ponía cada vez que cambiaba de trabajo, siempre con la sensación de llegar tarde a decisiones que otros parecían tomar con facilidad. Incluso cuando perdió todos sus ahorros apostándole a la bolsa de valores, no fue rabia lo que mostró, sino el mismo gesto apagado, como si ya esperara ese golpe. Aquella noche, esa mirada apagada volvió: la mirada de alguien cansado de llevar una carga que nunca supo dónde dejar.
—Papá, mira —dijo una voz a su lado—, lleva relleno de chocolate.
El presente volvió de golpe.
Frente a él estaba Emma, su hija de once años. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa serena que siempre aparecía cuando encontraba algo que consideraba una victoria personal. Su larga melena castaña escapaba por debajo de un gorro de lana azul que le cubría por completo las orejas. Era uno de esos gorros que ella insistía en usar porque detestaba el frío que llegaba con el mes de diciembre.
—Dice que caduca el veinticinco de abril —susurró para sí misma mientras giraba la caja de cereal, leyéndola con atención exagerada—. Cuatrocientos ochenta y cinco gramos… eso es casi medio kilo —levantó la mirada, entusiasmada—. Si lo mezclamos con yogur, podríamos alimentar a una familia entera por meses.
—Ese no —respondió Joel sin mirarla—. Tiene mucha azúcar, gluten, y podrías morir de diabetes después de varias visitas costosas a un hospital con solo comerlo.
—Eso ni siquiera tiene sentido —protestó, apretando la caja contra el pecho—, solo será esta vez; además, dijiste que me recompensarías por lavar los platos el otro día.
—Agarra aquel —respondió señalando una caja grande de cereal bajo en calorías y sin azúcar.
Emma miró la caja señalada como si la hubiera insultado.
—Papá, eso no sabe a nada, es solo cereal con sabor a cartón mojado.
—Emma… —dijo con un tono firme.
Ella rodó los ojos con teatralidad, pero obedeció. Dejó la caja que sostenía con ambas manos y tomó la otra, lanzándola dentro del carrito con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Algún día, cuando sea adulta, voy a comprar todo lo que no me dejas comer ahora —murmuró mientras seguía caminando por el pasillo.
—Eso dicen todos —respondió Joel—. Y luego, cuando llegan los dolores de estómago y el abdomen más redondo de lo normal, empiezan a leer las etiquetas de los productos.
Continuaron caminando por el pasillo en silencio. Emma tomó otra caja de cereal más pequeña y la examinaba sin demasiado interés.
Joel no podía evitar encontrar rastros de su madre en cada gesto de la niña. Tenía los mismos ojos atentos, la misma forma de apenas fruncir el ceño cuando algo le disgustaba, o la manía de llevar las manos siempre en los bolsillos de la chaqueta. Sin embargo, Katia siempre había sido más prudente, medida, alguien que pensaba dos veces las cosas antes de hablar o actuar; por su lado, Emma disfrutaba de decir las cosas sin rodeos, como si el mundo no tuviera derecho a sorprenderse o a callarla.