Para: Papá

Capítulo 2

Carta 2

3 de diciembre de 2021

Para: Él

Hola, no sé muy bien qué debo escribir. Mamá y la psicóloga dicen que escribir funciona para soltar, pero yo no sé qué tengo que soltar si no tengo nada escondido.

Casi no me acuerdo de las cosas que pasaron antes, pero nuestra casa ahora es muy callada; deberíamos comprar un piano, pienso yo. Mamá se cansa muy rápido y se acuesta temprano. La otra siempre está enojada y me mira feo si hago mucho ruido; me está empezando a caer mal, pero no se lo digas. Yo no pregunto mucho porque hacerlo hace que a mamá le duela la cabeza, justo ahí en la frente; además, creo que si pregunto mucho algo se va a romper y no quiero que ella llore otra vez. ¿Tú también lloras?

La amargada dice que estás lejos. ¿Tienes fotos de nosotras allá? Yo las busco a veces, pero las cajas están escondidas; dicen que es mejor así, pero yo creo que no es justo. No entiendo por qué te enojaste con nosotras. ¿Estabas muy triste ese día? ¿Nos portamos mal?

Bueno, al menos él nos va a llevar a Disney la semana que viene; es un buen tipo y siempre me trae los dulces que mamá no me deja comer. Solo quería que supieras que estamos aquí, o tal vez ya no; yo no quiero que me empiece a doler la cabeza a mí también.

Eso es todo, Bye.
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El edificio no tenía nada de especial. Vidrios limpios, pasillos blancos, un silencio funcional interrumpido solo por el sonido de teclados y teléfonos. Joel siempre pensaba que ese lugar se parecía demasiado a él: ordenado por fuera, discreto, fácil de ignorar.

Llegó antes de las ocho. Encendió las luces de su oficina y dejó el maletín y su abrigo junto al escritorio; pudo ver la pila de documentos que había dejado el día anterior y no pudo evitar dar un fuerte suspiro. A veces no quería admitirlo, pero aquel trabajo no le desagradaba tanto como fingía. Le daba estabilidad, un sueldo decente y, sobre todo, algo que últimamente parecía un lujo: tiempo para pensar.

Entre revisar correos, firmar autorizaciones y marcar fechas en las agendas de inventario, Joel se descubría a sí mismo repasando su propia vida con la misma meticulosidad con la que corregiría procesos operativos.

Qué estaba funcionando.

Qué había empezado a fallar.

Y qué cosas, por más que las postergara, ya no podían seguir ignorándose.

Se dio cuenta de que había firmado mal uno de los tantos documentos, maldijo entre dientes y volvió a la impresora, arrastrando consigo el fastidio de los errores que solo se notan cuando uno está demasiado distraído.

El papel salió con un zumbido breve. Joel lo sostuvo unos segundos sin mirarlo, como si el error no estuviera ahí hasta que lo aceptara. Marcó su firma con una línea firme, volvió a firmar detrás de la hoja y agregó sus iniciales al margen, tal como exigía el protocolo. Apiló los documentos corregidos y los acomodó con cuidado, alineando las esquinas contra el escritorio. Era un gesto automático, aprendido con los años, casi una manía. El orden le daba la ilusión de control.

Miró el reloj de pared.

11:47 AM

Mike solía llegar temprano cuando algo le importaba. Siempre decía que era mejor enfrentar las cosas rápido, antes de que la cabeza empezara a inventar excusas. Y aunque Joel calificaba esa actitud como exagerada, la verdad es que siempre había admirado eso durante años.

—Hoy viene a despedirse… —repitió en voz baja, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real.

Apoyó la espalda contra la silla y dejó caer los brazos a los costados. El silencio de la oficina se le hizo más pesado de lo habitual. Afuera, alguien reía brevemente. Un teléfono sonó en algún cubículo lejano. Todo seguía funcionando como siempre, indiferente.

Pensó en Katia, en la noche anterior, en la forma en que había sostenido a Delia mientras dormía, en lo poco que habían hablado realmente. Pensó en Emma, en el café raro, en esa sonrisa pequeña que no se le borraba de la cabeza. Pensó en Delia, en cómo empezaba a mostrar interés en el arte y la pintura y cómo le había prometido llevarla a un taller sin cerciorarse antes si tenía la fecha disponible ese día.

Pensó en Mike.

«Tengo que sacar el tema esta noche —pensó—. Cuando lo lleve al aeropuerto lo mencionaré; tal vez solo fue una tontería, pero necesito cerciorarme».

Pero no lo había sentido como tal. No con esa forma de decirlo, tan casual, tan fuera de lugar.

Joel se inclinó hacia adelante y abrió el cajón inferior del escritorio. Sacó una libreta vieja donde apuntaba cosas que no iban en el sistema: recordatorios, ideas sueltas, pendientes personales que no quería mezclar con el trabajo. Pasó un par de páginas sin leerlas y se detuvo. Había escrito: «¿A Mike le gusta Katia? Hablaré con él lo más pronto posible», diez días atrás.

Tomó un bolígrafo con la intención de escribir algo más, cualquier cosa que justificara seguir ahí, pero la punta quedó suspendida sobre el papel. No había nada que anotar que no sonara a excusa. Cerró la libreta con un gesto seco y la devolvió al cajón, empujándolo hasta el fondo del escritorio, escondiendo así también los pensamientos que no quería ordenar todavía.

Miró el reloj; aún faltaba demasiado para el final de la jornada.

Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Joel alzó la vista, aún con la mano apoyada en el escritorio.

—Adelante —dijo con el tono más profesional que pudo.

La puerta se abrió apenas lo suficiente para que una cabeza asomara con cautela.

—¿Coordinación Administrativa? —preguntó una joven con voz baja y delicada, como temiendo molestar si la levantaba demasiado—. ¿Señor Joel?

—Soy yo —respondió—. ¿Puedo ayudarte?

La chica respiró hondo, como si hubiera estado ensayando ese momento.

—Me dijeron que lo buscara —dijo, entrando del todo—. Soy la nueva pasante, mi nombre es Mía Ortega y se supone que el jefe… bueno, que usted es quien me va a decir qué hacer para no arruinar nada el primer día.




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