CARTA 3
20 de diciembre de 2022
Para: Él
Hoy le rompió la nariz a una niña que se burló de su gorro en el colegio; sí, por ese feo gorro de lana, y todavía se atreve a decir que sería feo tener una serpiente de mascota. Ella lo usa mucho y no se lo quita ni para dormir, solo que ahora terminó expulsada un par de semanas. Mamá le gritó muy fuerte, pero a mí me pareció que no la regañaba por la pelea, sino por otra cosa, porque ella solo apretaba el gorro con las manos y no decía nada. No escuché mucho, la verdad; preferí quedarme en mi habitación y ponerme los audífonos. Últimamente eso me distrae bastante, me gusta estar en mi cuarto así porque todo es más tranquilo, algo que en casa parece haberse extinguido hace tiempo… como la casa en el árbol, por cierto.
Esa que armaste el verano antes de irte. Mamá la quemó toda ayer diciendo que había muchas ardillas viviendo allí, pero yo no vi ninguna salir corriendo cuando empezó el humo.
Mamá dice que necesito mejorar mi letra, pero yo no quiero; me gusta más dibujar. Yo no creo que esto que hacemos nos haga bien, aunque la psicóloga diga lo contrario. En realidad, si fuiste malo, creo que no tendrías que saber lo que pasa aquí adentro, porque ese desastre todavía está aquí, ardiendo igual o más de lo que lo hizo la casa del árbol.
En fin, no quiero que esto se haga costumbre ni que pienses cosas que no son. Ella dice que te odia y lo dice muy fuerte frente al espejo. Yo no sé si te odio, pero no necesito golpear a nadie ni gritar para averiguarlo; solo que a veces te extraño un poquito cuando veo tu lugar vacío en la mesa. ¿Sientes feo por habernos dejado solas? Espero que dentro de ti todavía quede un poco de decencia humana, como dice mamá, aunque creemos que no tienes corazón.
Bye.
P. D.: ¿Qué les dan de comer ahí?
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De regreso a casa, Joel dejó que la ciudad le pasara por encima. Las calles brillaban con luces de Navidad que temblaban al compás del frío; en las aceras caminaban niños con gorros de lana aferrados a las manos de sus padres como si el mundo fuera demasiado grande sin ellos, y en las ventanas colgaban estrellas y guirnaldas luminosas que teñían de un amarillo cálido la noche. Más adelante, personas apresuradas cerraban negocios, bajaban persianas y contaban los minutos que les faltaban para llegar a casa. Era esa atmósfera extraña y única que solo diciembre sabe construir: cálida por fuera, pero inevitablemente nostálgica por dentro. Todo parecía avanzar hacia la misma cosa: una mesa puesta, una cena humeante y una familia esperando.
Nochebuena siempre había sido especial para él. Fue en la Navidad de hace diez años cuando Katia y él decidieron unir sus vidas; él extendió el anillo y ella lo aceptó con los ojos llorosos. De lejos, fue el mejor día de su vida, aunque esto para Joel también significaba que tenía que comprar un regalo de Navidad y aniversario juntos. Mientras pasaba por las calles llenas de tráfico, con personas apresuradas con compras en las manos, observaba las vitrinas de los distintos locales evaluando qué regalo sería mejor comprar. ¿Un nuevo perfume? Katia tenía demasiados. ¿Un collar con alguna piedra bonita y cara? Le había regalado uno el año pasado. ¿Un nuevo set de cocina, con ollas y espátulas nuevas? De seguro dormiría en el sillón al menos por medio año.
Había decidido no ir por las llaves de la oficina para no perder más tiempo del que disponía para comprar el regalo, pero al parecer esto se le estaba complicando más de lo debido.
Sacó su celular y abrió la lista de contactos; deslizó lentamente cada uno hasta llegar al de Mike. Se detuvo ahí.
Durante años, Mike fue quien lo ayudó a escoger los regalos para Katia. Tenía un buen ojo para estas cosas: sabía qué perfume le gustaría, qué libro le emocionaría y qué detalle la haría sonreír. Joel solo ejecutaba las ideas, recibía los elogios y Mike se conformaba con decirle qué comprar y desaparecer detrás del gesto. Recordarlo ahora le producía un dolor punzante en el pecho. Quería llamarlo; necesitaba su consejo, su familiaridad, su manera de ordenar el mundo, pero con solo imaginar su voz del otro lado, el impulso se transformó en molestia y desconfianza.
Retiró el dedo de la pantalla y siguió deslizando hasta encontrar el nombre de su madre. Dudó, pero terminó marcando y activando el altavoz. Tres tonos después, la voz suave y cálida que siempre lo había acompañado ahogó el silencio que se había adueñado de su auto.
—Cariño, ¿cómo estás? —dijo ella con voz dulce.
—Hola, ma, saliendo del trabajo —respondió—. ¿Ya están llegando?
—Oh, cariño, vas a tener que disculparnos. Tu padre tomó una ruta más larga para tratar de evitar el tráfico y parece que llegaremos un poco tarde.
Joel soltó una risa breve.
—No pasa nada, dile al viejo que no conduzca rápido. Los estaremos esperando, aunque a las niñas sí les va a molestar un poco —dijo riéndose.
—Les llevo unos cuantos regalos —respondió ella con un tono divertido—. Con eso nos perdonarán.
—Claro que sí, ma —aunque esta vez su voz sonó un poco más apagada de lo que quería.
—Cariño —dijo ella con más atención—. Te escucho un poco extraño. ¿Está todo bien?
—Sí, no es nada.
—Sabes que puedes contarme todo, hijito.
Joel dudó.
—Pensaba en qué regalarle a Katia este año, aún no se me ocurre nada —dijo un poco apenado.
—¿No has comprado un regalo aún?
Aunque al inicio parecía preocupada, Joel notó un poco de molestia y reproche en el tono y de inmediato se arrepintió; había pasado tanto tiempo pensando en Mike que descuidó incluso eso.
—En eso estoy.
—Hoy es Navidad, cariño —insistió su madre—. Ya casi no tienes tiempo, eso debiste haberlo previsto.
—Sí, lo sé, es que estos días estuve muy ocupado —dijo Joel, cada vez más tenso.