Carta 4
Fecha: 10 de abril de 2023
Para: Él
¿Sabes? A veces me pregunto qué es el amor, esa fuerza misteriosa que tanto repetías que podía trascender barreras de tiempo y espacio. Por el amor se han iniciado guerras, se han terminado imperios y se han condenado naciones; o eso dicen los libros que nos obligan a leer ahora en clase.
Mamá solía decir que, si algo se ama, se cuida y se protege, y claramente tú no sentías eso por nosotras cuatro… ni siquiera por ella. Era tan joven, tan llena de vida y tan enamorada cuando todo esto empezó; supongo que esto último fue lo que terminó condenándola. A veces la visito y me pregunto si ella también estaría esperando que algo cambie, o si simplemente se rendiría como yo.
Me enteré de que tuviste un incidente ahí dentro y que ahora vas a estar un tiempo sin hablar. ¿Sabes qué? Me alegro, porque alguien que no sabe amar no tiene derecho a hablar del amor. Es una justicia poética que me resulta casi graciosa: el hombre que siempre trataba de buscar la palabra correcta ahora no tiene ninguna para decir.
Durante mucho tiempo traté de entender tus acciones; pensaba que tal vez había una jugada que no estaba viendo o algo que no estaba analizando, un secreto que explicara por qué alguien que decía amar a su familia podía hacernos esto. Pero mientras más tiempo pasa, más simple parece la respuesta: nunca fue amor. Solo fue egoísmo, y tal vez por eso las personas como tú hablan tanto del amor, porque es más fácil repetir la palabra que entender el peso de lo que significa. Yo ya no intento entenderlo; de hecho, creo que aprendí la lección más importante de todas gracias a ti.
Aprendí que el amor no salva a nadie.
Aprendí que el amor no protege a nadie.
Y, sobre todo, aprendí que no debo amar.
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Joel salió dando un portazo que hizo retumbar todo el marco de la puerta. El sonido fue tan seco que, por un instante, pareció cortar el aire dentro de la casa. Un segundo después, el motor del auto rugió afuera. Las llantas chirriaron contra el pavimento, primero al retroceder con brusquedad… y luego al arrancar con fuerza, alejándose.
El sonido se fue perdiendo poco a poco en la distancia y entonces quedó el silencio, uno incómodo y pesado. Katia estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo el molde del pastel aún caliente entre las manos. Parpadeó, como si su mente estuviera tratando de entender lo que acababa de pasar.
—¡Joel! —volvió a gritar.
Pero él ya no estaba. El molde se le resbaló de las manos y cayó sobre la mesa con un golpe sordo, inclinándose hacia un lado; el chocolate se derramó lentamente sobre el mantel blanco. Nadie reaccionó de inmediato. El padre de Joel levantó la cabeza. La madre dejó los cubiertos a medio camino. Desde el pasillo llegó la voz de Delia, completamente ajena:
—¡Emma, mira esto!
Katia giró la vista hacia el patio. Mike estaba de espaldas, inmóvil; se sujetaba la boca con una mano mientras con la otra recogía algo del suelo con torpeza: un cigarro partido.
—Mike… —dijo Katia, esta vez con la voz más tensa—. ¿Qué demonios está pasando?
Mike no respondió. Guardó el cigarro en el bolsillo de su chaqueta, como si fuera lo único importante en ese momento.
—Mike —insistió ella, avanzando un paso—. ¿A dónde fue Joel?
Silencio.
—Te estoy hablando.
Nada.
El corazón de Katia empezó a latir más rápido. Caminó con pasos firmes hasta alcanzarlo y lo tomó de la chaqueta.
—¿Por qué no me miras?
Lo giró con más fuerza y entonces lo vio. El tiempo pareció comprimirse en un solo instante: el labio de Mike estaba abierto. La sangre le bajaba por la comisura de la boca, deslizándose por su barbilla y cayendo en pequeñas gotas al suelo. Su mano estaba manchada de un color rojo vivo y Katia sintió un golpe en el pecho.
—¿Joel te hizo eso? —preguntó, sin poder ocultar el desconcierto.
Mike no respondió. Sus ojos se movieron por encima del hombro de Katia; primero observó a Emma y luego a Delia. Katia siguió su mirada y entendió de inmediato. Sin decir nada más, lo sujetó del brazo con firmeza y lo arrastró nuevamente hacia el patio.
—¿Qué pasó? —insistió, ahora en voz baja, pero mucho más urgente—. Mike, dime qué pasó.
—No fue nada… —respondió él con dificultad—. Estábamos jugando y no salió bien. —Intentó sonreír, pero el dolor que sentía rompió el gesto a mitad de camino.
—¿En serio? —Katia negó con incredulidad—. ¿Eso me vas a decir? ¿Crees que tengo cara de tonta?
Desde dentro de la casa, la madre de Joel apareció en la puerta.
—¿Qué fue ese golpe? —preguntó, mirando de uno a otro—. ¿Está todo bien? —Sus ojos se detuvieron en la sangre; se llevó una mano a la boca—. Dios mío…
Se apresuró a buscar algo en la cocina y volvió con un pañuelo húmedo.
—Toma, querido —dijo, extendiéndoselo a Mike—. Déjame ver eso.
Mike lo tomó.
—Gracias… De verdad no es nada.
—¿Nada? —intervino el padre de Joel desde el interior—. Acabo de escuchar un golpe que casi tira la puerta abajo y ahora veo sangre. ¿A dónde fue Joel?
Nadie respondió de inmediato. Katia volvió a mirar a Mike.
—¿Por qué se pelearon?
Mike apretó el pañuelo contra su labio.
—No fue una pelea.
—¿Entonces qué fue? —insistió ella—. ¿Y a dónde se fue?
—No lo sé —respondió Mike—. Dijo que tenía algo que hacer.
—¿A estas horas? —la voz de Katia subió un poco—. Es Nochebuena, Mike.
El padre de Joel apareció detrás de la madre con el teléfono en la mano.
—No responde —dijo con el ceño fruncido—. Ya lo llamé dos veces.
El ambiente empezó a tensarse aún más. La madre de Joel miró a Katia.
—Cariño… ¿qué está pasando?
Katia no respondió de inmediato. Seguía mirando a Mike, esperando algo: una explicación o algo que tuviera sentido, pero Mike solo negó levemente con la cabeza.