Carta 5
Fecha: 15 de septiembre de 2023
Para: Él
El otro día leí un cuento en la escuela; no sé por qué, pero me llamó mucho la atención, y como la psicóloga aún me obliga a escribir cosas, pues te lo voy a contar.
Érase una vez un pequeño ratón. Él vivía en una cueva muy grande y bonita con su esposa ratona y sus hijitos ratones; tenían mucha comida y eran felices. Un día, el ratón encontró un queso tirado en una zanja; era un queso muy grande, lleno de tierra, lodo y que olía muy mal. El ratón, triste y conmovido, decidió que lo llevaría a casa; ahí lo cuidó, lo limpió y se aseguró de que oliera bien. A su esposa y a los ratones les encantó la idea: todos amaban el queso, amaban su color, amaban su textura y amaban lo grande que era. Pero el ratón era diferente; el ratón se obsesionó, ya no podía pensar en otra cosa. Se quedaba todo el día y toda la noche mirando el queso, lo limpiaba y lo sacaba al sol, le contaba cuentos, le tejía ropa y lo abrazaba todo el tiempo; para el ratón ya no existía nada más, solo su amado queso.
Ah, pero el queso era un tramposo. El queso se sentía muy solo y quería que alguien lo amara, quería que alguien lo deseara solo a él, porque odiaba compartir; así que se esforzaba por brillar mucho y soltaba un olor muy fuerte. Cuando el queso se recuperó, no volvió con su familia; ahora le gustaba sentirse amado por el ratón. El queso siempre decía que aún no se sentía bien, que todavía estaba sucio y que no podía volver; él solo quería estar ahí. El queso sentía que al fin alguien vivía para él y prometió que ahora él viviría para el ratón.
Pero un día el ratón se levantó, puso una mesa grande con un largo mantel y colocó platos de todos los colores; puso frutas, postres y varios jugos. Cuando terminó, se dio media vuelta y empezó a caminar hacia el queso. Él, atemorizado, empezó a soltar mucho olor, empezó a brillar todo lo que pudo, pero no sirvió para nada: el ratón se lanzó encima de él y comenzó a devorarlo. Lentamente y con cortes muy pequeños, el queso poco a poco dejaba de existir. Cuando el ratón sació su hambre, agarró los trozos de queso que estaban en el suelo, los llevó hasta los platos y ahí los sirvió. Cuando terminó, el ratón se sentó a la mesa y miró a su alrededor; estaba solo. En la puerta había una nota, pero no la leyó. En la mesa, que antes era grande, ahora no cabían más que cuatro sillas; la cueva, bella y espaciosa, de repente no tenía luz, color ni dónde poner un pie. El ratón sonrió, levantó otro trozo de queso y continuó devorándolo.
La maestra dice que los cuentos siempre tienen un mensaje y que tenemos que identificarnos y aprender de ellos, pero yo no entiendo para nada este cuento. Sí, es interesante, pero me parece muy tonto: si el ratón amaba al queso y el queso amaba al ratón, ¿por qué hacerse daño? Ni siquiera sé con quién me tengo que identificar aquí, así que decidí que no seguiría pensando en esto, que lo dejaría atrás. Usaré este cuento para hacer otra fogata en el patio trasero, pero antes de irme y esperar no volver a escribir, tengo curiosidad: tú en esta historia… ¿eres el queso o el ratón?
Bye.
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La acera estaba fría. No solo por la noche, sino por esa quietud que se instala cuando la ciudad empieza a vaciarse de gente y a llenarse de ecos.
Mía caminaba despacio. Sus pasos eran suaves, medidos, como si cada uno estuviera pensado antes de tocar el suelo. Había algo en su forma de moverse que no correspondía del todo con su edad: demasiado control, demasiada calma, como si el apuro fuera un lujo que ya no se permitía.
El aire rozaba su piel con una frialdad ligera, constante. A lo lejos, un auto pasaba dejando tras de sí un murmullo que se deshacía rápido, como si la noche lo absorbiera sin esfuerzo. Las luces de los postes caían en intervalos sobre la acera, dibujando sombras largas que se estiraban y se encogían con su avance.
Mía cruzó frente a una vitrina apagada; por un segundo, su reflejo apareció en el vidrio. Se vio a sí misma: recta, silenciosa y lejana. Luego desapareció cuando siguió caminando. Había algo en la calle que parecía más vivo que ella: el leve zumbido de los cables, el crujido ocasional de alguna puerta mal cerrada, el tintinear distante de algo metálico movido por el viento… pequeños sonidos que ocupaban el espacio que ella dejaba vacío.
Se llevó una mano al abrigo, ajustándolo ligeramente. No por frío. Por costumbre. Sus ojos recorrían el entorno con discreción, sin prisa, pero con intención; no buscaba algo evidente, buscaba confirmar un lugar, una señal. Porque él la había citado ahí. No había dado muchos detalles; solo los suficientes.
Mía giró en la siguiente esquina. La luz era más tenue ahí, más amarilla, más cansada. La calle se estrechaba un poco y el sonido de la ciudad quedaba aún más lejos, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Se detuvo un instante, observó. Nada. Solo bolsas de basura apoyadas contra la pared, un contenedor metálico con la tapa ligeramente abierta y el olor denso que flotaba en el aire.
Siguió caminando, un paso, luego otro, hasta que lo vio de pie, apoyado junto al basurero. Su silueta apenas se recortaba por la luz débil del poste; el humo del cigarro subía lento, deshaciéndose en el aire frío. Mía no se detuvo de inmediato; siguió avanzando con la misma calma, con la misma elegancia silenciosa, como si ya hubiera sabido que iba a encontrarlo ahí. Como si todo ese camino solo hubiera sido una confirmación.
Entonces, a unos pocos pasos de distancia, finalmente habló:
—Aquí estoy —dijo Mía, con un tono que intentaba sostenerse en la neutralidad.
Él no respondió de inmediato. Inhaló profundamente el cigarro, como si necesitara ese segundo extra, y luego dejó salir el humo, girando apenas la cabeza.
—Detesto ese olor —murmuró Mía—. Me marea.