Carta 6
14 de febrero de 2024
Para: ……
Hoy gané el torneo regional.
Y bueno, debería emocionarme por esto, pero para poder sentir eso tendría que haber tenido ilusión, y en realidad ya sabía cómo iba a terminar. Fueron ocho rondas; la última contra un niño dos años menor que yo. Su apertura fue buena pero predecible, aunque ejecutó muy bien los primeros diez movimientos, así que tardé un poco más de lo que esperaba en derrotarlo. Al final, el árbitro terminó confirmando mi jaque mate.
Él ya había llegado antes que yo; había reservado una de las primeras sillas y tenía ese estúpido cuaderno en su mano. Cuando llegué, me revisó las aperturas, me preguntó si había dormido bien, si había desayunado o si tenía sed… en fin, preocupaciones innecesarias.
Cuando terminé la última partida no dijo nada por un momento. Solo me miró con esa cara que pone cuando está procesando algo y me dijo que el final pudo ser más limpio; y bueno, técnicamente tenía razón. Yo solo asentí y empezamos a caminar hacia el auto.
En el camino a casa puso música y no habló más del torneo. Yo solo miraba por la ventana a todas las personas y los autos pasar. Delia me mandó como doce stickers seguidos con trofeos, lo cual fue ridículo, como casi todo lo que hace, pero igual le agradecí. Mamá me abrazó cuando llegué a casa y me preguntó si tenía hambre.
A veces me gustaría no pensar mucho en lo que va a pasar, dejar de analizar hasta el más mínimo detalle; quizá así valoraría días como estos, pero si no lo hago, la cabeza me volverá a doler.
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Flores blancas; las flores siempre llevaban este vívido color, no porque fueran sus favoritas ni porque tuvieran algún significado especial que Emma pudiera explicar con claridad. Simplemente, la primera vez que fue no supo qué llevar y tomó lo primero que encontró en el puesto de la esquina; desde entonces repitió el gesto sin cuestionarlo, como si cambiar el color fuera una forma de admitir que llevaba demasiado tiempo haciendo esto.
El cementerio a esa hora tenía una quietud distinta a la del resto de la ciudad; no era el silencio de un lugar abandonado, sino algo más denso, más habitado, como si el aire ahí dentro tuviera memoria propia y prefiriera no ser interrumpido. Los árboles a los costados del camino principal dejaban pasar la luz en trozos irregulares que se movían levemente con el viento, dibujando sombras sobre la tierra que se estiraban y se encogían sin prisa.
Emma caminaba lentamente, con la cabeza agachada; conocía demasiado bien el camino. Tercera hilera desde la entrada, lado izquierdo, cuatro lápidas desde el árbol torcido que nunca terminaba de crecer del todo hacia arriba, como si algo debajo de la tierra lo empujara hacia un costado.
Se detuvo frente a ella.
La lápida era sencilla, casi austera. Piedra gris con el borde ligeramente desgastado por el tiempo y la humedad. No tenía adornos ni fotografías ni ninguno de esos pequeños objetos que la gente suele dejar como si los muertos pudieran tener preferencias. Solo el nombre, grabado con una tipografía limpia y sin dramatismo:
Mía Ortega.
Emma leyó las letras despacio, aunque ya las sabía de memoria. Algo en su pecho se contrajo, como siempre. Un pellizco breve y sin aviso que aparecía exactamente en ese momento, cuando sus ojos recorrían el nombre completo, y que desaparecía casi de inmediato sin dejar del todo claro qué era. No era culpa, o al menos eso es lo que ella se obligaba a creer; ya casi no se acordaba de los sucesos de aquel día, y cada día que pasaba iba olvidando pequeños detalles que hacían de ese día algo incierto. Pero el pellizco seguía apareciendo cada semana con la misma puntualidad silenciosa.
Dejó las flores al pie de la lápida, acomodándolas con un cuidado innecesario, como si la precisión del gesto compensara algo que no sabía nombrar. Luego se quedó de pie un momento más, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo; miró hacia los costados, buscando tal vez alguna señal, algún vacilo o alguna presencia. Nadie más venía. Llevaba casi siete años viniendo y nunca había visto a nadie detenerse frente a esta lápida. Ninguna flor previa que no fuera la suya, ninguna huella distinta en los días de tierra mojada, ninguna señal de que alguien más en el mundo recordara que esta persona había existido; y esto le parecía lo más injusto de todo el asunto.
—Lo siento —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie en particular—. Hoy tampoco encontré a nadie.
Dio media vuelta y se fue. Caminaba lento, sin prisa; había dejado de esperar algo del mundo que la rodeaba, o quizá, muy en el fondo, creía que era el mundo el que había dejado de esperar algo de ella.
Eran casi las seis de la tarde cuando las campanillas sobre la puerta sonaron igual que siempre, con ese tintinear delgado y un poco desafinado que parecía llevar años a punto de romperse sin terminar de hacerlo nunca. El olor a café negro y pan quemado la recibió antes de que sus ojos terminaran de ajustarse al interior; un olor que Emma había intentado varias veces describir, pero nunca había encontrado las palabras exactas. Con el tiempo había decidido que simplemente era el lugar, y que el lugar siempre cargaría con ese peculiar olor.
Estaba casi lleno para ser un martes. En la mesa junto a la ventana, un hombre mayor leía algo en su teléfono con los anteojos empujados hasta la punta de la nariz. Dos mujeres en el centro hablaban en voz baja, inclinadas sobre sus tazas como si compartieran un secreto que el café ayudaba a mantener. En el fondo, un chico con auriculares miraba la pantalla de su computadora con la expresión específica de alguien que lleva horas sin avanzar en lo que se supone que está haciendo. El tocadiscos giraba con su leve crujido habitual, la aguja rozando el vinilo con la paciencia de algo que no tiene apuro.