Para: Papá

Capítulo 7

CARTA 7

Fecha: 12 de abril de 2024

Para: Él

La psicóloga ya no me obliga a escribir estas cosas, así que no sé muy bien por qué lo hago; supongo que ya le agarré costumbre.

Nos mudamos hace unas semanas. El departamento nuevo es más grande y huele a pintura fresca; a mamá le encanta, pero a mí me da dolor de cabeza. Estoy pensando seriamente en derramar todos mis perfumes en las paredes para que el olor desaparezca, aunque no se lo digo a mamá, claro. Mi cuarto tiene una ventana que da a un árbol, lo cual me parece mejor que la pared que tenía antes; eso sí lo agradezco.

Emma está en su cuarto la mayoría del tiempo con la puerta cerrada; dice que tiene exámenes, que está practicando o leyendo algún libro… pfff, siempre dice eso. Yo aprendí a no preguntarle; no pregunto mucho porque luego se enoja y se pone más insoportable, así que la dejo y ya.

Zoé está feliz porque el cuarto nuevo tiene más espacio para sus cosas, y las cosas de Zoé son muchas porque ella no tira nada. En serio… absolutamente nada. Tiene guardado en una caja de zapatos debajo de su cama un muñeco sin cabeza, tres lápices sin punta, una taza de plástico rajada, un paraguas que no abre y envoltorios de chocolate de todos los colores. Cuando mamá le dijo que eso era basura y que lo tirara, Zoé se puso a llorar y le dijo que eran recuerdos; tanto fue el escándalo que ambas nos dimos por vencidas y nos fuimos. Vamos a dejar que Zoé guarde en su caja lo que quiera, aunque sospecho que esta es la razón por la que mamá no le da una mascota: sería horrible tener un animal pudriéndose bajo esa cama.

Papá le dio un abrazo y le dijo que había bondad en guardar lo que nadie quiere. Zoé se lo devolvió y le dijo que era el mejor; él le revolvió el pelo y le dijo que ya lo sabía. Eso le dio mucha risa a Zoé, a mí me pareció cursi y Emma solo torció los ojos… Qué diablos le pasa a esa chica.

La nueva escuela está bien. Tengo una compañera que se llama Renata y que habla demasiado, pero es graciosa; el profesor de historia es aburrido, pero el de arte nos deja pintar lo que queramos sin explicar por qué, y la verdad agradezco eso. Odiaría tener que ver a una mujer desnuda y haciendo poses frente a mí.

Ya no sé muy bien a quién estoy escribiendo, no lo hago muy seguido, pero al menos agradecería una respuesta; quiero decir, es de mala educación que alguien hable y que el otro no escuche, o tal vez hablar sin ser escuchado… En ese caso yo sería la maleducada. Diablos, tengo que volver a pensar en ello.

Bye.
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Joel abrió los ojos solo, como siempre, con esa claridad repentina y sin gracia de quien lleva años durmiendo en lugares donde el silencio podía romperse en cualquier momento. La luz que entraba por la ventana que daba al muro era blanca, sucia y directa, de mediodía, lo cual confirmó cuando giró la cabeza hacia el radio sobre la mesa. Las doce y cuarto.

Se quedó un momento mirando el techo sin moverse. El departamento tenía ese olor a encierro que se instala cuando nadie abre las ventanas y nadie cocina nada, y el único movimiento del aire es el que produce un cuerpo respirando. Joel lo había dejado de notar después de la primera semana. O quizás simplemente lo había aceptado como parte del inventario del lugar, junto con los resortes que sonaban bajo su peso y la pantalla negra del televisor que, desde la esquina, le devolvía su propio reflejo flaco cada vez que miraba en esa dirección.

Se levantó despacio, sintiendo el crujido viejo en sus huesos. Recogió la poca ropa que tenía del suelo, la metió en la bolsa de tela que usaba para eso y salió sin desayunar; para Joel, el hambre a esa hora ya era un ruido de fondo al que también se había acostumbrado.

La lavandería quedaba tres calles más allá, bajando por una acera rota donde el agua de la lluvia de la noche anterior se había quedado estancada en charcos grises. Joel dejó la ropa en la máquina, puso las monedas con dedos rígidos y esperó sentado en uno de los plásticos anaranjados que bordeaban la pared. Miró el tambor girar. El sonido de la ropa golpeando el metal era constante, monótono, sin sorpresas. Le resultaba, si era honesto, casi reconfortante. En ese lugar nadie le preguntaba su nombre, nadie lo miraba de reojo y el tiempo se medía en los minutos que tardaba en secarse una camisa. No pensó en nada en particular; solo miró girar la ropa y esperó. Al terminar, la dobló con más cuidado del que la situación requería, alineando las costuras con esa manía ciega de querer mantener el control de las cosas pequeñas. La guardó en la bolsa y empezó a caminar hacia el almacén.

Eran las tres y algo de la tarde. El sol pegaba de lado, alargando las sombras sobre la acera en esos ángulos oblicuos que solo existen a esa hora, cuando el día ya decidió hacia dónde va pero todavía no terminó de llegar. Joel caminaba con las manos enterradas en los bolsillos y la bolsa colgada del hombro, siguiendo la ruta de siempre, cuando el estómago volvió a protestar con más insistencia que antes. No había comido nada desde la noche anterior. Levantó la vista buscando algo —una tienda, un puesto de comida barata—, cualquier cosa que no requiriera sentarse demasiado tiempo ni hablar con demasiadas personas. No quería dar explicaciones, no quería contestar preguntas de cortesía. Fue entonces cuando lo vio.

Un local pequeño entre dos negocios cerrados de persianas oxidadas. El letrero de la entrada estaba casi apagado y con la mayoría de las luces rotas. La puerta tenía el vidrio empañado por el contraste entre el frío de afuera y el calor del interior. A través del vidrio se veían sombras moviéndose despacio, como si flotaran en agua. Joel no reconoció nada. Para él, la ciudad de antes se había borrado casi por completo, sepultada por los siete años de cemento y gritos que traía en la cabeza. Solo vio un lugar abierto donde conseguir comida, y entró.




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