Para: Papá

Capítulo 8

Carta 8

Fecha: 3 de agosto de 2024

Para: Él

Perdí otro concurso de dibujo. Mamá me abrazó y me dijo que está bien, que había puesto mucho esfuerzo y que eso era lo que importaba. Papá me dijo que mi dibujo era el más bonito de todos y que los jueces no sabían de “calidad”, lo cual fue muy amable; aunque los dos sabemos que no es verdad porque el que ganó era más bonito: una niña de mi clase que se llama Valentina y que dibuja ríos y montañas con una precisión que me da rabia admirar.

Pero a ver, yo sé perder, o al menos intento saberlo. El problema es esa cara que pone papá cuando dice que está bien; sonríe y todo, pero hay algo debajo de eso que yo no sé qué es, como cuando alguien dice que no tiene hambre, pero igual se queda viendo tu plato. No sé, tal vez exagero o solo busco una excusa para enojarme con alguien, así que probablemente me lo estoy inventando. Dios mío, poco a poco me estoy convirtiendo en Emma…

Y Emma… ella ganó el torneo regional de ajedrez en marzo, y luego lo volvió a ganar en junio. Mamá estaba muy emocionada, lo publicó en sus redes y todos le pusieron comentarios muy lindos; y bueno, está bien, se lo merece. Emma es buena en lo que hace y yo… bueno, no soy Emma ni me parezco a ella, eso también fue mentira. Solo que a veces me pregunto en qué soy buena yo; no lo digo con tristeza, lo digo porque es una pregunta legítima que todavía no sé cómo responder y eso me enoja, aunque sé que tampoco es el fin del mundo.

Zoé encontró otra piedra redonda en el parque el otro día y la metió en su caja de zapatos; dijo que era bonita porque no tenía ningún filo. Mamá le dijo que era una piedra común y corriente y Emma que era una tonta, que las piedras redondas son las que más tiempo llevan en el mundo porque el agua las fue puliendo poco a poco hasta quitarles todos los bordes… Como siempre, ella quitándole la magia a todo.

En fin, el año que viene lo intentaré de nuevo. Esta vez lo haré con un dibujo que no sea un tazón de frutas; ya entendí que a la gente no le gusta la vida sana. Bueno, los jueces eran profesores con panzas grandes, lo cual considero que fue un error de cálculo importante: de seguro si les dibujaba una hamburguesa con tocino y papas, quizá ese trofeo ahora mismo estaría en la sala junto con los de Emma. Sí… seguro que sí.

Bye.
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Emma empujó la puerta con un silencio que buscaba no molestar. Notó que las cajas seguían ahí; las vio desde la entrada antes de avanzar, apiladas contra la pared del pasillo con esa desorganización específica de una mudanza que todavía no terminaba de aceptar que había llegado. Algunas estaban abiertas, con los bordes doblados hacia afuera. Otras seguían selladas con cinta café, esperando que alguien tomara la decisión de abrirlas. En los costados había nombres escritos con marcador negro: cocina, living, varios… ese último término que siempre reunía todo lo que nadie sabía exactamente dónde poner.

Emma cerró la puerta detrás de ella con cuidado, dejó la mochila en el suelo junto al marco y se quitó el abrigo sin apurarse. El apartamento tenía ese olor mixto de pintura fresca y cartón húmedo que llevaba semanas sin terminar de irse. Se había acostumbrado a él de la misma manera en que se acostumbraba a la mayoría de las cosas: sin decidirlo, simplemente un día había dejado de notarlo. Caminó por el pasillo hacia la cocina.

Katia estaba de rodillas frente a una caja grande, con el cúter en la mano derecha y el ceño levemente fruncido de alguien que lleva un rato intentando descifrar su propia letra en el lateral del cartón. Tenía el cabello bien peinado y recogido; llevaba una camiseta blanca y larga con una mancha de algo que probablemente era pintura en la manga. A su alrededor había un semicírculo de objetos sacados de otras cajas: platos envueltos en papel periódico, una lámpara sin pantalla, tres marcos de fotografías apoyados contra la pared. No levantó la vista cuando Emma entró.

Emma abrió el grifo, llenó un vaso de agua y se apoyó en el borde del mesón, bebiéndolo despacio mientras observaba la escena con la misma atención con que observaba casi todo. Katia introdujo el cúter bajo la cinta de la caja grande y empujó con fuerza.

—Me vendría bien una mano —dijo, sin levantar la vista.

—Estoy ocupada —respondió Emma.

—Tomando agua.

—Es una tarea que requiere concentración. Si entra agua en mis pulmones, tardaría seis minutos en morir; ni siquiera tendrías tiempo de llamar a una ambulancia.

Katia levantó la vista apenas lo suficiente para mirarla con esa expresión que tenía, a medio camino entre la paciencia y la rendición, y luego volvió a la caja. Emma terminó el vaso, lo dejó en el mesón y siguió mirando. Afuera pasaba un auto con la música alta que se fue apagando a medida que se alejaba. El reloj de la cocina marcaba las seis y cuarto con ese tic constante que en el apartamento anterior no se escuchaba porque había más ruidos de fondo.

—¿Cómo va el club? —preguntó Katia, cortando otra tira de cinta.

Emma tardó un segundo en responder.

—Bien.

—¿Va bien porque pregunté, o bien porque no quieres hablar de ello?

—Solo bien, mamá.

Katia asintió despacio, como alguien que anota una respuesta sin necesariamente creerla del todo. Metió la mano en la caja y sacó algo envuelto en papel de burbujas que empezó a desenvolver con cuidado.

—Cariño, puedo notar que cuando vuelves de ahí —dijo sin apurarse— vuelves algo cansada. O no cansada exactamente; es algo distinto.

—Es que camino —dijo Emma—. Caminar cansa, sobre todo si ahora estamos más lejos.

—Siempre puedes tomar el autobús.

—Y estar rodeada de todo tipo de olores, no gracias.

—Emma…

Hubo un silencio breve donde ninguna de las dos cedió terreno. El papel de burbujas crujió entre las manos de Katia mientras terminaba de desenvolver lo que fuera que había adentro.




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