Para: Papá

Capítulo 9

CARTA 9

Fecha: 14 de diciembre de 2024

Para: Él

Hoy vinieron los abuelos por el fin de semana. No vienen muy seguido, así que cuando lo hacen es un poco raro al principio; bueno, más para mi mamá, porque yo me divierto mucho con ellos: siempre nos traen muchos regalos.

Esta vez la abuela trajo unas galletas con cocoa, las mismas que la última vez, pero ahora tenían gomitas pequeñas en cada una de ellas. El abuelo llegó con un sombrero nuevo que, según él, le quedaba muy bien, pero todos los demás estamos seguros de que no tanto; pero no hay que decírselo. Papá dice que es porque no queremos herir sus sentimientos, aunque Zoé se lo dijo una vez y el abuelo solo se rio; supongo que ser enana y tal vez un poco bonita tiene sus ventajas.

Después de comer, mamá y los abuelos se fueron a hablar solos a la sala, como generalmente lo hacen cuando están aquí. Nosotras nos quedamos en el cuarto de Zoé; bueno, Zoé y yo, porque Emma se fue a ese club y no llegó sino hasta cuando los abuelos ya se habían ido. A veces creo que lo hace a propósito, pero bueno, es Emma: con ella o todo tiene sentido o nada lo tiene.

Después Zoé quiso otra galleta y, como no quería que se pusiera a llorar, le dije que iría a traerle otra. Abrí la puerta despacio porque a mamá no le gusta que escuchemos "pláticas de adultos", como ella les dice, así que me asomé al pasillo y los vi. El abuelo hablaba en voz muy baja y mamá tenía las manos en el regazo mientras jugueteaba con sus dedos sin decir nada; la abuela tampoco decía nada, solo miraba por la ventana. No escuché nada porque hablaban muy bajo y, además, a mí no me interesan sus pláticas de adultos. Mi problema era que Zoé lloraría si no le llevaba otra y, como la psicóloga me dijo que me centre en una sola cosa a la vez, mi misión fue escabullirme entre los sillones hasta llegar al plato de las galletas y me lo llevé todo para el cuarto.

Cuando se fueron, el abuelo le dio un abrazo a mamá y le dio la mano a papá; sí, solo la mano, y la sostuvo un poco más de lo normal. Mamá asintió con la cabeza y el abuelo la soltó despacio. Qué raros son los adultos.

Ah, casi se me olvida: antes de que se fueran, vi al abuelo sentado solo en ese sillón que está afuera en el patio. Todos estaban en otros lados y él estaba así, con la cabeza apoyada en la mano; también tenía un vaso con algo adentro que no parecía agua ni jugo, porque el color era muy diferente, era más oscuro, y olía feo.

Se fueron después de cenar y mamá y papá estaban más callados hasta que llegó Emma, pero eso siempre pasa cuando se van.

Bye.
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El campus de la universidad siempre le pareció a Emma un ejercicio de simulación mal ejecutado. Durante sus primeras semanas, se había dedicado a observar a los chicos y chicas que llenaban los pasillos entre clase y clase, moviéndose en grupos ruidosos, compartiendo risas exageradas y dramas que caducaban a las veinticuatro horas. Los observaba mientras caminaba. Una chica con el cabello teñido de tres colores distintos reía con una carcajada que ocupaba todo el pasillo, como si el espacio fuera suyo por derecho. Dos chicos discutían algo con una intensidad que no correspondía a la hora, gesticulando con los cuadernos en la mano. Un grupo entero se había detenido frente a una puerta sin ninguna razón aparente, formando un bloqueo natural que nadie parecía notar ni querer resolver.

Emma los miraba y no los entendía. No de manera hostil. Era algo más parecido a lo que siente alguien que llega a una ciudad extranjera y reconoce a la gente hablar un idioma que ha estudiado en libros, pero nunca ha escuchado en vivo. Las palabras eran las correctas, pero el ritmo era distinto, la velocidad era distinta, y algo en la manera en que todos parecían saber exactamente dónde encajar le resultaba tan ajeno que era casi fascinante. Ella siempre supo que no sabía dónde encajar; no era nuevo. Pero aquí era más evidente porque todo el mundo parecía tener prisa por pertenecer a algo y Emma nunca había tenido esa prisa. La pertenencia le parecía un concepto interesante en teoría y agotador en la práctica.

Al terminar la última sesión de la tarde, Emma recogió sus cuadernos con su parsimonia habitual y se colgó la mochila al hombro; iba a salir por la puerta lateral, la que daba directo al pasillo que la conectaría con la puerta trasera que daba hacia la calle, y así evitaba el atasco de la entrada principal. El aire frío le golpeó la cara con esa puntualidad de siempre y Emma lo agradeció en silencio mientras buscaba los auriculares en el bolsillo del abrigo. Ya estaba cerca de la salida cuando una voz la detuvo desde dentro del aula:

—Emma. Un momento, por favor.

Se giró y vio a la profesora Sandoval recogiendo sus cosas y guardándolas en su pequeña maleta; empezó a caminar hacia ella con una carpeta bajo el brazo y una expresión que no era exactamente severa, pero que tampoco buscaba ser ignorada.

—Un momento, si puedes —dijo la profesora.

Emma guardó los auriculares.

—Yo… eh… a ver… —balbuceaba la profesora—. Te vi un poco desconectada hoy. Bueno, para ser honesta, te he visto desconectada durante todas mis clases. O sea, estás aquí físicamente, pero tu mente parece estar siempre en otra parte.

—Estaba escuchando —respondió Emma.

—Estabas presente. No es lo mismo.

—Presto atención, profesora. Puedo repetirle los últimos tres conceptos que anotó en la pizarra si lo prefiere.

La maestra soltó una breve sonrisa, negando con la cabeza. Abrió la carpeta, sacó una hoja y se la extendió. Emma la tomó. Era una descripción de un programa extracurricular de clases avanzadas de análisis y razonamiento lógico para estudiantes seleccionados; dos veces por semana, con acceso a recursos que la malla regular no incluía.

—No dudo de tus capacidades, Emma. He escuchado hablar de ti y sé perfectamente los reconocimientos académicos que llevas encima desde el colegio. Sé que eres una jugadora de ajedrez excepcional, que sueles destacar en varias asignaturas y no te suele dar miedo los debates públicos. De hecho, revisé tu expediente y vi que rechazaste una beca completa para estudiar en cierta universidad que, a mi parecer, es de mucho prestigio. —La mujer hizo una pausa, entornando los ojos—. Aunque en los papeles no dice el motivo, tal vez puedo intuir que es porque te asustaba la idea de estar tan lejos de casa. Es comprensible a tu edad.




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