CARTA 10
Fecha: 17 de octubre de 2024
Para: Él
¡Lo sabía! Finalmente pasó. Todo es culpa de esa niña. Ayer tuve una pesadilla con ese tonto ratón de Zoé; cada vez que abría su caja para asegurarme de que no hubiera ocultado nada malo, pensaba en ese ratón y en que, si estuviera vivo, me saltaría encima… Hasta que ayer soñé con eso. Juro que voy a hablar con Zoé de esto y le haré pagar. Me desperté gritando, aunque creo que el grito fue solo en mi cabeza porque nadie vino a ver qué pasaba. Tenía la garganta seca, como si hubiera tragado arena, así que me levanté para ir a la cocina por un vaso de agua.
Cuando estaba llegando al pasillo, vi que la luz estaba encendida, así que me asomé un poquito y vi a mamá lavando los platos; sip, a esas horas de la noche. Y a Mike al lado, limpiando la mesa con un trapo. Estaban hablando en voz muy baja, diciendo cosas que yo no alcanzaba a escuchar. Apenas los vi, decidí echarme para atrás. No me acerqué porque lo último que quería era que me inundaran con preguntas de por qué estaba despierta o qué clase de sueño había tenido, para terminar atrapada en una charla de media hora sobre por qué no hay que tenerles miedo a las pesadillas. Qué pereza.
Decidí darme la vuelta y regresar a mi cuarto para tomar agua directo del grifo de mi baño, que sale menos fría, pero al menos nadie me da discursos. Antes de irme, vi cómo papá se le acercaba a mamá por detrás muy despacio, le rodeaba la cintura con los brazos y apoyaba la barbilla en su hombro. Mamá no se movió; se quedó ahí, estática, dejando que la abrazara mientras seguía sosteniendo una taza húmeda. Pasó un momento, no sé cuánto, y entonces le dio dos palmaditas en los brazos y él la soltó.
Los dos volvieron a lo suyo como si nada. Quiero decir, nunca había visto a mamá y a papá abrazarse así. Ahora que lo pienso, no recuerdo haberlos visto darse un… beso. Aunque, la verdad, me dio un poquito de asco, así que pensé «¡Puaj!» para mis adentros, apuré el paso y me encerré en mi cuarto a dormir.
Qué raros son los adultos.
Bye.
_____________________________________________________________________________________
La lluvia golpeaba el vidrio con una insistencia mansa, rítmica, que convertía el muro de la ventana en una superficie borrosa y gris. Joel lo supo incluso antes de abrir los ojos por el sonido contra el cristal: ese repiqueteo constante y sin urgencia que no pedía atención, sino que simplemente estaba ahí, ocupando el silencio del cuarto con una presencia que no molestaba. Se quedó un momento sin moverse, con la vista fija en el techo, escuchando.
Lo vio cuando por fin se incorporó y se acercó a la ventana, apoyando la frente contra el vidrio frío. La calle debajo estaba mojada y vacía, con los charcos reflejando las luces de los postes en manchas anaranjadas que temblaban cada vez que una gota los golpeaba. Los pocos transeúntes que pasaban lo hacían rápido, con la cabeza baja y los hombros encogidos, como si el cielo fuera algo personal contra ellos. Nunca había terminado de entender por qué la lluvia le resultaba tolerable de una manera en que pocas cosas lo eran ahora. Había algo en ese gris uniforme, en esa luz plana que borraba las sombras y hacía que todo tuviera el mismo peso visual, que le daba al mundo un aspecto menos amenazante. Menos lleno de ángulos que vigilar.
Encendió el primer cigarrillo del día frente a la ventana, soplando el humo hacia el vidrio empañado. Luego recogió el abrigo del suelo, se lo puso y salió.
Las campanillas sonaron sobre su cabeza cuando empujó la puerta de la cafetería, con ese tintinear delgado que a estas alturas ya no le resultaba ajeno. Se retiró el buzo grueso e impermeable que llevaba casi destilando de agua, cerrando la puerta tras de sí. Pudo ver que el lugar estaba casi vacío. Solo un señor mayor en una mesa de la esquina, con el gorro de lana calado hasta la nariz y una taza vacía frente a él, permanecía inclinado sobre la silla con esa postura inequívoca de alguien que se quedó dormido sin proponérselo. La taza llevaba un buen rato vacía, a juzgar por cómo estaba acomodada, empujada al borde de la mesa con el descuido específico de quien ya no piensa en ella.
Joel recorrió el local con la mirada y, al pasarla por la mesa junto al tocadiscos, pudo darse cuenta de que estaba vacía. No había mochila colgada en el respaldo. No había piedras alineadas sobre la madera, no había mariposas atrapadas en un frasco ni servilletas manchadas de chocolate regadas por el suelo; solo la silla vacía y el tocadiscos girando con su crujido de siempre, indiferente a la ausencia.
Se sentó en el mostrador sin decir nada. Hilde ya estaba sirviendo el café antes de que él abriera la boca, con esos movimientos suyos que no consultaban ni explicaban nada. Dejó la taza y el pan frente a él y se alejó hacia la cocina.
Joel le dio una mordida al pan y puso sus manos alrededor de la taza, deseando por primera vez que el café estuviera caliente. Al darle un sorbo, volvió a mirar la mesa donde solía sentarse la niña. Llevaba semanas escuchando historias sobre piedras recogidas de ríos sucios, sobre una lista de ratones que tenía registrados en su caja, sobre peleas con sus hermanas por razones que cambiaban cada vez que las escuchaba; llevaba semanas intentando comer en paz mientras una voz pequeña y constante ocupaba el espacio de su silencio con una naturalidad que no pedía permiso.
Volvió a darle otro sorbo a su café. Era más tranquilo así, se dijo. Podía comer sin interrupciones, sin tener que sostener conversaciones que no había pedido, sin escuchar el inventario completo de las propiedades específicas de cada flor arrancada de algún jardín como si fueran objetos de museo. Volvió a mirar la mesa.
—No viene cuando llueve.
La voz de Hilde llegó desde detrás del mostrador. Joel no respondió.
—Sus padres la recogen en la escuela los días de lluvia —continuó Hilde, limpiando el mostrador con el trapo—. Así que, según ella, no tiene oportunidad de escaparse.