CARTA 11
Fecha: 12 de febrero de 2025
Para: Él
Ya van dos semanas desde que la casa se siente aburrida. Emma se fue a ese internado de verano del que tanto hablaban y todavía le faltan otras dos semanas para regresar; yo en realidad creo que no tiene ningún sentido. Emma es la persona más inteligente que conozco, ¿por qué demonios la obligan a estudiar en sus vacaciones? Mamá dice que es por su futuro y bla, bla, bla. Aunque Emma puede llegar a ser súper odiosa y a veces ni me habla, podría decir que solo quizá la extrañe un poquito, pero solo un poquito. Resulta que el silencio de su habitación me molesta más que sus constantes regaños.
Por cierto, ayer salí al parque con mamá y Zoé, y las cosas se pusieron feas, para variar. A Zoé se le perdieron dos de esas pincitas que se pone en el pelo para sujetárselo, unas que tenían forma de mariposa azul. Pasamos casi una hora agachadas en el césped buscándolas entre la tierra y el lodo. Mamá se cansó rápido; nos dijo que ya no perdiéramos el tiempo, que eran solo dos ganchos baratos y que mañana le compraría otros en el supermercado.
Pero ya sabes cómo es Zoé. No lo aceptó. Se puso a llorar con una desesperación horrible, diciendo que quería esas mariposas y no otras nuevas, y se agarraba de los columpios para que no nos fuéramos. Al final, mamá impuso su fuerza y se la llevó a rastras, casi cargada mientras Zoé pataleaba y lloraba, pero no la escucharon. Yo caminaba unos pasos más atrás, cargando mi mochila de la escuela y la de Zoé.
Antes de salir del parque, regresé a ver el césped por última vez y no pude evitar sentir algo raro en el estómago. No era por las pincitas, porque soy sincera, eran feas, y porque tampoco valen nada de dinero. Era porque Zoé de verdad las quería. Las quería muchísimo. Y tal vez, solo tal vez, si yo hubiera buscado mejor, o si hubiera tenido una linterna, o una lupa, ella no habría regresado a casa con los ojos tan hinchados de tanto llorar.
Odio cuando mamá hace las cosas a la fuerza. Siento que en esta casa las cosas se pierden y nadie hace un esfuerzo real por encontrarlas ni darles el valor que se merecen. Y seguro que es por eso que mamá aceptó mandar a Emma a ese lugar a estudiar. Pobre, se va a perder cuatro capítulos de esa serie nueva de Netflix. Sorry, pero yo no voy a esperar a que venga para verlos; necesito saber cómo rayos le hizo ese detective para matar a esa señora sin que nadie se diera cuenta.
Bye.
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El frío de la calle la recibió como una bofetada, pero Emma ni siquiera parpadeó. Comenzó a caminar bajo la lluvia sin rumbo fijo, dejando que el agua torrencial le empapara el cabello y le resbalara por la frente. Agradeció la tormenta. Había algo extrañamente útil en ese aguacero feroz: las gotas gruesas que le golpeaban las pestañas camuflaban las lágrimas que no podía dejar de derramar, diluyendo su llanto en el asfalto mojado. Para el resto del mundo, solo era una estudiante más corriendo bajo el mal clima. Para ella, era la única forma de no volverse loca mientras sentía la mejilla izquierda arderle bajo la piel.
Casi por instinto, sus pasos la llevaron de regreso a la floristería. Empujó la puerta de vidrio, haciendo sonar la campanilla, y entró arrastrando los pies. Estaba completamente empapada, destilando agua sobre las baldosas del local y dejando un rastro húmedo a cada paso. La encargada la miró de reojo, notando el temblor en sus hombros y la rigidez de su postura, pero con la sutil prudencia de los comerciantes de ese barrio, decidió no decir nada. Emma dejó las monedas exactas sobre el mostrador, tomó el ramo de flores blancas de todas las semanas contra su pecho y volvió a salir a la tormenta.
Caminó las dos calles restantes hasta el cementerio. Cruzó las grandes rejas de hierro y enfiló el sendero de adoquines, siguiendo la ruta que ya conocía de memoria. Sin embargo, al doblar la esquina de los cipreses, Emma ralentizó el paso. No había nadie en esa sección casi nunca. En siete años jamás había visto detenerse a nadie frente a esa lápida específica. Sin embargo, ahí estaba una señora mayor de pie, completamente inmóvil, justo frente a la tumba de Mía. No llevaba flores; solo sostenía un paraguas oscuro con una mano y una pequeña cartera de cuero colgando del antebrazo. Vestía un abrigo largo de un tono azulado que parecía absorber el gris de la tarde. Parecía tener más de cincuenta años, pero mantenía una postura erguida, casi aristocrática. No hacía nada más; solo miraba la inscripción sobre el mármol con una fijeza pesada, una mirada que cargaba con una melancolía profunda, del tipo que tienen las personas que llevan años arrastrando el mismo dolor en silencio.
Emma se detuvo a unos metros, asimilando la presencia de la desconocida. Al darse cuenta de que se estaba quedando de pie mirando más de lo debido, sintió un golpe de timidez y quiso dar media vuelta para marcharse antes de ser descubierta. Pero al retroceder a ciegas, chocó ruidosamente contra el borde de una lápida de granito a su lado. El sonido rompió el murmullo de la lluvia. La anciana volteó la cabeza lentamente.
Sus miradas se cruzaron. La mujer tenía unos ojos de un azul pálido, levemente nublados por la edad, pero que conservaban una gracia y una simetría inequívocas, el vestigio evidente de un pasado donde debió de haber sido una mujer hermosa. Sus ojos bajaron de la cara empapada de Emma hacia el ramo de flores blancas que la chica apretaba contra su abrigo húmedo.
Al verse acorralada, Emma renunció a la huida. Para disimular su intrusión, avanzó a pasos mecánicos hacia la hilera y se detuvo frente a una tumba ubicada a dos espacios de la de Mía. Bajó la vista y forzó los ojos a leer el nombre inscrito en el mármol desgastado: un tal Javier, seguido de un epitafio genérico que rezaba: «Buen amigo, excelente persona».