Para: Papá

Capítulo 13

CARTA 13

2 de febrero de 2026

Para: Joel Hernández

Encontré ese gorro de lana azul que le compraste a Emma mientras rebuscaba en algunas cosas viejas. Antes decía que era demasiado importante para ella; no sé en qué momento decidió callar eso también. La cosa es que, en ese entonces, ella se acercó a mí y me confesó algo que en su momento me sorprendió demasiado; no por el evento como tal, sino por lo que habrá significado que haya decidido contármelo. Verás, hace algunos años, cuando ella tenía entre catorce o quince años, no recuerdo bien, declaró su amor por primera vez. Era un amor simple, sencillo, sin demasiado revuelo, pero el primero, y quizá ahí es donde radica su peso. Para su desgracia y la mía, esta historia nunca tuvo un final, no hubo un cierre, y mi mente decidió guardarla en pausa. Con el paso del tiempo la olvidé, o al menos eso creí.

Hasta que aquí estoy, años después. Mientras sostengo este gorro en las manos, ese recuerdo pausado despertó y me atacó sin compasión. Pasé días intentando entender por qué me sentía así, por qué esta historia en singular me tenía tan atrapada, hasta que de pronto lo entendí: y es que yo también tengo una historia similar, o bueno, algo similar contigo. Algo que creía haber superado y que estaba volviendo a doler como si nunca se hubiera ido. Entendí que, al no haber tenido un cierre adecuado, mi mente conservó esa historia esperando inconscientemente que continuara en algún momento, pero ese momento nunca llegó. Así que, en una de esas madrugadas donde mi cabeza no me da tregua, decidí romper con todo esto de la única manera en la que puedo hacerlo: escribiendo. O al menos es lo que ha estado funcionando en las niñas últimamente, por lo que mi carta dice así:

Hoy he decidido soltar aquello que cargué por mucho tiempo. No porque quisiera, sino porque llegué a creer que aún podía concretar lo pendiente que quedó atrás. He cargado con eso sin darme cuenta, confundiendo el peso del dolor con compañía, pero hoy he decidido soltarlo. No porque realmente quiera, sino porque profundamente lo necesito. No puedo seguir permitiendo que una ilusión inexistente me haga daño. Tu madre solía decirme que siempre hay tiempo para todo, así que creo que hoy es tiempo de soltar esta piedra que he cargado sin saber por qué ni desde cuándo. Me duele un poco, no lo voy a negar, porque soltar también es una forma de despedirse, pero en este dolor hay algo distinto: no es vacío, es alivio. Y aunque mis manos tiemblen al dejarla caer, sé que al fin quedan libres para sostener algo nuevo, algo real.

Voy a guardar este gorro donde Emma lo dejó, en esa misma caja donde ella decidió esconder lo que ya no podía cargar. Y creo que, después de tanto tiempo, por fin entiendo por qué lo decidió así. Quizá es hora de que yo también guarde el mío.

Atte. Katia
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El parpadeo blanco de los tubos fluorescentes en el techo fue lo primero que le devolvió la conciencia, acompañado de un olor penetrante a antiséptico y a sábanas almidonadas. Joel parpadeó con pesadez, sintiendo la boca seca y un zumbido sordo taladrándole los oídos. Al intentar mover la cabeza, una punzada feroz le recorrió la mandíbula y las costillas.

—¿Dónde estoy? —alcanzó a arrastrar las palabras, con la voz pastosa y la garganta irritada.

Una enfermera que revisaba unos monitores a un costado de la cama se giró a mirarlo.

—En un hospital —respondió ella con tono profesional.

Joel soltó una bocanada de aire áspera.

—Eso es algo obvio… Pero ¿en cuál?

La enfermera abrió la boca para contestar, pero fue interrumpida por dos golpes secos en la puerta de madera del cuarto. Ella suspiró, caminó hacia la entrada y entornó la puerta apenas unos centímetros. Joel la observó hablar en voz muy baja con alguien que permanecía oculto en el pasillo. Tras un intercambio breve, la mujer cerró el marco, regresó al pie de la cama y anotó algo en su tabla.

—Lo trajeron ayer por la tarde, inconsciente —explicó, mirándolo de arriba abajo—. No llevaba ningún documento de identidad sustancial en su billetera, señor; solo unas sábanas nuevas y un par de billetes arrugados. Tuvimos que recurrir a los servicios sociales y al sistema de huellas para rastrear a algún familiar a quien poder llamar. Su contacto ya está afuera; va a entrar en unos minutos.

Joel frunció el ceño e hizo el intento de apoyar los codos para incorporarse, pero la enfermera lo detuvo de inmediato.

—Le recomiendo que no se mueva. Quédese acostado.

—No tengo seguro médico —soltó Joel, retirándole la mano con un movimiento tosco—. Ni dinero para pagar esto. Me tengo que ir.

—Eso no es un problema, todo el ingreso ya está cubierto por su familiar, así que no se preocupe y recuéstese —insistió ella, ajustando el gotero de la vía—. Necesito hacerle unas preguntas de control. ¿Puede decirme su nombre completo y la fecha de hoy?

Joel desvió la mirada hacia la ventana, reacio, pero la fijeza de la mujer lo obligó a ceder.

—Joel Hernández… Y estamos en… 2026.

—Bien. ¿Recuerda qué pasó exactamente antes de que se desmayara en el estacionamiento del centro comercial?

La mente de Joel regresó de golpe al frío del concreto, al olor a humo de tabaco y a una bota triturándole las costillas. El pánico le oprimió el pecho, pero sostuvo la mirada de la enfermera sin pestañear.

—Me asaltaron. Me quitaron lo que llevaba, traté de resistirme, pero me golpearon. Eso es todo.

—¿Tiene dolor de cabeza intenso? ¿Náuseas?

—No. Estoy bien, ya me quiero ir.

—Tiene una costilla fisurada y varios hematomas severos en el torso y el rostro —replicó ella con severidad—. Además, los doctores dejaron anotado en su expediente que tiene varias cicatrices antiguas y profundas en la zona de la garganta. ¿Cómo ocurrió ese accidente?

Joel apretó la mandíbula y clavó los ojos en la pared, sumiéndose en un silencio sepulcral. La enfermera notó la rigidez de su cuerpo y, con una mueca de resignación, decidió no insistir.




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