Carta 12
20 marzo de 2025
Para: El
Te odio.
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Joel salió de su habitación empujando la pesada puerta de madera. El clima estaba cambiando rápido; se acercaba el invierno y el frío de las noches ya comenzaba a colarse por las rendijas de las paredes, recordándole que su cuerpo desgastado no iba a soportar mucho tiempo más con la única cobija rala que tenía en la cama. Se vio obligado a salir. Necesitaba comprar unas sábanas extras o más gruesas, lo que fuera, con tal de pasar las noches sin despertar con los huesos entumecidos.
Tomó el autobús hacia el centro comercial. Sentado junto a la ventanilla, Joel se limitó a mirar el trayecto con desgano, observando el microcosmos que se movía a su alrededor dentro del vehículo: el roce de los abrigos húmedos, el murmullo de las conversaciones ajenas y la apatía de los pasajeros. Al llegar a su destino, el autobús se detuvo; se bajó, pagó lo justo y caminó hacia la entrada del complejo. Al cruzar las puertas de vidrio, el bullicio lo rodeó de golpe. Joel avanzó como un fantasma, completamente ajeno al entorno, esquivando con la mirada a los grupos de amigos que reían, a las parejas y a las familias con niños pequeños que caminaban de la mano de sus padres. Esas imágenes siempre le causaban un pinchazo áspero en el estómago, así que aceleró el paso.
Durante media hora buscó con la mirada entre los locales hasta que localizó una tienda que parecía vender lo que buscaba. Al entrar, se acercó al mostrador y preguntó por las sábanas de invierno. La dependienta le mostró un par de opciones, pero al revisar las etiquetas, Joel sintió que el aire se le encogía: todas eran ridículamente caras, saliéndose por completo del presupuesto miserable que manejaba.
—¿No tiene algo más pequeño? —preguntó Joel, carraspeando—. Más económico.
—Le puedo ofrecer las infantiles, caballero —respondió la mujer con un tono de voz que dejaba entrever que esperaba con ansias el fin de su turno—, esas le cuestan cuarenta y cinco dólares más impuestos.
Joel apretó los labios. Cuarenta y cinco dólares seguían siendo demasiado para él. Agradeció y se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, asumiendo que tendría que comprar las más delgadas y apilarlas unas sobre otras, cuando una mano grande, pesada y brutalmente familiar se posó sobre su hombro.
El mundo alrededor de Joel se detuvo en seco. No le hizo falta regresar a ver para saber quién era; el miedo le entró como una descarga eléctrica que le hizo temblar las rodillas de inmediato. El pánico lo paralizó por completo y el bullicio del centro comercial se transformó en un zumbido lejano y sordo.
Desde su lado, una voz ronca, oxidada y cargada de una oscura confianza rompió el aire:
—Deme la grande. Yo lo pagaré.
A Joel se le secó la boca de golpe. De repente, la garganta le volvió a doler de la misma manera que aquel día en la cárcel, cuando cierto objeto de gran tamaño había sido forzado a entrar por ahí, mientras él, atado de pies y manos, se esforzaba por no gritar. Se sintió pequeño, ridículamente indefenso, como un niño perdido en medio de un bosque cerrado, rodeado de monstruos por todos los flancos.
La encargada, ajena a la situación, le extendió la sábana en un envoltorio transparente, mientras el hombre extendía su tarjeta y recibía una factura a cambio.
Vargas, sin aflojar el agarre de sus dedos de piedra sobre su hombro, comenzó a caminar, guiándolo hacia la salida de la tienda. Joel no mostró la más mínima resistencia; sus músculos no respondían, su cerebro había entrado en un estado de sumisión absoluto provocado por el trauma. Quería correr, quería gritar, quería darse la vuelta y destrozarle la cara a puñetazos, pero su cuerpo era una masa de plomo que solo obedecía el empuje del oficial.
—No tienes idea de cuánto tiempo te he estado buscando, Hernández —le siseó Vargas al oído mientras avanzaban, dándole tres palmadas en la espalda—. ¿Cómo ha estado mi muchacho favorito, eh?
Joel no respondió. Tenía la vista fija en el suelo, viendo cómo los zapatos de Vargas lo conducían inexorablemente hacia la zona del ascensor que bajaba al estacionamiento subterráneo.
—La cárcel es muy aburrida desde que te fuiste —continuó con una risa baja que le revolvió el estómago—. Es una putada que la institución no dé información sobre dónde se hospedan las personas en tu condición, pero bueno… no pasa nada. Ya estás aquí. Tenemos mucho de qué hablar, Hernández. Muchísimo.
Las puertas del ascensor se abrieron. Vargas empujó a Joel hacia el interior de la cabina metálica y presionó el botón del subsuelo. Mientras las puertas automáticas comenzaban a cerrarse lentamente, reduciendo el mundo exterior a una línea vertical cada vez más estrecha, lo último que Joel alcanzó a ver antes de quedar sepultado en la oscuridad del subterráneo fue a un padre que cargaba a su hija en hombros, ambos sonriendo mientras compartían un helado. Luego, el metal se cerró por completo.
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El auto sedán oscuro se detuvo frente a la casa. Emma bajó del vehículo despacio, sintiendo el cuerpo pesado y la mente todavía aturdida por la revelación de la tarde anterior. Se apoyó en el marco de la puerta antes de cerrarla. Desde el asiento del conductor, la mujer la miró con esos ojos pálidos que ya empezaban a olvidar cosas, pero que aún conservaban una profunda calidez. Le estiró el brazo y le entregó un pequeño trozo de papel con un número telefónico escrito a mano.
—Si alguna vez necesitas a alguien con quien hablar, Emma… o si tienes alguna otra pregunta que hacer, si quieres una taza de chocolate caliente o simplemente un hombro en el que llorar, puedes llamarme —le dijo con una sonrisa suave. Antes de que Emma pudiera agradecerle, la mujer la observó con detenimiento—: Sabes… me recuerdas mucho a mi hija. Siempre que ella se disponía a hacer algo importante, ponía exactamente esa misma cara que tienes ahora. Te deseo mucha suerte, mi niña.