Para: Papá

Capítulo 14

Carta 14

Para: Él

20 de marzo de 2026

En el taller de arte de la escuela nos pidieron pintar a nuestra familia para las exposiciones de Navidad, así que pinté a mamá, a Zoé, a Emma y a mí. Pero como todos pintaban a sus familias con vestidos largos y ropa bonita me parecía muy aburrido, decidí que las pintaría a todas como personajes de películas de terror. Pensé que sería divertido: pinté a mamá como un ogro enojado, a Zoé como Chucky, a Emma como La Llorona por cómo grita cuando agarran sus cosas, y por supuesto a mí como Michael Myers.

A nadie más le gustó.

Mamá me regañó todo el camino hasta la casa y, cuando estábamos cenando, le pasó el cuadro a papá para que lo viera. Él no dijo nada. Se le quedó viendo fijamente durante un rato y después me miró a mí. Tampoco abrió la boca, pero no soy tan tonta y pude notar que estaba molesto. No entiendo bien por qué le afectó tanto un cuadro, pero ese silencio en la mesa era molesto.

Esa misma noche, apenas terminé de recoger los platos, agarré el lienzo, lo hice bola hasta que el papel grueso se rompió y lo tiré al cesto de la basura afuera de la casa. Me dio tanta vergüenza haber pensado que era una buena idea que preferí deshacerme de él. Podrás notar que usé la palabra «pensé» en pasado, y es que acaba de pasar algo que me hizo reír mucho y también cambiar de opinión.

Hoy, cuando Emma estaba en su club de ajedrez, entré a su cuarto a buscar un cargador que me había prestado la otra vez. Pensé que, si ya me lo había prestado una vez, lo volvería a hacer, y como no estaba para preguntarle, solo entré y ya. Cuando estaba buscando debajo de su escritorio, entre un montón de cuadernos y libros pesados, estaba ahí: el cuadro que había botado la noche anterior, bien escondido entre todos esos libros.

Emma lo había sacado de la basura. Lo desplegó y pegó las partes rotas por detrás con tiras de cinta transparente. «Así que La Llorona, después de todo, sí puede llegar a lamentarse por sus hijos», pensé, y me causó mucha gracia.

No toqué el lienzo. Solo agarré el cargador, cerré el cajón y me salí despacio sin mover nada más.

Emma siempre me ha dicho que si entro a su habitación sin su permiso me va a obligar a comerme diez gusanos grandes y feos de la tierra. Y como lo decía con esa cara seria y amargada que siempre tiene, pues sí le creí; pero hoy, mientras caminaba de regreso a mi cuarto, me quedé pensando en la cinta adhesiva en la espalda de mi pintura y ya no estoy tan segura de que de verdad sea capaz de hacerme eso.

Ojalá tú hubieras podido ver el cuadro antes de que lo rompiera.

Bye.

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Emma caminaba de un lado a otro sobre la acera, con las correas de la mochila pesándole en los hombros. No había ido a la universidad. Llevaba el teléfono apretado en la palma de la mano, la pantalla encendida mostrando una serie de dígitos que parecían quemarle los ojos. Era el número que le había dado Helena.

Sentía un recelo profundo, una especie de vértigo amargo ante la idea de marcar, de preguntar, de excavar aún más hondo en una tierra que llevaba años sepultada. Sabía que, si cruzaba esa línea, si hacía esa pregunta en voz alta, las cosas jamás volverían a ser como antes. Aunque, pensándolo bien, nada podía ser peor que la situación en la que ya se encontraba.

De verdad lo intentó. Presionó el botón verde, se llevó el aparato al oído y esperó. Pero en cuanto escuchó un «¿Hola?» seco al otro lado de la línea, un pánico helado le recorrió la garganta. Colgó de golpe.

Dejó ir un largo suspiro de resignación, guardó el teléfono en el bolsillo y continuó caminando sin un rumbo fijo, hasta que sus pies, por puro hábito, la llevaron a la cafetería.

El letrero de Abierto aún no estaba colgado en el cristal; era demasiado temprano. Aun así, Emma empujó la puerta de madera, haciendo sonar las pequeñas campanas. Dentro, el aire olía a humedad y a limpiador de pino. Hilde estaba de espaldas, concentrada frente a la barra, armando la cafetera industrial pieza por pieza, entre el tintineo del metal y el vapor acumulado.

Emma caminó en silencio y se sentó en uno de los taburetes altos frente al mostrador.

Hilde no se giró a mirarla, pero el sonido de sus pasos pesados era inconfundible.

—¿No es un poco temprano para que estés rondando por aquí? —dijo Hilde sin detener el ensamblaje de un tubo de cobre.

—Te molesta si llego tarde o si llego temprano. Decídete de una vez —respondió Emma, dejando caer la mochila al suelo—. Además, te recuerdo que no tienes un horario fijo. Un cliente es un cliente a la hora que sea.

Hilde dejó una llave inglesa sobre la mesa con un golpe seco.

—Un cliente es el que paga la cuenta, querida. Y tú tendrías que trabajar aquí hasta los cincuenta años para terminar de pagarme todo lo que me debes.

Emma no respondió. Se limitó a hacer una mueca torcida con la boca y se quedó callada, apretando los dientes.

Hilde finalmente se dio la vuelta. La observó en silencio durante un par de segundos, analizando las ojeras marcadas de la chica y la postura rígida de sus hombros.

—¿En qué andas metida ahora? —preguntó con tono neutro.

—Tuve una semana larga —soltó Emma, mirando hacia el mostrador—. Solo quería tomarme un día de descanso.

—Tienes casi diecinueve años y ya suenas como una mujer divorciada —replicó Hilde, negando con la cabeza.

Emma no dijo nada. Se quedó con la mirada perdida en la nada, extendiendo los brazos sobre la barra de madera gastada y apoyando el mentón directamente sobre la superficie fría.

Hilde dejó escapar un suspiro pesado. Rodeó la barra y se sentó en el taburete que estaba justo frente a ella. Emma movió ligeramente la cabeza para mirarla de reojo.

—¿Esto tiene algo que ver de nuevo con aquella chica? —preguntó Hilde, bajando la voz.




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