Para: Papá

Capítulo 15

Capítulo 15

El ambiente en la cafetería parecía detenido en una rutina anestesiada. El aire pesaba lo mismo de siempre, cargado de un olor rancio a café recalentado y humedad acumulada en las vigas de madera. A través de las ventanas, el sol de las casi seis de la tarde comenzaba a ceder espacio a un crepúsculo cenizo; la luz se arrastraba oblicua sobre las mesas de fórmica. Un par de clientes apuraban los últimos sorbos de sus tazas antes de marcharse en silencio, mientras Hilde, tras el mostrador, mantenía el ritmo monocorde de secar la vajilla con un trapo raído.

En la esquina del mostrador, Joel no estaba triste, pero sí sumergido en un sopor pensativo que le arrugaba el entrecejo.

—Quita esa cara de pocos amigos —dijo Hilde sin mirarlo directamente, pasando el trapo por el borde de una taza de loza—. Me vas a espantar a los pocos clientes que quedan.

—La fachada del lugar ya se encarga de eso —respondió Joel, con la voz apagada.

Hilde dejó la taza a un lado y lo observó por encima de sus anteojos.

—¿Entonces? Llevas así desde ese día que fuiste a buscar esa bolsa con la niña.

Joel soltó un largo suspiro que le desinfló los hombros. Miró el fondo negro de su taza antes de hablar.

—¿Tienes hijos?

—Sí —contestó ella de inmediato, con soltura.

Joel se sorprendió un poco. La miró a la cara, pero no dijo nada durante un par de segundos. Luego, bajó la cabeza.

—Yo tenía tres hijas.

Hilde detuvo el movimiento del trapo.

—¿Cómo que tenías? —lo interrumpió, alzando una ceja—. ¿Acaso se murieron o algo?

—No —respondió él, descolocado.

—Entonces tienes hijas, nada de «tenía».

Joel hizo un gesto de fastidio, arrugando la frente, y continuó:

—Hace mucho tiempo que no las veo. A ninguna de las tres.

—¿Por qué?

—No lo sé —admitió Joel—. Quizá no tengo cara para verlas de frente o tal vez me da vergüenza mirarlas a los ojos.

Hilde no dijo nada más en ese instante. Volvió a lo suyo, caminando hacia el otro extremo de la barra para servir café a un hombre que esperaba en silencio. El sonido del líquido cayendo y el tintineo de la cucharilla llenaron el vacío. Al cabo de unos minutos, regresó frente a Joel, apoyó los puños sobre la madera gastada y, con la voz un punto más baja, preguntó:

—¿Eres un asesino, Joel?

Joel se erizó, molesto.

—No… ¿Qué clase de pregunta es esa?

—La clase de pregunta que debiste haberte hecho a ti mismo hace mucho tiempo —replicó ella con serenidad firme.

—Lo sé —dijo Joel, apretando los dientes—. Sé que no soy un asesino. Yo no maté a esa chica. Solo la conocí una noche y después…

Se detuvo en seco. La frase quedó flotando en el aire. Se dio cuenta, con un latigazo de impotencia, de que ni siquiera él sabía con certeza qué demonios había pasado después de esa noche.

—Me incriminaron —continuó en voz baja—. Al principio creí saber quién lo hizo, pero con el paso de los años esa suposición se volvió tan absurda que simplemente dejé de creerla.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Hilde.

—Creyera lo que creyera… da igual. No importa. Incluso hasta el final traté mal a las personas que solo intentaban ayudarme.

Hilde lo miró con detenimiento.

—¿Y entonces cuál es el verdadero motivo por el que no has vuelto a ver a tus hijas en todo este tiempo?

Joel soltó una risa amarga, cargada de burla hacia sí mismo.

—Porque estaba en la cárcel, Hilde.

—Eso es lo obvio —sentenció ella sin ceder un milímetro—. Pero ya llevas tiempo fuera y sigues aquí, metido en este rincón, siendo el mismo hombre patético que eras cuando cruzaste la puerta de la prisión. Y apuesto a que eras igual antes de entrar en ella.

—¿Por qué no vas a joder a otra persona?

—Escúchame bien —dijo la mujer, inclinándose un poco hacia él—. La vida se compone de varias realidades. Varios mundos viven dentro de cada persona y, por ende, nos componen varias verdades y mentiras. Para ti, es una mentira que seas un asesino y es una verdad que te incriminaron, que injustamente te quitaron todo lo que amabas. Pero ese es el punto: esa es tu verdad. Solo tuya. La verdad en la que viven a diario las demás personas es completamente diferente, y eso aplica para tus hijas.

—No lo entiendes…

—Para tus hijas es alarmantemente real que eres un asesino y que merecías estar en la cárcel —la interrumpió Hilde—. Y eso no es su culpa. Al igual que a ti, a ellas las obligaron a habitar en esa realidad.

Joel se quedó en silencio. Mantuvo la mirada fija en el vaso de agua que tenía al lado, observando su propio reflejo distorsionado en la superficie cristalina.

—Tú no puedes cambiar la verdad en la que has vivido —continuó Hilde, bajando el tono, pero manteniendo el peso en cada palabra—. Todo esto te va a perseguir siempre. Pero lo que sí puedes hacer es demostrarte a ti mismo que no eres el monstruo que condenaron.

—¿Y cómo se supone que haga eso? —dijo en tono burlón.

—Puedes cambiar la verdad en la que ellas viven.

—No puedo hacer eso —murmuró Joel, negando despacio con la cabeza—. Si me acerco, lo más probable es que termine haciéndoles más daño. Ahora están bien. No me necesitan para esto. Lo mejor sería que me fuera lejos.

Hilde soltó un largo y cansado suspiro. Negó con la cabeza y murmuró para sí misma:

—Ambos son igual de tercos…

—¿De qué hablas?

—Hablo de que he tenido que lidiar con gente como tú durante mucho tiempo —dijo ella, tomando una taza limpia y un trapo seco—. Y estoy harta de que la gente asuma que soy algún tipo de consejera espiritual.

—Entonces quédate callada y déjame en paz.

Hilde guardó silencio.

Por unos instantes, el ambiente de la cafetería se volvió extrañamente pesado. El aire mantenía su densidad habitual, sofocante y estancado. A su alrededor, los pocos clientes continuaban comiendo o mirando al vacío, ajenos por completo a la conversación de la barra. Alguien apuraba las últimas gotas de su taza y era evidente que Hilde tendría que acercarse pronto a rellenarla. El reloj de pared marcaba casi las seis de la tarde; la penumbra del exterior avanzaba rápido sobre la calle y las tazas vacías se acumulaban en las mesas abandonadas.




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