Para: Papá

Capítulo 16

Capítulo 16

Emma iba recorriendo los pasillos de la universidad con el pulso acelerado, un poco estresada y profundamente molesta. A lo largo de la mañana, amigos, compañeros de clase e incluso gente cuyo nombre ni siquiera conocía se le habían acercado para hacerle preguntas que la incomodaban sobremanera: ¿Qué pasó en la sala de profesores con tu madre? ¿Faltaste a un examen tan importante? ¿Ella te golpeó o tú la golpeaste? E incluso rumores absurdos que exageraban la situación asegurando que todo se debía a que tenía un novio al que su madre no aprobaba. Más de uno se atrevió a preguntarle directamente qué se sentía vivir con una madre así, a lo que Emma no respondía más que con monosílabos helados, evitando a toda costa dar detalles porque simplemente le resultaba insoportable hablar de su vida privada y, sobre todo, de su madre.

A su alrededor, mientras caminaba, el ambiente era un hervidero de ruido. Era la hora de cambio de clase y los estudiantes abarrotaban los pasillos cambiando de aula, haciendo planes para faltar a la siguiente asignatura o preparándose para ir a sus casas. Emma escuchaba conversaciones a medias, risas desordenadas y cazaba una que otra mirada furtiva dirigida hacia ella cuando pasaba. Podía ver cómo algunas chicas se acercaban a los oídos de sus amigas para susurrarles algo que no lograba escuchar, pero que sabía perfectamente a qué se refería.

Emma solo suspiró. Se preguntó en silencio si esa sería su vida de ahora en adelante. Aunque intentaba convencerse de que no le importaba, se dio cuenta con amargura de que la frágil tranquilidad que había logrado armar en los últimos meses ya no existía y que tal vez, solo tal vez, la opción del internado no era una idea tan desquiciada después de todo.

Tras ese pensamiento, Emma se detuvo frente a una gran sala que en el pasado servía como auditorio, pero que hoy funcionaba como el espacio donde entrenaban los equipos estudiantiles antes de cualquier torneo universitario. Se quedó parada frente a la puerta y volvió a suspirar. Se dijo a sí misma que todo estaría bien, que podía hacerlo. Toda su vida había jugado al ajedrez sola, de manera individual, pero ahora le tocaba competir en equipo y no tenía la menor idea de cómo hacerlo, cómo debía comportarse o siquiera cómo asimilar que necesitaría la ayuda de otros para ganar. Finalmente, tras meditarlo unos segundos, empujó la puerta y entró.

Al cerrarse la puerta a sus espaldas, Emma se sorprendió por el drástico contraste. El ruido constante del pasillo y las miradas acusadoras desaparecieron en un instante. En su lugar, frente a ella se abría un espacio tranquilo donde varios equipos de estudiantes se distribuían en mesas por todo el salón. En algunas, los alumnos movían piezas sobre los tableros; en otras, anotaban variaciones en cuadernos; algunos analizaban partidas en pantallas con audífonos puestos y otros tantos escuchaban atentos a algún compañero que exponía una estrategia.

Emma comenzó a caminar despacio, observando a cada grupo al pasar a su lado. No reconoció a nadie; de hecho, la mayoría se veía bastante mayor que ella, lo cual, lejos de intimidarla, la tranquilizó. Siguió avanzando hasta que, a lo lejos, divisó una chamarra negra sobre unos jeans ajustados. La persona estaba de espaldas, entregando unas hojas de papel a tres compañeros sentados a la misma mesa.

Al acercarse poco a poco, Emma pudo reconocer la voz inconfundible de quien hablaba:

—Recuerden, es muy importante que aprendan esto —decía con entusiasmo—. Con ella tendremos una buena oportunidad, tenemos que practicar bien para no…

Emma suspiró con una chispa de enojo. Al estar a solo unos pasos detrás de Christopher, inclinó levemente la cabeza para leer lo que estaba escrito en la hoja superior que sostenía.

«El ratón muerto», leía el título en letras grandes, seguido de una descripción manuscrita y el dibujo torpe de un ratón patas arriba junto a una botella con el símbolo de veneno.

Emma cerró los ojos un instante, tratando de volver a convencerse a sí misma de que esta locura sí funcionaría. En ese momento, una chica sentada a la mesa le hizo una seña con la cabeza a Christopher para que mirara hacia atrás. Él se dio la vuelta y se encontró de golpe con Emma, quien lo miraba fijamente con una expresión que empezaba a transparentar su molestia. Ella no entendía por qué Christopher siempre lograba sacar ese lado de su personalidad.

Christopher, lejos de incomodarse, sonrió de oreja a oreja. Dejó el resto de los papeles sobre la mesa y abrió los brazos de par en par insinuando que quería abrazarla. Emma no dio un solo paso hacia él; en su lugar, le preguntó con tono seco:

—¿Qué estás haciendo?

Christopher sonrió con frescura y bajó los brazos, habiendo anticipado exactamente esa reacción de su parte.

—No estaba seguro de si vendrías, pero me alegra muchísimo que estés aquí —dijo con sinceridad.

—¿Qué es ese papel? —preguntó Emma, desviando la mirada hacia la mesa.

—Ah, eso… nada —respondió Christopher rápidamente—. Solo queríamos saber cómo… adaptarnos.

Emma enarcó una ceja.

—¿Adaptarse? ¿A quién o qué?

Christopher se quedó mudo por un segundo, buscando las palabras adecuadas sin saber muy bien cómo explicar la situación. De pronto, una de las chicas sentadas a la mesa tomó la palabra:

—Es tu jugada. Queremos aprenderla.

Emma la miró. Era una chica no muy alta, de ojos oscuros, piel pálida y el cabello teñido de color plateado, cortado justo a la altura de los hombros. Sin embargo, lo que realmente sorprendió a Emma fue notar que a su lado estaba sentada otra chica exactamente igual a ella, solo que con el cabello notablemente más largo. «Gemelas», pensó Emma.

En la otra esquina de la mesa estaba sentado un muchacho al que tampoco conocía. Tenía el cabello corto y bien peinado, un piercing en la oreja y una barba corta que empezaba a marcarse en su rostro. Él la observaba fijamente, como si estuviera contemplando una escultura fina o una rareza que solo se ve una vez en la vida. De hecho, los tres la miraban de frente sin disimulo, algo que a Emma la incomodó y molestó a partes iguales.




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