Para: Papá

Capítulo 17

Carta 15

29 de diciembre de 2025.

Para: El

Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te escribí (en agosto, creo). Te pido perdón por eso, pero la verdad es que últimamente no he sentido motivación para hacerlo. Han pasado muchas cosas por mi cabeza.

Últimamente me he estado preguntando por qué Emma y yo somos tan diferentes. Emma es alta y yo soy pequeña; sé que soy la menor, pero en comparación con ella a mi edad, soy mucho más bajita. Emma es muy inteligente, resuelve problemas en su cabeza como si nada, y yo... bueno, yo estuve a punto de reprobar una clase este año. Emma es bonita, tiene facciones delicadas, y a mí me molesta tener los pies tan grandes. Somos como el agua y el aceite.

Y además...

Pasó algo unos días antes de Navidad. Iba a ir a la casa de unas amigas porque íbamos a abrir nuestros regalos juntas. Salí por la mañana, pero estando ya con ellas me di cuenta de que había olvidado mi regalo en mi cuarto. Les pedí que se adelantaran y volví a casa corriendo.

Mamá y papá no estaban; habían salido antes que yo y solo dejaron una nota en la cocina diciendo que volverían para la cena. Yo juraba que Emma también había salido, que tendría sus torneos que jugar o que ese chico que siempre la molesta la habría convencido de ir a algún lado. Pero cuando pasé por el pasillo, justo frente a la puerta de su cuarto, escuché un sonido constante y bajo que me hizo detenerme en seco.

Lentamente me acerqué y pegué la oreja a la madera. Era un llanto. Hasta ese momento de mi vida, creo que nunca había visto a Emma llorar de verdad. Así que, con mucho cuidado, abrí la puerta solo un poco.

Ahí estaba. Sentada en el frío suelo, con las piernas dobladas contra el pecho y los brazos aferrados a ellas, como si intentara mantener todas sus piezas juntas para no desmoronarse. Había un montón de papeles tirados por todo el suelo a su alrededor; desde ahí no pude ver qué decían o qué había escrito en ellos. También noté que había lápices a su lado, y ella sujetaba uno de esos papeles en la mano con muchísima fuerza.

Tenia miedo que me viera y me gritara por espiarla así que cerré la puerta despacio y me fui, mientras caminaba sola por la calle entendí que quizá no quiero ser como ella.

Emma lo entiende todo. Entiende los problemas de mamá, entiende las miradas, entiende el peso de las mentiras. Su mente es tan grande que no puede escapar de sí misma. Ser tan lista como ella debe ser una maldición si el precio es terminar llorando sola en el suelo, abrazando tus propias rodillas porque no quieres que nadie más que te abrace.

Bye.

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En el café se había instalado un silencio pesado, de esos que dejan entrever que hay demasiadas cosas por decir, pero nadie sabe por dónde empezar. Joel seguía de pie junto a la barra, con los hombros ligeramente encorvados, mirando a Delia como si en el fondo de sus ojos esperara encontrar las instrucciones exactas de qué hacer a continuación.

Delia permanecía rígida junto a una mesa de madera gastada. Zoé estaba pegada a su costado, aferrándose al borde de su chaqueta con dedos blancos. Los ojos de la pequeña iban de su hermana mayor a Joel y de vuelta, procesando la situación con esa calma extraña y particular que parecía no distinguir entre lo ordinario y lo extraordinario.

Nadie se movió. El zumbido de la nevera detrás de la barra sonaba atronador en medio de aquel vacío.

Fue Zoé quien lo rompió. Tiró suavemente de la manga de Delia y dijo con voz clara:

—Delia, no seas tonta, él no es papá. Papá fue al médico con mamá. —Hizo una pausa, ladeando la cabeza—. Él es mi amigo.

Delia no respondió. Trató de tragar saliva, pero tenía la garganta como papel de lija. Su respiración se había vuelto corta, superficial.

Joel dio un paso al frente, casi imperceptible.

—Delia… —susurró. Su voz sonaba oxidada, áspera, cargada de un peso que los años habían solidificado.

Delia retrocedió un paso por puro instinto, arrastrando a Zoé consigo. Su mente estaba en cortocircuito. Miró al hombre de arriba abajo. Se veía mayor, mucho mayor que en aquellas pocas fotografías desgastadas que había encontrado en la basura hacía años. Tenía el cabello más ralo, surcos profundos alrededor de la boca y unos ojos que parecían haber vivido mil vidas en una sola.

—No… —dijo, sintiendo cómo el pánico le subía por el pecho—. Papá… es decir, Mike dijo que estabas en prisión. No puedes ser tú.

Sus recuerdos sobre él eran vagos, fragmentos borrosos de una niña pequeña: el eco de una risa en el pasillo, el olor a loción para después de afeitar un domingo por la mañana, la sensación de ser levantada en el aire. Pero esos recuerdos habían sido aplastados por una narrativa implacable y siete años de ausencia.

—No sé quién eres —dijo. Su propia voz le sonó extraña, defensiva y aguda. Tomó a Zoé del brazo y empezó a jalarla hacia la puerta—. Nos vamos a casa.

—Delia, yo… —Joel se detuvo. Sabía que, si daba un paso más, ella saldría huyendo. El terror se le marcaba en el rostro; él no había planeado esto. En las más de mil noches que pasó en su celda imaginando este momento, siempre era él quien llamaba a la puerta, él quien tenía el control, él quien extendía los brazos y ella se lanzaba a ellos. La realidad era un abismo distinto.

—No te conozco —insistió, hurgando a ciegas en sus bolsillos buscando su teléfono. La mano le temblaba tanto que casi lo deja caer. Necesitaba avisarle a alguien. Necesitaba un apoyo que viniera y arreglara esto. Necesitaba a…

«Emma», se susurró a sí misma mientras deslizaba rápidamente la lista de contactos en sus mensajes, con los dedos torpes.

—Mi papá se llama Mike —alcanzó a decir con voz temblorosa, como si el nombre fuera un escudo.

La palabra flotó en el aire de la cafetería como un látigo silencioso. Joel sintió el golpe en el pecho, un dolor más agudo que todos los que había sentido durante su encierro, pero no cambió su expresión. Simplemente asintió despacio, bajando la mano que había empezado a alzar.




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