Para: Papá

Capítulo 18

Nota del autor:

Hola! Antes que nada quería agradecerte de todo corazón si haz estado leyendo mi obra hasta este punto, he pasado mucho tiempo escribiendo y editando cada capítulo esperando lo mejor de mi, muchas gracias por tomarte el tiempo de estar aquí.

Segundo, como mencione realizo cambios constantes a los capítulos siempre buscando lo mejor de la obra, y aunque generalmente son cambios menores como faltas ortográficas y sintaxis, estas no afectan en nada a la historia, sin embargo, esta vez realice un cambio que en el capítulo 16 que aunque no retuerce la obra, si te ayudara a no sentirte perdido en el contexto del siguiente capítulo.

Sin dar rodeos, para que no tengas que regresar hasta el, el cambio es cuando Emma le enseña la foto a Tyler en el restaurante después de la fiesta, y es que antes de que el junto con Latika reconocieran a Vargas, Emma vio en la foto a un chico que le llamo la atención porque se veía diferente a los demás, llevaba el peinado hacia atrás junto con lentes metálicos, el se veía mas formal, y los demás eran buscapleitos en toda la regla, sin embargo antes de que Emma pregunte por el, Tyler le dice que si conoce a uno de la foto, es decir Vargas, haciendo que Emma olvide por completo a este otro personaje.

Si gustas leerlo adelante, pero este es todo el contexto que necesitas para comprender bien el siguiente capítulo. Y bien, sin mas que decir, te vuelvo a agradecer por estar aquí, espero que disfrutes la obra tanto como yo disfruto escribiéndola.

Capítulo 18

Emma abrió lentamente los ojos. Lo primero que pudo enfocar a través de una neblina borrosa y un mareo persistente fueron las pequeñas estrellas y planetas fluorescentes pegados en el techo de su habitación. Parpadeó un par de veces en la penumbra, esperando pacientemente a que el cuarto dejara de dar vueltas a su alrededor.

Su cuerpo se sentía extraño, vacío, como si le hubieran drenado hasta la última gota de energía para rellenarla con un saco de arena. Trató de levantar el brazo derecho para frotarse los ojos, pero un tirón repentino y frío en el dorso de la mano la detuvo en seco.

Giró la cabeza lentamente sobre la almohada, sintiendo cómo un latido sordo, constante y punzante le martilleaba justo detrás de las sienes al menor movimiento. Al mirar hacia su mano, notó una vía intravenosa adherida a su piel con cinta médica. Siguió la línea del tubo de plástico transparente con la mirada hasta encontrar una bolsa de suero a medio vaciar que colgaba de un soporte metálico improvisado junto a su mesita de noche.

Emma dejó caer la cabeza hacia un lado, escudriñando el entorno. Justo al pie de su cama había un pesado cilindro metálico de oxígeno. Una mascarilla de plástico transparente con una goma elástica colgaba inerte sobre la válvula superior, como un recordatorio silencioso y aterrador de la urgencia con la que ella se había apagado por completo horas atrás.

Respiró hondo, intentando llenar sus pulmones de aire por sí misma. La opresión en el pecho había cedido, pero el cansancio era abrumador.

Con un esfuerzo monumental, intentó acomodar las piernas bajo las sábanas para incorporarse un poco. Fue entonces cuando sintió un peso extra sobre las mantas que inmovilizaba sus pies.

Giró la cabeza hacia el otro lado. Allí, acurrucada casi a los pies de la cama, estaba Delia.

Emma la observó en silencio durante unos segundos. Desde su perspectiva, aquella niña se veía diminuta, vulnerable. Delia dormía hecha un ovillo, respirando de forma entrecortada, con el rostro parcialmente hundido en el edredón.

Con la mano que estaba libre del suero, Emma se estiró y movió ligeramente la pierna de su hermana.

—Delia… —susurró, con la voz ronca y la garganta seca.

Delia se sobresaltó. Levantó la cabeza de golpe, parpadeando con desorientación, con el cabello completamente despeinado cayéndole por todos lados. Cuando sus ojos enfocaron la figura de Emma despierta, el tiempo pareció detenerse por un segundo en la habitación.

Antes de que Emma pudiera pronunciar una sola palabra más, Delia saltó sobre ella. Se aferró a su cuello con una fuerza desesperada y rompió a llorar abiertamente, escondiendo el rostro en su hombro.

Emma, sorprendida por la brusquedad, envolvió a su hermana con sus brazos aún pesados y comenzó a sobarle la espalda con suavidad, dejándola desahogarse.

—Creí haberte escuchado decir que no querías abrazos —bromeó Emma con voz débil, esbozando una media sonrisa cansada.

Delia soltó un sollozo ahogado y le dio un par de golpes muy leves en el pecho con el puño cerrado.

Después de unos segundos de contención mutua, se separaron lo suficiente para mirarse. Delia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, sorbiéndose la nariz.

—¿Estás bien? —le preguntó con la voz temblorosa, escudriñando su rostro.

—Tengo un dolor de cabeza del demonio —admitió Emma, intentando sentarse un poco más para apoyarse contra la cabecera—, pero nada que no haya sentido antes.

Ambas dejaron escapar una pequeña risa floja.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Emma.

Delia se acomodó a su lado, cruzando las piernas sobre la cama.

—Ese chico… no sé cómo se llama, el alto. Él llamó a una ambulancia y después llamó a mamá. Los paramédicos vinieron, te revisaron y dijeron que había sido un desmayo por estrés o algo así. Primero te pusieron esa cosa para respirar en la cara y luego te dejaron el suero; dijeron que tenías que dormir. Pero… pero no te levantabas.

La voz de Delia volvió a quebrarse. Bajó la mirada y empezó a jugar nerviosamente con un hilo suelto del edredón.

—Intenté llamarte varias veces, te moví un poco y aun así no despertabas. Tenía mucho miedo.

Emma suspiró por lo bajo, intentando procesarlo todo.

—Supongo que le debo otra a ese tonto —susurró para sí misma, recostando la cabeza contra la cabecera de la cama.




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