Capítulo 19
Emma continuaba tendida en la cama, con los ojos clavados en el techo. No tenía idea de cuánto tiempo había transcurrido desde que escuchó los pasos de Mike alejarse por el pasillo. Podían haber pasado diez minutos o una hora entera; para ella, el tiempo se había vuelto una masa densa e indefinible.
Lo único que era constante en su cabeza era la imagen del doctor sosteniendo la aguja: su sonrisa impecable, la mención casual de la banda y el recuerdo nítido de sus gafas en la fotografía se repetían en su mente como una secuencia sin fin.
Necesitaba ver la foto de nuevo. Necesitaba confirmar que no se estaba volviendo loca; necesitaba confirmar que la idea que de pronto se le metió en la cabeza era estúpida y sin sentido.
«Él no… no podría ser, ¿verdad?», se preguntó a sí misma.
Extendió el brazo libre con torpeza hacia la mesita de noche y tomó su teléfono. Al encender la pantalla, la luz le quemó los ojos por un segundo. Marcó su clave de acceso con dedos temblorosos y abrió el chat de Christopher. Escribió rápidamente, sin cuidar la puntuación ni el tono:
Emma: Oye, respóndeme rápido. ¿Tú tomaste la foto de mi cartera? ¿Sabes dónde quedó?
Envió el mensaje y se quedó mirando fijamente la pantalla.
Pasó un minuto. Luego dos. Los tres puntos grises de «escribiendo» nunca aparecieron, ni tampoco las dos marcas de lectura. Christopher no respondía.
Un gruñido de pura frustración escapó de su garganta. Tiró el teléfono hacia la parte baja de la cama, oyendo cómo rebotaba suavemente contra el edredón a la altura de sus pies, y se cubrió el rostro con ambas manos. El peso del agotamiento amenazaba con aplastarla de nuevo, pero la inquietud en su estómago no la dejaba en paz.
Fue entonces cuando la duda la asaltó desde otro ángulo: no solo la foto había desaparecido.
Apartó las manos de su cara y miró alrededor del cuarto. No había rastro del chal rasgado, tampoco vio el vestido. Recordaba vagamente la voz de su madre recriminándole el estado en que la había encontrado en el auto.
Una nueva sospecha, fría y punzante, se le instaló en el pecho.
Emma tomó aire y se deslizó despacio hacia el borde de la cama. Esta vez decidió no cometer el mismo error: aferró el soporte metálico del suero con la mano izquierda para apoyarse. Al ponerse de pie, las ruedas del poste emitieron un chirrido diminuto sobre el piso de madera, un sonido seco que la hizo congelarse por un segundo, escuchando con atención el silencio de la casa.
Nadie subía.
Arrastrando el soporte a paso lento y dando zancadas cortas para no tironear la aguja de su mano derecha, Emma se encaminó hacia el rincón de su habitación donde descansaba la canasta de la ropa sucia. Se agachó con dificultad, sosteniéndose del borde del mueble, y levantó la tapa de mimbre.
La canasta estaba completamente vacía.
Ni el vestido, ni el chal destrozado, ni la ropa que había tirado ahí el día anterior. Absolutamente nada. Alguien se había encargado de recoger toda su ropa.
De pronto, como una descarga eléctrica, un pensamiento rápido le cruzó la cabeza. Emma dio media vuelta y empezó a caminar lo más rápido que sus piernas se lo permitieron, arrastrando el soporte hasta su armario. Jaló el primer cajón con desesperación y comenzó a hurgar entre su ropa, agarrando sus prendas y tirando otras a los lados.
—No… no… —repetía para sí misma—. Por favor…
No estaba. El gorro de lana que había recuperado de la caja también había desaparecido.
—Esa mujer… —volvió a decir.
Una impotencia feroz le oprimió la garganta. Emma cerró el cajón de un golpe seco que resonó en todo el cuarto, sin importarle en absoluto si alguien en la casa la escuchaba. Justo cuando apretaba los puños intentando contener la rabia, la pantalla de su celular se iluminó seguida de su tono de notificación.
Regresó a la cama a paso apresurado, con el chirrido de las ruedas siguiéndola de cerca. Tomó el teléfono y vio que era un mensaje de Christopher. Al abrir el chat se dio cuenta de que ignoraba por completo la pregunta que le había hecho.
El bobo: ¡Emma! Perdón, no había visto el celular.
El bobo: ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor?
El bobo: Intenté llamarte varias veces en la mañana, pero no respondías, me tenías muy angustiado.
Emma torció los ojos.
Emma: Estoy bien, pero dime por favor si recuerdas dónde quedó la foto.
El bobo: No tengo idea.
El bobo: Cuando te desmayaste todas tus cosas se te cayeron de las manos. Entré en pánico, te agarré en brazos y te recosté en los asientos traseros y luego llamé a una ambulancia.
Emma: ¿Tú también llamaste a mi madre?
El bobo: No. En medio de todo tu celular empezó a sonar así que yo atendí, era tu hermana y le conté lo que había pasado.
Emma se dejó caer en la orilla del colchón, sosteniendo el teléfono con ambas manos mientras el suero continuaba goteando a su lado. Se quedó mirando fijamente la puerta de su habitación y una idea comenzó a tomar forma en su mente.
Emma: ¿Viste quién tomó mis cosas cuando ellos llegaron?
El bobo: Tu madre agarró tu bolso y tu celular después de que te subieran a la ambulancia para atenderte. No sé qué pasó después con tus cosas.
Emma: Eran mis cosas, Christopher. ¿Por qué no estuviste más atento?
El bobo: Si te soy sincero… tu madre da miedo.
El bobo: Me miraba con una cara de odio tremenda y tu padrastro tampoco ayudaba. Me quedé ahí hasta que un doctor llegó en su auto y te entraron a casa.