El sonido de los cubiertos chocando contra la porcelana parecía resonar con el triple de su volumen normal. La cena de esa noche fue, en todos los sentidos, una tortura silenciosa.
Estaban todos sentados a la mesa. Katia se esforzaba por mantener una conversación unilateral sobre su día, cortando su filete con movimientos mecánicos, intentando ignorar la densa nube de tensión que asfixiaba el comedor. Zoé, ajena a todo, jugaba con el puré de papas en su plato. Delia comía en silencio, moviendo los ojos de un lado a otro, escudriñando el ambiente con evidente incomodidad.
En la cabecera, Mike masticaba su comida con una lentitud exasperante, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Emma apretaba la mandíbula mientras masticaba. Cada vez que levantaba la vista, se encontraba con los ojos oscuros e imperturbables de Mike desde el otro lado del comedor; sentía que la comida se le hacía arena en la garganta, y el dolor que aún se acumulaba en su brazo izquierdo no la ayudaba.
Mike dejó los cubiertos sobre la mesa con un clic metálico que hizo saltar a Katia en su asiento.
—¿Te sientes mejor, Emma? —preguntó Mike de pronto, limpiándose las comisuras de los labios con la servilleta de tela—. Has estado muy callada desde que el doctor se fue.
Emma tragó con dificultad, obligándose a relajar los hombros.
—Sí —respondió, con un hilo de voz—. Me siento mejor. Solo… estoy muy cansada. Creo que el médico tenía razón. He estado sobrepensando muchas cosas.
Katia dejó escapar un suspiro.
Mike esbozó una media sonrisa. Se inclinó levemente hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa.
—Bueno, lo que puedes hacer es concentrarte en tus estudios y dejar de lado esas distracciones innecesarias; no quiero que te vuelva a pasar algo así.
El estómago de Emma se revolvió.
—Sí, tienes razón —dijo—. Les pido disculpas por haberlos preocupado. A partir de ahora trataré de descansar más.
La sonrisa de Mike terminó de ensancharse.
—Excelente. Termina tu cena y ve a descansar… Ah, puedes tomar un yogur extra de la nevera si quieres.
Emma obedeció en silencio. Terminó su porción, pidió permiso para retirarse y subió las escaleras. Pero en cuanto cerró la puerta de su habitación, su respiración se aceleró. Caminó lentamente y se acostó boca abajo en su cama, metió la mano bajo la almohada y sacó su celular para ver la hora en la pantalla.
—Solo un poco más —dijo antes de dar un leve suspiro.
Ahí acostada esperó hasta que las luces de la planta baja se apagaran y el silencio absoluto cubriera la casa.
Con movimientos rápidos y precisos, se quitó las vendas que cubrían su brazo —donde había estado la vía del suero—, se vistió con ropa oscura, se guardó el celular, la fotografía recortada de Mike y la vieja fotografía del bar en los bolsillos, tomó sus zapatos en la mano y empezó a caminar lentamente, cuidando cada paso que daba.
Salió de su cuarto en puntillas, evitando los escalones que solían crujir, y bajó hasta la primera planta envuelta en la oscuridad. Su objetivo era la puerta trasera de la cocina. Estaba a un par de metros de alcanzar el pestillo cuando un susurro a sus espaldas la congeló.
—¿A dónde vas?
Emma se giró de golpe, con el corazón saltándole en el pecho. Delia estaba de pie junto al umbral del pasillo, descalza y abrazándose a sí misma.
—¿P… por qué sigues despierta? —preguntó ella, tratando de sonar lo más relajada posible.
—Tenía sed. ¿A dónde vas? —respondió Delia.
—A una… fiesta —respondió Emma.
—¿Vestida así? —Delia enarcó una ceja—. Creí que los de tu edad se preocupaban demasiado por lo que otros piensen de ellos. Así parece que vas a un velorio.
—Delia…
—¿A dónde vas? —la interrumpió de inmediato.
—No… no te lo puedo decir —respondió Emma en un susurro apresurado, acercándose a ella—. Vuelve a la cama, por favor.
—Llévame contigo —pidió su hermana menor, dando un paso adelante. Sus ojos brillaban en la penumbra, cargados de una angustia que ya no podía disimular—. No me gusta cómo son las cosas ahora. No quiero quedarme aquí.
—Delia, lo siento, pero no te puedo llevar conmigo…
—No me gustó la cena de hoy —la volvió a interrumpir—. Ni la de ayer, ni la de antes de ayer. Tampoco me gusta cómo está mamá. Todo está muy raro, Emma. Quiero ir contigo.
Emma sintió una punzada en el pecho.
Delia miró hacia el piso de arriba, asegurándose de que nadie las escuchaba, y bajó aún más la voz, casi hasta convertirla en un hilo inaudible.
—Emma… ¿todo esto es culpa de que papá ya esté afuera? ¿Es por eso que todos, y tú también, actúan tan raro?
Emma cerró los ojos por un segundo. Se acercó a su hermana y le puso una mano en el hombro, intentando transmitirle calma.
—No, Delia. No es culpa de nadie, ni es culpa de que él esté afuera. Son… son cosas… tontas, de adultos. Cosas que ni siquiera yo entiendo del todo todavía. Por eso tengo que ir a averiguarlo.
Delia apretó los labios, asimilando la respuesta, levantó la vista y la miró directamente a los ojos.
—Emma… ¿tú crees que papá es malo?
La pregunta quedó flotando en el aire frío de la cocina. Emma se quedó en silencio. Pensó en la fotografía, en el asesinato de Mia y en las bandas.
En su lugar, evadió la respuesta.
—Lo que creo ahora mismo —dijo Emma con firmeza, mirándola directamente a los ojos— es que te necesito aquí. Necesito que te quedes, Delia. Alguien tiene que cuidar a mamá si las cosas se ponen raras. Tú eres la única persona en esta casa en la que confío para hacerlo. Zoé es muy pequeña para entenderlo, y tú eres fuerte. ¿Puedes hacer eso por mí?
Delia sostuvo su mirada por unos segundos.
—Bien —murmuró Delia—. Solo… prométeme que volverás. Y no le diré a nadie que te fuiste.
—Te lo prometo —Emma levantó su mano extendiendo el meñique—. ¿Pactamos la promesa?
Delia la miró unos segundos.