EL SOL DE DUBÁI no perdonaba. El calor subía desde la arena en ondas distorsionadas, convirtiendo el set de grabación en un horno de lujo. A su alrededor, el equipo de producción corría de un lado a otro, ajustando cámaras y retocando el maquillaje de los demás miembros. Los chicos reían, tratando de mantener la energía alta a pesar de los 42°C, pero Jimin... Jimin estaba en otro lugar.
Se encontraba de pie, un poco apartado, con la camisa de seda blanca pegándose a su espalda por el sudor. Sostenía el teléfono en su mano, sintiendo el metal caliente contra su palma. No estaba revisando sus redes sociales, ni mirando el monitoreo de la toma anterior. Tenía abierta la galería de fotos.
Específicamente, una foto de Estrella durmiendo, tomada hace apenas una semana.
En la imagen, ella no sonreía para las cámaras. Tenía las ojeras marcadas por el insomnio y esa palidez que no la abandonaba desde que el silencio volvió a su habitación tras la pérdida. Jimin acarició la pantalla con el pulgar. Le dolía el pecho, una presión física que nada tenía que ver con la coreografía exigente.
—¿Jimin-ssi? Estamos listos para la toma final —llamó uno de los asistentes.
Él asintió levemente, pero no se movió de inmediato. Miró hacia el horizonte, donde la arena se encontraba con el cielo. Se sentía un hipócrita. Allí fuera, frente a las cámaras, él era el "Idol de la Nación", el hombre perfecto, el epítome del éxito. Pero por dentro, se sentía como un desertor. Sentía que había fallado en su única misión importante: ser la roca de Estrella cuando el mundo se le venía encima.
Recordó la llamada de la noche anterior. El tono de voz de ella, apagado, monocorde, aceptando con resignación los comentarios hirientes de la prensa coreana sobre su "incapacidad de adaptarse". Ella le había dicho que "estaba bien", pero él conocía sus silencios. Sus silencios gritaban por ayuda.
«No estás sola, mi vida», pensó, cerrando los ojos un segundo antes de que el director gritara "¡Acción!".
«Solo termina esto y volveré a ser tu escudo. No importa cuántas bodas tengamos que retrasar, no importa cuántos inviernos pasemos en silencio. No voy a soltarte.»
Jimin guardó el teléfono, se enderezó y caminó hacia la luz. El profesionalismo tomó el mando, pero sus ojos, esos que siempre delataban su alma, seguían buscando la luz de su propia Estrella a miles de kilómetros de distancia.