EL AIRE DE SEÚL en otoño era afilado, un recordatorio punzante de que el tiempo seguía avanzando aunque para Estrella y para él se hubiera detenido meses atrás. Jimin caminaba por el pasillo VIP del aeropuerto, flanqueado por guardias de seguridad. El ruido exterior era ensordecedor: el clic constante de las cámaras de los fansites y los gritos eufóricos de un fandom que lo idolatraba.
Él mantenía la cabeza baja, la gorra negra cubriéndole los ojos y el cubrebocas ocultando una expresión que no tenía nada de festiva. Cada vez que escuchaba un "¡Jimin-ssi, sonríe!", sentía una punzada de culpa. ¿Cómo podía sonreír cuando sabía que, a pocos kilómetros, la mujer que amaba se estaba desintegrando en silencio?
Subió a la camioneta negra y, en cuanto la puerta se cerró, el silencio lo envolvió como una manta pesada.
—¿A la empresa, Jimin? —preguntó el mánager, mirándolo por el retrovisor.
—A casa —respondió él, con una firmeza que no admitía discusión—. Y cancela la cena con el equipo. No voy a salir hoy. Ni mañana.
Sacó el teléfono. Ningún mensaje nuevo de Estrella en las últimas tres horas. Su ansiedad escaló. No era que no confiara en ella, era que temía al monstruo de la insuficiencia que él mismo conocía tan bien. Sabía que cuando Estrella se sentía "demasiado extranjera" o "demasiado imperfecta" para los estándares coreanos, su mecanismo de defensa era volverse invisible.
"Ya voy, Estrella", escribió, pero no envió el mensaje. No quería que ella se sintiera obligada a "arreglar" la casa o a arreglarse ella misma para recibirlo. Quería verla tal cual estaba: rota, cansada o perdida, para poder recoger los pedazos.
El código de seguridad de la puerta principal emitió un pitido agudo que, en el silencio sepulcral del vestíbulo, sonó como un disparo. Jimin dejó su maleta junto a la entrada, pero no encendió las luces. No era necesario. Conocía cada rincón de ese departamento, aunque en ese momento no se sentía como el refugio cálido que solía ser; se sentía como un museo de lo que pudo haber sido.
Caminó hacia la habitación principal, sus pasos amortiguados por la alfombra densa. El aire olía a una mezcla de la esencia de lavanda que Estrella usaba para calmar la ansiedad y algo más… algo que Jimin reconoció de inmediato: la estática del aislamiento.
La encontró en el vestidor. No estaba llorando, al menos no en ese momento. Estrella estaba sentada en el suelo, rodeada de cajas de ropa que habían llegado de una marca de lujo para la que debía modelar. Había perchas tiradas y un vestido de seda champán arrugado a su lado. Ella estaba de espaldas, mirando fijamente el gran espejo de cuerpo entero, pero sus ojos no se enfocaban en su reflejo, sino en el vacío.
Jimin se detuvo en el umbral. Se le partió el alma al verla tan pequeña, con el cabello algo revuelto y vistiendo una de sus sudaderas viejas, esa que le quedaba enorme y que ella usaba como un escudo contra el mundo.
—He vuelto, Estrella —susurró él con una suavidad extrema, como si temiera que el sonido de su voz pudiera romperla.
Ella se sobresaltó ligeramente, pero no se giró de inmediato. Sus hombros se tensaron.
—Deberías haber avisado —respondió ella, y su voz sonó ronca, gastada—. No he preparado nada. La casa está hecha un desastre... y yo también.
Jimin no respondió con palabras. Se acercó lentamente y se sentó en el suelo, justo detrás de ella. No intentó forzarla a que lo mirara; simplemente dejó que su presencia llenara el espacio. En el espejo, vio cómo Estrella evitaba encontrarse con su propia mirada. Ella se veía a sí misma como alguien "fuera de lugar": las proporciones de su cuerpo, que en su país serían celebradas, aquí las sentía como una carga, una evidencia de que no pertenecía al mundo estético de él.
Y luego estaba la tristeza en su vientre, ese vacío físico que la hacía sentir que su cuerpo le había fallado.
—No vine a buscar una casa perfecta, ni a una novia de portada —dijo Jimin, acortando la distancia y apoyando sus manos en el suelo, cerca de las de ella—. Vine a buscarte a ti.
Él notó cómo ella apretaba los puños, intentando contener un sollozo.
—Jimin, los comentarios... las fotos de hoy en el aeropuerto... —ella tragó saliva con dificultad—. Dicen que pareces cansado por mi culpa. Que la boda se canceló porque no soy lo que Corea esperaba. Me miro al espejo y... ni siquiera yo sé quién soy ahora. No puedo darte lo que el mundo espera de la "pareja de un idol".
Jimin extendió la mano y, con una delicadeza infinita, obligó a Estrella a girar la cabeza hacia él. No la dejó apartar la vista. Sus ojos pequeños y oscuros, cargados de una sabiduría ganada a base de sus propios golpes, la buscaron con intensidad.
—Entonces deja de mirar al espejo —sentenció él con una seriedad que la dejó muda—. Y mírame a mí.
Jimin no esperó a que ella se explicara más. Con un movimiento fluido y firme, la levantó del suelo. Estrella era más alta que las mujeres a las que él estaba acostumbrado a ver en su entorno, sus caderas eran más anchas y su estructura más imponente, pero en sus brazos, ella se sentía frágil, como cristal a punto de estallar.
—Vamos a quitarnos este día de encima —murmuró él contra su frente.
La llevó al baño principal, un espacio de mármol y luces tenues. Sin decir una palabra, Jimin comenzó a llenar la tina. El vapor pronto empezó a empañar los espejos, borrando esas imágenes que tanto daño le hacían a Estrella. Él mismo se encargó de desvestirla con una reverencia casi religiosa. No había prisa, no había morbo; solo sus manos cálidas deshaciendo nudos y apartando telas.
Cuando ella quedó expuesta, Estrella intentó cubrirse por instinto, avergonzada de las huellas que el duelo y la ansiedad habían dejado en su piel. Pero Jimin atrapó sus muñecas con suavidad.
—No te escondas de mí —le pidió él, con los ojos brillando de una verdad absoluta—. Este cuerpo ha sostenido un dolor que nadie más entiende. Para mí, eres un milagro que sigue en pie.